Ficha técnica

Título: Cero K  | Autor: Don DeLillo | Traducción: Javier Calvo Perales | Editorial: Seix Barral  | Colección: Biblioteca Formentor | Formato: 13,3 x 23 cm. | Presentación: Rústica con solapas |  Páginas: 320 | ISBN: 978-84-322-2916-9 | Fecha: may/2016 | Precio: 19,90 euros | Ebook: 13,99 euros

Cero K

SEIX BARRAL

El padre de Jeffrey Lockhart, Ross, es el inversor principal de un centro donde se lucha contra la muerte congelando los cuerpos hasta que la tecnología pueda despertarlos.

Hasta ese extraño lugar viaja Jeffrey para consolar a su padre cuando va a despedirse de su esposa enferma con la esperanza de reencontrarla en el futuro.

Pero cuando Ross, en perfecto estado de salud, decide acompañarla en el experimento, Jeffrey le niega su apoyo y se rebela.

Una oda al lenguaje, una profunda meditación sobre la muerte y una aguda observación sobre lo que implica estar vivo.

«No hay ningún novelista norteamericano que escriba mejor que Don DeLillo. Sus libros son una lectura imprescindible para quien quiera comprender qué significa estar vivo a finales del siglo XX», Paul Auster.

 

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Todo el mundo quiere apropiarse del fin del mundo.

Me lo dijo mi padre, de pie junto a las ventanas francesas de su despacho de Nueva York; gestión privada de la sanidad, fondos fiduciarios dinásticos, mercados emergentes. Estábamos compartiendo un punto temporal curioso, contemplativo, y ese momento estaba rematado por sus gafas de sol vintage, que traían la noche al despacho. Examiné las obras de arte de la sala, abstractas de distintos estilos, y empecé a entender que el silencio prolongado que había seguido a su comentario no nos pertenecía a ninguno de los dos. Me acordé de su mujer, la segunda, la arqueóloga, la mujer cuya mente y cuyo cuerpo deteriorado pronto empezarían a adentrarse, de forma programada, en el vacío.

Aquel momento me volvió a la cabeza unos meses más tarde y amediomundo de distancia. Estaba sentado, con el cinturón de seguridad puesto, en el asiento de atrás de un coche blindado de cinco puertas con las ventanillas laterales tintadas, opacas en ambos sentidos. El chófer, separado de mí por una mampara, llevaba camiseta de fútbol y pantalones de chándal y se le veía un bulto en la cadera que indicaba que iba armado. Después de conducir una hora por carreteras en mal estado, detuvo el coche y dijo algo por su micro de solapa. Luego ladeó la cabeza cuarenta y cinco grados en dirección al asiento trasero derecho. Interpreté que era hora de desabrocharme el cinturón y salir.

Aquel trayecto en coche había sido la última fase de un viaje maratoniano, así que me alejé un poco del vehículo y me quedé allí un rato, aturdido por el calor, con la bolsa de viaje en la mano y sintiendo cómo mi cuerpo se reactivaba. Oí que el motor arrancaba y me giré para mirar. El coche estaba volviendo al aeródromo y era lo único que se movía en medio del paisaje, a punto de que se lo tragara la tierra o la luz crepuscular o el horizonte inmenso.

 

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