Ficha técnica

Título: Casa de verano con piscina | Autor: Koch, Herman | Editorial: Salamandra | Colección: Narrativa | Traducción: Maria Rosich | ISBN: 978-84-9838-455-0 |Núm. pags.: 352 | Tipo edición: Rústica | PVP: 18,00 euros

Casa de verano con piscina

 
 
Autor de gran renombre en los Países Bajos -su anterior novela, La cena, fue Libro del Año y ganó el Premio del Público de ese país-, Herman Koch vuelve con otra estimulante historia de suspense donde una trama tejida a la perfección es el soporte para explorar sin ambages temas tan actuales como la ética profesional, la falsedad de las relaciones sociales o la difícil comunicación entre padres e hijos, así como los límites de la libertad sexual o el sentido de culpa en el seno de una sociedad permisiva y autocomplaciente. Próspero médico de cabecera en Ámsterdam, Marc Schlosser ejerce su profesión con cierta dosis de cinismo. Su nutrida clientela valora especialmente el tiempo que dedica a las consultas, pero esta aparente generosidad esconde unas intenciones menos nobles, que Marc disimula con habilidad. Cuando uno de sus pacientes, el famoso actor Ralph Meier, lo invita a pasar unos días de verano junto a su familia, Marc acepta pese a las reticencias de Caroline, su esposa, molesta por la arrogante vulgaridad de Ralph y su actitud de seductor irresistible. Así, los Schlosser y los Meier, con sus respectivos hijos adolescentes, compartirán con un maduro director de Hollywood y su novia, cuarenta años más joven, una casa con piscina a pocos kilómetros de una playa mediterránea. Los días transcurren con apacible monotonía, entre comidas, paseos, largas conversaciones de sobremesa, excesos con el alcohol y flirteos más o menos inocentes, hasta que una noche se produce un grave incidente que interrumpirá las vacaciones y cambiará para siempre la relación entre las dos familias.
Casa de verano con piscina es una novela apasionante en la que nadie es del todo inocente, ni siquiera quienes parecen más frágiles e inofensivos. Herman Koch logra que el lector quede atrapado ante una incómoda encrucijada moral, que lo mantiene en vilo hasta la última página.
 
 
 
I
 
 
Soy médico de cabecera. Paso visita desde las ocho y media de la mañana hasta la una de la tarde. Me tomo mi tiempo: veinte minutos por paciente. Esos veinte minutos son mi reclamo. «¿Qué médico de cabecera te atiende durante veinte minutos, hoy en día?», comentan los pacientes, y se lo cuentan unos a otros. «No se llena demasiado la agenda, quiere dedicar el tiempo necesario a cada caso.» Tengo lista de espera. Si algún paciente se muere o se va a vivir a otro sitio, me basta con hacer una llamada y ya hay otros cinco que quieren ocupar su lugar. Los pacientes confunden tiempo con atención. Creen que les presto más atención que otros médicos de cabecera, pero lo único que hago es dedicarles más tiempo. En un minuto ya he visto lo que necesito saber; los diecinueve restantes, los lleno con atención. Con la ilusión de atención, debería decir. Les hago preguntas generales: «¿Qué tal su
hijo/hija? ¿Ya duerme usted mejor? ¿No come demasiado/ demasiado poco?» Les pongo el estetoscopio en el pecho y después en la espalda. Les pido que respiren profundamente. Que expulsen el aire poco a poco. En realidad no escucho. Al menos, intento no escuchar. Por dentro, todos los cuerpos suenan igual. Lo primero que se oye es el latido del corazón, por supuesto. El corazón no sabe nada. Se limita a latir. El corazón es la sala de máquinas. La sala de máquinas solamente mantiene el barco en movimiento, no marca el rumbo. Luego están los sonidos de las entrañas. Los órganos. Un hígado sobrecargado suena distinto de uno sano. Un hígado sobrecargado gime. Gime y ruega que le den un día libre, sólo uno. Un día en que pueda eliminar la suciedad más gorda. Ahora siempre tiene trabajo atrasado. Un hígado sobrecargado es como la cocina de un restaurante que nunca cierra. Los platos sucios se acumulan, los lavavajillas funcionan a toda máquina, pero las montañas de platos usados y ollas con restos de comida pegada no paran de crecer y crecer. El hígado sobrecargado espera ese día libre que nunca llega. Todas las tardes, a las cuatro y media o las cinco (a veces incluso antes), pierde la esperanza de que esa jornada haya llegado. Si tiene suerte, sólo se trata de cerveza; entonces puede endilgar la mayor parte del trabajo a los riñones. Pero siempre habrá quien no se contente con cerveza y se tome algo más: una ginebra, un vodka, un whisky. Algo que se puedan trincar de un trago. El hígado sobrecargado se resiste, pero al final no aguanta más. Primero se endurece, como un neumático demasiado hinchado. Después sólo hace falta una pequeña irregularidad en el asfalto para que estalle.
 

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