Ficha técnica

Título:  Ciudad abierta | Autor: Teju Cole  |  Traducción:  Marcelo Cohen | Editorial: Acantilado | Colección:  Narrativa del Acantilado 211 | Género: Novela | ISBN: 978-84-15277-92-7| Páginas: 296 | Formato:  13 x 21 cm.| Encuadernación: Rústica cosida |  PVP: 22,00 € | Publicación: 2012 |  PREMIO PEN/HEMINGWAY 2012  | NEW YORK CITY BOOK AWARD FOR FICTION  |PREMIO ROSENTHAL DE LA AMERICAN ACADEMY OF ARTS AND LETTERS

Ciudad abierta

ACANTILADO

Julius, un joven psiquiatra nigeriano residente en un hospital neoyorquino, deambula por las calles de Manhattan. Caminar sin rumbo se convierte en una necesidad que le brinda la oportunidad de dejar la mente libre en un devaneo entre la literatura, el arte o la música, sus relaciones personales, el pasado y el presente. En sus paseos explora cada rincón de la ciudad. Pero Julius no sólo recorre un espacio físico, sino también aquel en el que se entretejen otras muchas voces que le interpelan. Ciudad abierta, novela bellísima y envolvente, supone el descubrimiento de una voz tan original y sutil como extraordinaria.

«Teju Cole ha escrito una novela que me habría gustado escribir a mí». Antonio Muñoz Molina, El País

«Una novela indeleble. Consigue lo que la buena literatu­ra: mezcla pensamientos y creencias, suaviza los extremos …  Magistral y humana obra». Miguel Syjuco, The New York Times

«Magnífica, sutil y original». James Wood, The New Yorker

«Ciudad abierta es una obra profundamente original, intelectualmente estimulante y poseedora de un estilo atractivo a la vez que atrayente». Radhika Jones, Time

«Captura la banalidad apremiante de la vida, además de cómo los grandes temas brillan misteriosamente en los intersticios».  Claire Messud, The New York Review of Books

 

UNO

Y así, cuando el otoño pasado empecé a dar largos paseos vespertinos, Morning Heights me pareció un lugar cómodo desde donde internarme en la ciudad. El sendero que baja desde la catedral de St. John the Divine y cruza Morningside Park está a sólo quince minutos de Central Park. En la otra dirección, hacia el oeste, hay diez minutos hasta Satura Park, y doblando desde allí hacia el norte se va a Harlem a lo largo del Hudson, aunque el tráfico impide oír el río que corre al otro lado de los árboles. Estos paseos, contrapunto a mis ajetreados días en el hospital, se dilataban constantemente y, como cada vez se extendían más, a menudo me encontraba muy lejos de casa bien avanzada la noche y por fuerza tenía que volver en metro. De este modo, al comienzo del último año de mi beca de psiquiatría, Nueva York fue tramándose en mi vida a ritmo de caminata.

   No mucho antes de que empezaran los vagabundeos, yo había caído en el hábito de observar desde mi apartamento a las aves migratorias, y ahora me pregunto si no había un vínculo entre ambas costumbres. Las tardes que volvía del hospital con tiempo, solía mirar por la ventana, como quien busca augurios, esperando ver el milagro de la migración natural. Siempre que divisaba una formación de gansos surcando el cielo me preguntaba cómo se vería nuestra vida desde su perspectiva e imaginaba que, si se hubieran permitido especular algo semejante, tal vez los rascacielos les habrían parecido abetos apretados en un bosque. Muchas veces al otear el cielo no veía más que lluvia, o la estela tenue de un avión como una bisectriz en la ventana, y una parte de mí dudaba de que esas aves, con sus alas y cuellos oscuros, sus cuerpos pálidos y sus corazoncitos incansables, existieran de verdad. Me dejaban tan pasmado que cuando no estaban allí yo no podía confiar en el recuerdo.

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