Ficha técnica

Título: Cien sillones y pico | Autor: Max | Prólogo: Manuel Rodríguez Rivero |  Editorial: Nórdica | Tamaño: 21 x 21 cm | Encuadernación: Cartoné | Páginas: 128 | ISBN: 978-84-16112-84-5 | Precio: 22,50 euros

Cien sillones y pico

NÓRDICA

Entre enero de 2008 y septiembre de 2014 Max produjo 349 dibujos para Sillón de orejas, la sección que Manuel Rodríguez Rivero escribe semanalmente sobre los mundos del libro en Babelia, el suplemento cultural del diario El País.

El propio Manuel Rodríguez Rivero prologa este volumen, que recoge una cuidada selección de las mejores de esas ilustraciones. Cien dibujos y pico que destilan el sentido del humor cómplice que se estableció desde el primer momento entre escritor y dibujante.

Libros que flotan, animales que leen, sueños y delirios de lector enfebrecido, ferias, dedicatorias, estantes y bibliotecas, traductores en apuros, librerías, personajes, autores y, de nuevo, libros, más libros aún, pilas y pilas de libros…

Secretos de un matrimonio

Hay matrimonios que duran mucho menos. El nuestro, el de Max y mío, se prolongó seis años y ocho meses, en estos tiempos todo un récord en el proceloso mundo de la prensa. Claro que nosotros solemos contarlo por semanas: 349 desde el primer «Sillón de orejas» hasta el último que hicimos juntos. En un principio fue un matrimonio por poderes: salvo viajes ocasionales él ha vivido todo el tiempo en Sineu y yo en Madrid. ¿Que cómo empezó todo? Como una especie de cita (casi) a ciegas: nos hablaron a uno del otro, fuimos presentados desde lejos y nos caímos bien, mucho antes de vernos las respectivas jetas en una terraza madrileña, cuando ya llevábamos una temporada como pareja de hecho. Fue, mientras duró, un matrimonio libre y abierto: cada uno tenía sus asuntillos fuera y, si nos venía bien, nos contábamos cómo nos iba. Nunca caímos en sentimentalismos porque a los dos nos gusta la ironía: una unión perfecta, por tanto. Y sin daños colaterales.

Si existe un solo término para caracterizar nuestra asociación ese es «complicidad». De esa clase en que las palabras casi son innecesarias. Al principio, yo le enviaba mi sillón vía correo electrónico y, a lo sumo, le sugería algún motivo. Normalmente le llamaba por teléfono para contárselo (tengo la impresión de que siempre lo cogía cenando). Supongo que, en algún momento de esa fase, Max debió de pensar que su socio era un pesado: y tenía razón. Lo que me ocurría es que yo llegaba a la entente muy resabiado: siempre me ha gustado elegir la ilustración para lo que escribo y no estaba acostumbrado a que alguien -por muy célebre que fuera- me interpretara el texto. Pero, semana a semana, Max no dejaba de sorprenderme con un dibujo que -hiciera o no caso de mis sugerencias- captaba perfectamente algún aspecto del «sillón», confiriendo a la página atractivo y, sobre todo, luminosidad. Las ilustraciones de Max atraían en primer lugar al lector al texto y, luego, le obligaban a examinarlo más detenidamente en función de lo que había leído, igual que hacen las portadas de The New Yorker con su referente. Fue así cómo, muy pronto, me di cuenta de que, del mismo modo que el traductor es el coautor del libro en la lengua de llegada, Max estaba actuando como auténtico coautor gráfico de lo que yo decía. De modo que la página iba ganando en intensidad. Durante el tiempo que duró nuestra alianza, el sillón fue el sillón de ambos.

Booktrailer del libro

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