Ficha técnica

Título: Cezara | Autor: Mihai Eminescu | Traducción: Doina Făgădaru | Ilustración: Florian Pigé | Editorial: ArdiciaPáginas: 132 | ISBN: 978-84-942916-0-9 | Precio: 15,50 eruos

Cezara

ARDICIA

En Cezara (1876), emblemática nouvelle del más grande escritor de la literatura rumana, traducida por primera vez al español, la joven protagonista se enamora fulminantemente de Ieronim, figura a la vez angélica y demoníaca de la que emana un irresistible atractivo. En una recóndita y exuberante isla paradisíaca, a la que les franqueará el acceso el ermitaño Euthanasius, la pareja opondrá la apoteosis de su amor a las acechanzas del mundo exterior, en su intento por fundirse con la naturaleza primigenia del entorno.

Completa el volumen otra de las obras fundamentales de Eminescu, El pobre Dionis (1872), en la que a través de la historia de dos personajes que, aunque muy distantes en el tiempo, ven sus destinos inextricablemente ligados, el lector se verá arrastrado al inquietante territorio de la alteridad, donde, como en un juego de espejos, lo real quedará relativizado hasta el infinito.
«Eminescu se interesó por los problemas del espíritu y de lo imaginario, utilizando el sistema poético, tan específi co en su funcionamiento, para buscar la quimera que recorrió toda su existencia: la verdad.» Mircea Cărtărescu
«No deja de extrañarme cómo este genio pudo aparecer entre nosotros. Sin Eminescu, nuestra cultura sería irrelevante hoy en día.» Emil Cioran 
I

     Era una mañana de verano. El mar extendía su azul in­ finito y, paulatinamente, el sol ascendía en la profunda serenidad celeste. Tras el largo sueño de la noche, las flores despertaban lozanas. Las rocas  negras  exhala­ ban vapor a causa del rocío, tornándose grises poco a poco; de vez en cuando, pequeñas lascas de arena se desprendían de ellas perezosamente.

     Hacia el oeste, entre unos picos, se erigía el anti­guo monasterio. Semejante a una fortaleza, se encon­traba  por  completo rodeado de zarzas, detrás de las cuales apuntaban las copas verdes de algunos chopos y castaños.  Los puntiagudos tejados de tejas mugrien­tas, la parda cúpula  de la iglesia, la muralla derruida e invadida  en su abandono por las malas hierbas,  las rojas  hormigas  que  colonizaban cada  rincón  en  lar­gas procesiones -avanzando bajo el sol con enorme parsimonia-, el secular portalón de roble, las escale­ras de piedra, rotas  y desgastadas de tanto trasiego… Todo  hacía pensar  que  aquello era,  más que una vi­vienda propiamente dicha, un montón de ruinas  por las que andar curioseando.

     A la derecha del monasterio, se levantaban coli­nas con bosques, huertas, viñedos y pueblos de casitas blancas, esparcidas por las terrazas  de las laderas; a la izquierda, un camino atravesaba como una cinta una infinidad de campos verdes, que se perdían en la leja­nía del horizonte; y frente a él aparecía el mar, cuya su­ perficie era interrumpida de vez en cuando por alguna roca puntiaguda que emergía entre  las olas.

     Por la colina, a lo largo de las murallas, trepaban pequeños senderos sembrados de montículos hechos por los topos. Por uno de esos caminos, un viejo mon­je, con las manos a la espalda, se dirigía hacia la puerta del monasterio. Su hábito de paño estaba ceñido en la cintura por un cordón  blanco, del pecho le asomaba parte  del rosario, y sus zuecos de madera se arrastra­ban tableteando a cada paso. Su barba era rala y cano­sa; su mirada, vacua, inexpresiva, algo atolondrada. No había en él nada de ascético  o de resignado.

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