Ficha técnica

Título: Chico de barrio | Autor: Ermanno Olmi | Traducción: Carlos Manzano | Editorial: Libros del Asteriode | Fecha de publicación: 9 de Febrero de 2009 | ISBN: 978-84- 936597-7-6 | Precio: 14.95 € | Páginas: 184  | Tamaño: 20 x 12,5 cm

Chico de barrio

LIBROS DEL ASTEROIDE

 

El narrador de esta historia rememora su infancia durante la segunda guerra mundial, primero en Milán y después en el campo, donde es evacuado junto a otros niños. Las clases, la complicidad entre hermanos, los primeros bombardeos, los campamentos de verano, la relación con su padre, el descubrimiento del amor… son recreados en una serie de vivas estampas. Los rigores de la guerra y la separación de la familia se contraponen al despertar de los sentidos, a la leve intuición de los placeres que todavía le están vedados y, en definitiva, a la fe en la vida y en el futuro.

Con jugosas anécdotas y vivos retratos, el autor logra un cuadro de época lleno de lirismo e ironía: una pequeña comedia humana del Milán de la guerra.

El prestigioso director italiano Ermanno Olmi se disponía a rodar una película sobre sus recuerdos de los años de la guerra en Italia cuando una enfermedad interrumpió el proyecto. En su convalecencia decidió convertir el guión en una novela, Chico de barrio, la única obra literaria que ha publicado, que está a la altura de sus mejores obras cinematográficas.

 

CAPÍTULO 1

En mayo había ya un gran deseo de que acabara la escuela. En casa los postigos permanecían entornados, porque el sol era demasiado fuerte y cegaba. Una rendija incandescente atravesaba la penumbra del cuarto. Junto con aquella luz, llegaban los ruidos de fuera y se podía imaginar lo que estaba sucediendo en la calle. Cualquier ruido, hasta el más pequeño, me distraía del cuaderno de los deberes. Eran sólo pasos o el chirriar de un tranvía a lo lejos. Si hubiera oído la voz de un solo niño, no habría resistido y habría huido de los libros para correr a jugar, pero era demasiado temprano: justo acababan de comer, por lo que aún estaban todos en sus casas.

Un ángulo de la mesa permanecía siempre preparado con un plato cubierto para mi hermano mayor, que aún no había vuelto de la escuela. Mi madre estaba ahí, en el otro cuarto, arreglando cajones. Tenía la manía de poner orden siempre en los cajones y tal vez se recreara un poco contemplando de vez en cuando la lencería de mejor calidad. Yo había visto también a mi abuela hacerlo con frecuencia: probablemente la de mirar lo poco bueno que poseen sea una ingenua manía de los pobres.

Llegó, inesperado, el sonido de una pianola. Al instante reconocí las notas de aquella canción. Tenía un tío que no paraba de cantar y aquel motivo lo oía con frecuencia. Me levanté en silencio y me acerqué a la ventana del cuarto. Mi madre estaba arrodillada entre las puertas del armario y ni siquiera se volvió. Sólo dijo:

«¿Son ésas las ganas que tienes de estudiar?»

Entre las rendijas de los postigos podía ver la Via Cantoni desierta y la pianola de madera negra en un mar de luz cegadora. Algunas empleadas de una tienda de artesanía estaban sentadas en el escalón de la entrada, en la línea de sombra de la pared, mirando a otras dos que se habían puesto a bailar. Se reían todas juntas, pero no se entendía lo que decían. Seguro que hablaban de asuntos de amor. Cuando acabó la música, entraron en la tienda de mala gana; dos de ellas se persiguieron con un repentino arranque de alegría, dando una gran vuelta en derredor, como queriendo retrasar un poco más la entrada en la obscuridad de la tienda.

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