Ficha técnica

Título: Chicago | Editorial: Maeva | Autor: Alaa Al Aswany | Colección: Littera | P.V.P. 20,00 € | ISBN 978-84-96748-77- 4 | EAN 9788496748774 | Fecha de lanzamiento: 16 de enero de 2009 | Páginas: 336 | Tamaño: 16 x 24 cm/ Rústica

Chicago

MAEVA

 

Si en El edificio Yacobián, Alaa Al Aswany se centraba en un inmueble de El Cairo para diseccionar a la sociedad egipcia, esta vez ha decidido tomar distancia y trasladarse a Chicago para mostrarnos Egipto desde el exilio. En efecto, en Chicago desfilan y se cruzan diversos representantes de la contradictoria sociedad egipcia presentes, por una u otra razón, en el campus de la Universidad de Illinois. Desde el protagonista, Nagi Abdel Samed, un brillante estudiante de medicina y acérrimo detractor del régimen egipcio, hasta Shaimaa Mohamedi, una joven devota musulmana que verá cómo sus convicciones se tambalean cuando descubre el amor; Ahmad Danana, el corrupto presidente de la Asociación de Estudiantes Egipcios, que actúa como informante para los servicios secretos de su país, o el profesor Reefat Zabet, que lleva más de treinta años en Estados Unidos y que reniega de sus orígenes… En sus encuentros y desencuentros y a través de sus propias historias, estos personajes escenificarán los múltiples conflictos de la sociedad y el a veces nada fácil encuentro entre Oriente y Occidente.

 

Primer capítulo

Poca gente sabe que el nombre «Chicago» no proviene del inglés, sino del algonquino, una de las numerosas lenguas que hablaban los nativos norteamericanos. La palabra significa «olor fuerte», y la razón de esta denominación se debe a que el lugar en el que hoy se levanta la ciudad estaba ocupado antaño por vastos campos que los indígenas dedicaban al cultivo de cebolla. En el penetrante aroma de esta planta reside el origen del mencionado topónimo. Los nativos norteamericanos habitaron durante muchos años en Chicago, a orillas del lago Michigan, cultivando cebollas y dedicándose a la ganadería. Vivían en paz y armonía con la naturaleza, hasta que en el año 1673 llegó a la zona un explorador y cartógrafo llamado Louis Jolliet, acompañado por un jesuita francés de nombre Jacques Marquette. Ambos descubrieron Chicago, que no tardó en ser ocupada por miles de colonos, atraídos como hormigas a un plato de miel.

 Durante los cien años siguientes, los conquistadores europeos llevaron a cabo terribles campañas genocidas que le costaron la vida a entre cinco y doce millones de indígenas en todos los rincones del Nuevo Continente. Al estudiar la historia de América es conveniente pararse un momento a reflexionar sobre esta paradoja: los colonos blancos, que exterminaron a millones de nativos, arrebatándoles sus tierras y despojándoles de sus riquezas y su oro, eran, al mismo tiempo, cristianos firmemente convencidos. Esta contradicción se puede comprender si se tienen en cuenta las opiniones que prevalecían en aquella época: muchos de los colonos consideraban que los pieles rojas, a pesar de ser, de algún modo, hijos de Dios, no habían sido creados con el espíritu de Cristo, sino con un alma distinta, imperfecta y propensa al mal. Otros sostenían con firmeza que los indios eran como los animales, criaturas sin alma ni conciencia, y por lo tanto no poseían el mismo grado de humanidad que el hombre blanco. Gracias a estas convenientes teorías, a los colonos les resultaba lícito matar a cuantos indígenas les viniese en gana, sin la más mínima muestra de arrepentimiento o sentimiento de culpa. Por muy crueles que fuesen las matanzas que realizaban durante el día, esto no empañaba la pureza de las oraciones que rezaban todas las noches antes de irse a dormir.

 Estas guerras de exterminio terminaron con la victoria aplastante de los padres fundadores. Chicago se incorporó a las ciudades de la Unión por primera vez en 1837. A partir de entonces, experimentó un crecimiento sorprendente, aumentando 16 veces su extensión original en menos de diez años. Su ubicación a orillas del lago Michigan y las extensas praderas que la rodeaban, excelentes pastos para el ganado, acrecentaron la importancia de la ciudad. Finalmente, la llegada del ferrocarril hizo que Chicago se convirtiera en la reina indiscutible del oeste americano.

 Sin embargo, la historia de las ciudades, al igual que la vida de las personas, es una sucesión de momentos de alegría y de dolor. El domingo 8 de octubre de 1871 fue una jornada negra para Chicago. En el distrito oeste de la ciudad vivía una mujer llamada Catherine O’Leary, con su esposo, sus hijos, un caballo y cinco vacas. Aquella noche, los animales de miss O’Leary pastaban plácidamente en el patio trasero de la casa. A eso de las nueve, a una de las vacas, que debía de estar muy aburrida, se le ocurrió dejar el jardín y entrar en el granero. Una lámpara de queroseno llamó su atención. La contempló con curiosidad y acercó su cabeza para olisquearla. De pronto, respondiendo a un extraño impulso, le soltó una coz al candil, que se cayó al suelo, vertiéndose el aceite ardiente de su interior. Justo al lado había unos fardos de paja y el fuego se extendió rápidamente. En pocos instantes, la casa ardió, así como las viviendas vecinas. Hacía mucho viento, algo normal en Chicago, por lo que el fuego llegó a todos los rincones. En menos de una hora la ciudad entera estaba en llamas.

 

 

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