Ficha técnica

Título: Cécile | Autor: Benjamin Constant | Editorial: Editorial Periférica | Colección: Biblioteca Portátil | Páginas: 144 | ISBN: 978-84-936926-1-2 | PVP: 14 euros

Cécile

EDITORIAL PERIFÉRICA 

 

Cécile es una novela autobiográfica que recorre buena parte de Europa, con el telón de fondo de la Revolución francesa y el período histórico posterior, y cuenta las complejas relaciones del protagonista, y también narrador de esta historia, con dos mujeres muy distintas e igualmente necesarias para él: su vieja amante y su futura esposa. Quizá por «lo delicado» de algunos pasajes, Benjamin Constant no se atrevió a publicarla en vida, y Cécile no vio la luz hasta 1951, cuando la editorial Gallimard la convirtió en el acontecimiento literario del año en Francia.

Si El cuaderno rojo, que publicó Periférica hace ahora un año, narra la primera etapa en la vida de Constant, Cécile se ocupa, centrándose sobre todo en el tema amoroso, de la siguiente, es decir, de los veinticinco a los cuarenta años del autor, una etapa que recordará ya retirado de la política y dedicado a escribir su historia de las religiones, junto a una mujer (Cécile, o mejor dicho: Charlotte de Hardenberg, su verdadero nombre) a la que profesa un gran afecto y que lo ama sin condiciones, pero por la que es incapaz de apasionarse, por lo que no tardará en volver a las andadas políticas y amorosas.

El propio Constant escribirá sobre otra de sus amantes: «Todavía no me quiere, pero le gusto. Son pocas las mujeres que se resisten a mi manera de estar absorbido y dominado por ellas».

 

PRIMERA ÉPOCA
(11 de enero-31 de mayo de 1793)

Fue el 11 de enero de 1793 cuando conocí a Cécile de Walterbourg, hoy mi mujer. Llevaba casada alrededor de dos años con un tal conde de Barnhelm, mucho mayor que ella. Fue la hermana mayor de Cécile quien concertó esa boda. La baronesa de Salzdorf -ése era su nombre-, que había estado unida durante veinte años al señor de Barnhelm, tuvo la idea de convertirlo en su cuñado para que no dejara de ser su amante. Víctima de esa odiosa intriga, Cécile no tardó en descubrir las relaciones entre su hermana mayor y su marido y, sin revelar los motivos a su familia, pues no quería afligir a su anciano padre, tuvo la valentía de romper todo tipo de trato íntimo con un hombre al que consideraba indigno de ella. Esta resolución, tras haberla expuesto a numerosas persecuciones internas, le dio ante la gente una fama de extravagancia a la que se resignó sin intentar justificarse.

Vivía sola en la casa del señor de Barnhelm, a quien casi nunca veía, y sólo en muy contadas ocasiones se presentaba en la Corte de Brunswick, donde su marido tenía asignado un cargo.

Yo mismo estaba al servicio del duque de Brunswick y vivía con una mujer con quien me había casado por debilidad, a la que había amado más por bondad que por atracción desde que me casé, y cuya mentalidad y carácter no eran muy de mi agrado. Hallándome ausente con motivo de un viaje a Suiza, mi mujer se prendó de un príncipe ruso de dieciocho años. Aquella pasión, que a mi regreso encontré en su apogeo, me disgustó más por su inconveniencia que por lo que me dolía. Siendo muy joven, muy impaciente y por lo demás bastante indeciso, no tenía ninguna autoridad sobre mi mujer. Sólo le había tomado afecto por una especie de complacencia, de manera que dicho afecto acabó cuando advertí que había dejado de necesitarlo. No intenté, pues, recuperarla con modales cariñosos o suaves. De cuando en cuando, mi condición de marido provocaba en mí veleidades de mando, pero ese esfuerzo me acababa aburriendo. La relación entre mi mujer y el príncipe, en ocasiones empañada por violentas aunque cortas disputas que sólo iniciaba yo de mala gana, prosiguió así ante mis ojos, y a veces, olvidándome de mi situación, me quedaba mirando a aquellas dos personas molestas con mi presencia; y no podía dejar de envidiar a aquellos dos corazones ebrios de amor.

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