Ficha técnica

Título: Cocodrilo | Autor: David Vann | Traductor: Luis Murillo Fort  | Editorial: Literatura Random House | Fecha publicación: 10/2015 | Medidas: 135 X 230 mm | Formato: tapa blanda con solapa | Páginas: 224 | ISBN: 9788439730231 | Precio con IVA: 17,90 euros | Ebook: 10,99 euros

Cocodrilo

LITERATURA RANDOM HOUSE

Antes de triunfar como novelista, David Vann organizaba cruceros y chárteres educativos a bordo de su velero. En una de estas travesías su navío, averiado, quedó varado en Puerto Madero, un enclave dejado de la mano de Dios, centro del narcotráfico mexicano y territorio de prostitutas y policías corruptos.

El increíble calvario que vivió el autor para intentar rescatar su barco hacen de estas memorias un thriller de alto voltaje. A lo largo de varias semanas de parada obligada, David Vann debe lidiar con un grupo de piratas que asaltan la embarcación, un extravagante intérprete local, un fastidioso y arrogante capitán de puerto, un capo que sueña con la Isla de Pascua, una seductora joven que juega a volverle loco y un trío de prostitutas, persuasivas como sirenas, que, junto a varios niños limosneros y algún pescador borracho, visitan a diario el velero varado.

Vann, al que todos los lugareños conocen ya como el «Cajero Automático», subestima de lo que este lugar es capaz, llegando a poner varias veces su vida en peligro. Cuando finalmente se encuentra tumbado en el suelo con una pistola apuntándole a la cara se ve obligado a tomar una decisión definitiva.

 

La crítica ha dicho…
«Como Melville, Faulkner y McCarthy, Vann ya es uno de los grandes escritores americanos.» ABC
«En Vann hay algo que lo aproxima a la estirpe melvilliana de la novela americana contemporánea que señaló Harold Bloom.» El País

«Leer a David Vann representa, por así decirlo, un calvario fascinante, que nos oprime por las dificultades del acto en sí.» Que Leer

«Uno de los mejores escritores de su generación.» Le Figaro

 «Vann es un agitador de almas a la intemperie.» Leer

 «Para leer y releer […].Vann es un hombre que hay que seguir de cerca.» The Economist

 «Un grandísimo escritor.» The Irish Sunday Independent

 «Sigue el rastro del mismo territorio salvaje de Joseph Conrad y Cormac McCarthy: la violencia y la perversidad en las entrañas de lo que llamamos naturaleza humana, el salvajismo animal que forma parte de nuestra primera herencia.» The Observer

 

[Fragmento]

 

Los faros eran de tamaño completo pero estaban hechos de yeso y malla de alambre. Arrodilladas, unas mujeres frotaban con escombros la pasarela nueva de ladrillo para que pareciese vieja y gastada, y la draga trabajaba durante toda la noche para retirar desperdicios de varias décadas, poniendo a punto un nuevo paraíso mexicano para guatemaltecos. Las barcas de pesca locales, conocidas como «pangas», pasaban con estruendo en actividades de narcotráfico.

Por mi averiado velero de considerables dimensiones, amarrado ahora a un solitario trecho de concreto medio desmoronado, desfilaban ratas, serpientes, mendigos infantiles, prostitutas, la policía, la armada, borrachos de todo tipo y los hombres de la Capitanía de puerto. A mí me conocían como el «Cajero Automático», siempre exudando dinero incluso al borde de la ruina, y si alguna vez tomaba un taxi en Tapachula, la ciudad que hay tierra adentro, los taxistas sabían quién era yo y conocían todos los detalles de mi vida. Conocían al mecánico y sus ayudantes, que me chantajeaban con el motor. Sabían cuánto pagaba yo semanalmente al Gordo por concepto de protección. Sabían quién me había robado el fuera de borda. Sabían que había hecho una intentona de fuga, zarpando a un nudo con un motor diésel averiado que escupía mugre negra al agua, y que piratas a bordo de pangas habían embestido mi barco y amenazado con abordarme en busca de droga. Sabían que aquella noche me hice a la mar como un cobarde, con las luces apagadas, para volver a puerto miserablemente al cabo de dos días. Estaban al corriente de Eva, y supieron antes que yo que no era guatemalteca. Sabían que yo estaba aquí porque otro capitán había abandonado mi barco y destrozado el motor, pero no sabían por qué me había quedado.

Dejé el barco a mediodía porque estaba muerto de hambre. Lo abandoné tal cual, sin cerrar, porque tenía al Gordo. Me abrí paso entre los pequeños mendigos, crucé el campo, y seguí hasta el único restaurante del lugar, el de la solitaria mesa en el exterior. Pedí «pollo diablo», que era como llamaban en la zona a los muslos de pollo.

 

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