Ficha técnica

Título: Charles Maurras. El caos y el orden| Autor: Stéphane Giocanti |  Traducción: José Ramón Monreal |  Editorial: Acantilado  | Colección: El Acantilado, 199 | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-92649-34-1 | Páginas: 728 | Formato:  13 x 21 cm. | Encuadernación: Rústica cosida  |  PVP: 35,00 € | Publicación: 14 de Mayo 2010

Charles Maurras

ACANTILADO

Jean Paulhan escribió en 1932 que un joven deseoso de orientarse políticamente no tenía más posible elección que entre Karl Marx y Charles Maurras. Éste era entonces maestro y figura mayor que inspiró a varias generaciones de intelectuales y artistas franceses y extranjeros. Su ascendiente fue tan extraordinario, en especial en el terreno de la estética, que puede decirse sin exagerar que fue una de las personalidades más influyentes en el arte y la literatura del mundo occidental de principios del siglo xx. De Apollinaire a T. S. Eliot, de Eugenio d’Ors a Josep Pla, de Maillol a Max Jacob y la pintura italiana del novecento, su presencia se hace sentir con fuerza en el núcleo estético que buscó en la mediterraneidad su esencia y en el clasicismo no académico su programa. En España, además, influyó extraordinariamente en los movimientos regionalistas, con un especial énfasis en Cataluña. Defensor de la literatura de Proust contra los miopes o de Fréderic Mistral contra los uniformistas, impulsor de la enseñanza del occitano en las escuelas del sur de Francia, propagandista de la restauración de una monarquía que debía respetar, contra el jacobinismo, las particularidades regionales, su figura se vio ensombrecida por su ambiguo papel en la Francia ocupada. La biografía que nos presenta Stéphane Giocanti, completa, equilibrada y documentada, nos descubre una de las personalidades más impactantes del siglo pasado, con especial énfasis en su presencia, como autor y como crítico reconocido, en el mundo de la cultura.

 

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MARTIGUES, ENTRE EL MAR
Y LA ALBUFERA 

Las colinas azotadas por el viento están expuestas tanto a los temblores del cielo como a las caricias y a los abrazos del sol. Árboles desnudos, ramas retorcidas, extensiones desiertas. Los movimientos agresivos del aire confieren a este horizonte casi lunar una impresión de eternidad donde la cólera de los dioses y el sentido trágico de los hombres parecen enmudecer, pero que la naturaleza recoge en su lenguaje secreto y traduce mediante signos difíciles de interpretar. «Quisiera llevar allí a los espíritus simples para quienes todo el paisaje del Sur parece hecho de pura alegría y sitúan en el Norte el refugio definitivo de los corazones tristes y cerrados. No me sería difícil mostrarles aquí la tristeza de la luz a la hora de su agonía». Y, sin embargo, la región de Martigues presenta también un gran carácter risueño bajo ese cielo que exalta sus esplendores mientras hace desaparecer la amargura. «Esta luz, algo más opaca que la que nace del cielo del mediodía, difusa, dispersa, extendida a todas las cosas, no altera las formas de nada, pero lo viste todo con un velo decoroso y purísimo. Lo que se precisaba con un ardor cegador se modera, se compone, se atenúa y adquiere el aspecto de una vida y de una humanidad reconocibles. He aquí, a ambas orillas de la alargada albufera que espejea bajo mi colina, las casas de campo a las que da sombra un gran pino, semejante a las palmeras de Oriente, y unas granjas, de aspecto más humilde, que protege contra el mistral la muralla viva de una ringlera de cipreses».

  La mirada que se posa sobre estos paisajes varía indefinidamente los contrastes de las horas y de las estaciones, sin repetirse nunca, tan pintora-pero más aérea-como el Monet de las catedrales de Ruán. Los lugares enseñan al hombre la esencia trágica que es propia de la condición humana; la naturaleza está presta a aplastarlo, a reducirlo, a ahogarlo; el mal, el salvajismo acechan su alma. Y, sin embargo, el esfuerzo paciente, la búsqueda de una regla común, el gusto por la perfección le brindan la oportunidad de sobrevivir y de perdurar en una felicidad que la despreocupación y el orgullo tienden en todo momento a desarmar. Marcado por este doble aspecto del paisaje que rodea Martigues, Maurras es hijo de Marte y de Afrodita. Es un corazón de combatiente, tal como Platón lo describió en su República, en extremo consciente de la fuerza destructora de las cosas, de la precariedad esencial de la existencia humana, que comienza con el olvido y el desorden del lenguaje. Y, al mismo tiempo, un corazón de enamorado: de la vida, del terruño, de su ciudad natal, de las mujeres y de unos maestros admiradísimos que busca en todos los siglos. Este universo mezclado prepara un personaje complejo cuyas heridas, desesperaciones y cóleras le harán mantener el lenguaje de la violencia, hasta hacer olvidar la luz que una Provenza ática y mistraliana había depositado en él como una prueba de afecto, y que la poesía conservará hasta el final. Tierra de contrastes, tierra de luchas, de belleza y de plegarias: tal se presenta el horizonte de Martigues ante Charles Maurras.

  Extendida a orillas de la albufera de Berre y próxima al mar Mediterráneo, su pequeña ciudad presenta distintas «vías de acceso» que realzan su autobiografía literaria, a la vez provenzal y, si puede decirse así, pedestre. Otras tantas entradas para el lector invitado a un maravilloso tesoro que el escritor no entrega sino con pudor y temor, porque lo ama. Uno de sus poemas describe «La encrucijada de los siete caminos a Martigues» («Le carrefour des sept chemins à Martigues»):

Carrefour, oblongue étoile à sept branches,
l’un de tes chemins descend à la mer.
Le ciel a promis à ma voile blanche
les vents de la palme et du vétiver.

Le chemin qui suit ramène à la ville
des trente Beautés, qu’en toute saison
déroulent ses Ponts, ses Canaux, ses Îles
et, du quai natal, mon humble maison. 

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