Ficha técnica

Título: Cocaína | Autores: Massimo Carlotto, Gianrico Carofiglio y Giancarlo de Cataldo  | Editorial: Malpaso | Formato:  Tapa dura, 14x21cm | Páginas: 176 | ISBN: 978-84-15996-84-2 | Precio: 18,50 euros

Cocaína

MALPASO

Cocaína es la tercera novedad del tercer mes del año de Malpaso. Reúne tres relatos policiacos escritos por tres autores italianos de gran éxito que conocen muy bien el funcionamiento de la justicia. Sus historias están hilvanadas por una fina línea blanca, las tres denuncian un problema global que es fenómeno social en su país.

En el primer relato, «La pista de Campagna», Massimo Carlotto recupera a su personaje estrella -el inspector Campagna- para construir una trama que refleja cómo la aparente lucha del estado democrático contra el narcotráfico se ha convertido en una guerra sucia. El policía, al fin y al cabo un funcionario, debe decidir entre salvar su cuello transgrediendo todas las leyes o acabar en la picota por seguir fiel a sus principios morales.

El segundo, «La velocidad del ángel», firmado por Gianrico Carofiglio, entra en la esfera íntima de una inspectora que parecía destinada a desarrollar una meteórica carrera en la policía del estado, pero que de pronto se ve obligada a escoger entre el deber y el amor que siente por una traficante de medio pelo con la que descubre su homosexualidad.

En el tercer relato, «El baile del polvo», Giancarlo De Cataldo aborda la cocaína con una mirada panorámica mediante una historia que recorre el camino de la droga desde su origen -las laderas de una montaña en Perú- hasta que ésta cobra su auténtico sentido en forma de dinero negro. A través de cinco capítulos desgrana todos los entresijos de un cargamento por valor de 2.000 millones de dólares en el que se ven involucrados diferentes perfiles de gente de todas las clases sociales.

El baile del polvo
Giancarlo De Cataldo 

I.

Suite

Un convoy formado por dos todoterrenos Land Rover Defender blindados avanzaba por uno de los muchos senderos que bordean la orilla del río Apurímac.

      En el primer vehículo, conducido por un indio silencioso, había tres hombres. El asiento del copiloto lo ocupaba un robusto mexicano de pelo rubio y pómulos de corte oriental. Su nombre era Fernando Rivera, «el Güero». Nadie lo había visto jamás sin sus gafas de espejo con montura roja. Había quien decía que las utilizaba para esconder una cicatriz que ni las técnicas más avanzadas de cirugía plástica habían podido eliminar, y quien las atribuía a una enfermedad degenerativa de la córnea. La verdad es que el Güero sólo reservaba para unos pocos elegidos el privilegio de su mirada de serpiente: a las personas de su mismo rango en el cártel, a las mujeres de las que se encaprichaba y a los hombres que liquidaba. El Güero era el ministro de Exteriores del Cártel de Sinaloa.

       La plantación era asunto suyo.

      El segundo era un peruano, Jaime Gonzales. El cártel le pagaba (y le pagaba bien) por supervisar el cultivo y la cosecha, pero en el fondo no era más que un empleado de rango medio. 

       El tercer hombre era Tano Raschillà. De tez amarillenta y con gafas, elegante a pesar del traje de camuflaje y los zapatos impermeables, era un joven financiero licenciado con mención de honor en la Bocconi y con un máster en la London School of Economics; don Achille Patriarca había decidido invertir en él porque estaba convencido de que el chico, hijo de campesinos pobres, íntegros y obedientes, jamás desleales, se abriría paso en la vida.

       Aún no era un «hombre de honor» y quizá nunca lo fuese, pero don Achille se fiaba de él. Por eso lo había enviado a Perú, a la región del VRAE,* con una propuesta que el Güero no podría rechazar.

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