Ficha técnica

Título: Comedia con fantasmas | Autor: Marcos Ordoñez | Editorial: Libros del Asteroide | Formato: 14 x 21,5 cm | Páginas: 424 | ISBN: 9788416213252 | Precio: 19,95 euros | E-book: 11,99 euros

Comedia con fantasmas

LIBROS DEL ASTEROIDE

España, 1925. El niño Pepín Mendieta descubre el virus del teatro al contemplar, desde lo alto de un árbol, una función al aire libre de El sueño de una noche de verano, que le lleva a abandonarlo todo para incorporarse a la compañía del gran Ernesto Pombal, un visionario llamado a revolucionar la escena de la época.

Sesenta años más tarde, en 1985, el octogenario Mendieta, convertido en el rey de la comedia del teatro y el cine español, escribe sus memorias en su retiro madrileño. Por sus páginas desfilan los fantasmas de una época irrepetible y una apasionada turbamulta de cómicos, milicianos, putas generosas, empresarios, cineastas, extras con o sin frase y público en general, todos orbitando en torno a Pombal, «aquel genio admirado por Orson Welles y muerto en el más lamentable de los olvidos».

En Comedia con fantasmas Marcos Ordóñez se sirve de la vida de un cómico y su periplo -desde chico para todo a ídolo protagonista- para retratar, con prosa ágil y deslumbrante, con humor y emoción, medio siglo de vida española. Una magnífica novela y un canto de amor al teatro, una saga que se lee como un relato de aventuras.

«¡Bravo! ¡Bravo! Personajes nacidos de la estirpe de los sueños… Si quieren algo nuevo y que les proporcione placer inteligente, lean ‘Comedia con fantasmas’.» José M. Pozuelo Yvancos (ABC)

«La prosa está superengrasada, los personajes y episodios aparecen y desaparecen con felicísima ligereza, y cae el telón de la última página dejando en el lector/espectador la impresión de haber vivido muchos lances en un abrir y cerrar de ojos.» Carles Barba (La Vanguardia)

Primera parte

En el reino de Pombal (1925-1934)

1. El camión rojo

Voy a hablar de un mundo que ya no existe.

Casi todo ha sido arrasado… calles borradas, clubs cerrados, teatros derribados… No existe ya aquel paisaje, el paisaje de mi vida, ni las figuras que lo habitaban… Tantos nombres que hoy ya no dicen nada a nadie… Tanito Monroy… Joan Anglada… María Rosa Camino… los gemelos Monmat… Carlos Torregrosa… Luisita Santaolalla…

Pombal, el gran Pombal…

Mi vida, mi verdadera vida, empezó cuando Pombal llegó a la ciudad; no puedo contar mi vida sin la suya.

El año era 1925, y mi ciudad, Villaura; una ciudad pequeña, oscura, fortificada, llena de curas, y militares, y sobre todo mineros, en el suburbio, en la Cañada, donde vivíamos. No he vuelto a Villaura; jamás. Todas mis giras evitaron ese punto del mapa. Hace mucho tiempo que es una ciudad «moderna» y seguro que sus gentes son unas bellísimas personas, pero para mí sigue oliendo a charco, y a cera, y a hollín, y a sidra vomitada.

A los trece años yo estaba lo bastante loco como para hacer lo que hice. No le tenía miedo a nada. Mi madre era la primera en decir que estaba loco, que era un salvaje…

Mi padre se llamaba Avelino y mi madre Fuensanta. Mi madre pasaba el día fuera de casa. Limpiaba, fregaba escaleras, cosía, planchaba… todo el día, de la mañana a la noche. Lo que menos necesitaba era un hijo, y menos un hijo como yo. Cuando nací, el médico me levantó en alto para que llorase. Yo no lloré. Ni una gota. Mi padre contaba, en las tabernas, que sonreí, como un angelito, y le meé al médico en toda la boca.

En las tabernas, mi padre alababa la fuerza de aquel chorro mío, como el de las cervezas a presión que había visto en su único viaje a la capital. Yo iba a las tabernas y a los colmados a buscar a mi padre, y le oí contar esa historia muchas veces, mientras me arremolinaba el pelo con la mano. En aquellas tabernas había siempre muy poca luz, a veces un simple quinqué de petróleo, una luz tan sucia que apenas se reflejaba en la barra de zinc, y todos se apiñaban en torno a una estufa central, con los vasos en la mano y las caras rojas y brillantes. Yo siempre sabía dónde encontrar a mi padre. Mi madre decía que mi padre era un caso perdido, y que yo acabaría como él. Un caso perdido, un bala perdida… No tuvo suerte en la vida. Y la única vez que la buscó…

Mi padre había trabajado en Mina Mariana, en Moreda; una de las minas del marqués de Comillas, hasta que se agotó, se quemó, decía él. Quemó allí, decía, los mejores años de su vida, su infancia y su juventud. Luego trabajó en una tenería de cueros, y en un almacén de forraje; trabajos más descansados, pero que rendían poco. Yo le veía por las noches, cuando iba a buscarle a la taberna. O cuando él volvía del almacén, dando tumbos, por aquella calle estrecha, empinada, de paredes negras, como las de todo el barrio, por el gran incendio de 1911, y me decía: «Hola, nenín…».

Mi padre, el padre que yo conocí, era un borracho amable, tímido, de sonrisa humilde. Con mi madre yo no me entendí nunca. Quizás si hubiéramos tenido más tiempo… Mi madre siempre decía «Tu mejor amigo es una perra en el bolsillo». Y mi padre, cuando tenía una perra, invitaba a todo el mundo. O me la daba a mí. Cada vez que «encontraba» una moneda brillante me la daba. Tampoco es que encontrara muchas… A lo largo de toda mi vida, cada vez que he encontrado una moneda brillante he pensado en mi padre. Como si su cara me sonriera desde la moneda.

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