Ficha técnica

Título: Chicas felizmente casadas | Autora: Edna O’Brien | Traducción: Regina López Muñoz |Editorial: Errata Naturae | Colección: El Pasaje de los Panoramas | Formato: 14 × 21,5 | Páginas: 272 | ISBN: 978-84-15217-85-5  | Precio: 18 euros

Chicas felizmente casadas

ERRATA NATURAE

A mitad de los años cincuenta del siglo pasado, Kate y Baba, dos amigas tan distintas como complementarias, vivieron su infancia en los bellos paisajes rurales de la Irlanda profunda, rodeadas de un sinfín de personajes, algunos entrañables y otros maravillosamente detestables. Tras pasar por un internado y dejar atrás a sus singulares familias, se instalaron en Dublín y se abalanzaron sobre el amor en todas sus formas conocidas, no todas «convenientes», desde luego, y no siempre con fortuna… Pero han pasado los años, e Irlanda y los años de juventud quedan lejos. Ambas, casadas finalmente, viven en Londres: Kate, ya madre, con su gran amor de Dublín; Baba, con un ostentoso constructor (sí, un nuevo rico) que le ofrece la vida de comodidades y lujos a la que siempre aspiró. Dos mujeres aún jóvenes e impetuosas, dos hombres definitivamente maduros.

Una nueva ciudad y unas vidas nuevas. La maternidad y la madurez al fin… Y, sin embargo, tantas inseguridades todavía. Kate y Baba parecen hablarnos desde nuestro propio presente: cómo viven, cómo aman, cómo temen. La vida se repite, y no acalla sus preguntas, esas que regresan una y otra vez, esas que no encuentran casi nunca respuesta. Nos salva, en ocasiones, la mano amiga, la persona que mejor nos conoce, la que puede hablarnos con toda sinceridad.

Esta novela corrosiva y llena de vida no sólo trata sobre matrimonios felices (más bien lo contrario), sino también sobre el poder de la amistad a través del tiempo y de las miserias, de todo tipo, que muchas mujeres han tenido que soportar durante siglos… Así, la voz de Cate, que nos habla siempre desde un tono grave y por ello al tiempo algo ingenuo, se alterna con la de Baba, que con su desenvoltura y sarcasmo nos hace reír… y también pensar. Ambas nos guían a través de los pequeños y grandes momentos de la existencia hasta un maravilloso epílogo, tan real, según los tópicos, como la vida misma.

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Hace poco nos lamentábamos Kate Brady y yo, mientras tomábamos unos tristes gin fizz en un bar del centro de Londres, de que nada nunca iría a mejor en nuestras vidas, de que moriríamos en el mismo estado en que nos encontrábamos: bien alimentadas, casadas, insatisfechas.

Siempre hemos sido amigas; de niñas, en Irlanda, dormíamos juntas y yo solía empujarla para que se cayera de la cama con la esperanza de que se partiera la crisma. Me caía muy bien y todo eso (por supuesto, le tenía unos celos mortales), pero era demasiado tranquilona, demasiado buenaza; ya sabéis, esa bondad inútil que consiste en preguntarle a la gente cómo está y qué tal sus padres. En la escuela me escribía las redacciones, y en el internado nos mantuvimos muy unidas porque las otras ochenta niñas eran aún más ñoñas que ella, que ya es decir. Cuando nos largamos del internado fuimos a parar a un cuchitril de mala muerte forrado de linóleo, en Dublín, y luego recalamos en otro tugurio aquí en Londres, donde, en un periodo de año y medio, nos invitaron a tres cenas como Dios manda a cada una, lo cual se tradujo en seis cenas por cabeza, porque habíamos acordado que cada vez que a una la invitaran a salir debía traer comida para la Cenicienta. La de bolsos que estropeé por culpa de esa norma…

No llevábamos ni un año aquí cuando Kate se reencontró con Eugene Gaillard, un cascarrabias a quien había conocido en Irlanda. Retomaron las relaciones, se enamoraron -o eso decían ellos- y no tardaron en airearlo a los cuatro vientos. La boda se celebró en la sacristía de una iglesia católica. Tuvo que ser así; no podrían haberse casado en el altar porque él estaba divorciado y ella iba preñada hasta la boca. Yo fui dama de honor: me puse un pañuelito rosa de gasa y un sombrero con velo que me costearon ellos. Parecía yo la novia. Kate llevaba un vestido premamá de rayas, muy holgado, y tenía un aspecto más aniñado que nunca. Es de esas mujeres que siempre tendrá cara de no haber roto un plato, aunque tuviese a su madre encerrada en un armario. El cura no le miró la tripa ni una sola vez.

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