Cartas a Hawthorne

LA UÑA ROTA

Nunca sabremos de qué hablaban Melville y Hawthorne cuando quedaban a fumar y beber brandy hasta bien entrada la noche, pero se conservan estas cartas escritas entre enero 1851 y diciembre de 1852, en las que Melville comparte con su amigo ideas e inquietudes sobre la composición de Moby Dick, la verdad en la literatura, la providencia, el éxito, la fama…

Como señala Carlos Bueno en el prólogo, la presente correspondencia nos revela una imagen del autor más precisa e íntima que cualquier otro texto, pues «estamos frente a un Melville en todo su esplendor: el vecino y el escritor, el amigo y el loco, el hombre y el profeta».

Se incluyen, además, las conocidas cartas «Agatha», un documento extraordinario que nos permite ver cómo Melville aborda el proceso de creación. No en vano, «Agatha», según la crítica Wyn Kelley, «es el texto más fascinante que Melville jamás escribió, puede que sea una de las historias más interesantes que jamás escribió Hawthorne, y la historia más extraordinaria que Melville y Hawthorne jamás escribieron juntos».

Como colofón, presentamos las dos únicas cartas que Herman Melville escribió a dos de sus hijos durante una travesía por Tierra de Fuego.

«Melville se encuentra entre los escritores de cartas más refinados de la historia literaria norteamericana.» Kevin J. Hayes

 

AMISTAD Y BÚSQUEDA EN MELVILLE

Carlos Bueno Vera

I

Cuando a mediados del siglo xix los dos protagonistas de estas cartas se conocen, la literatura norteamericana empieza a tener una identidad propia. En el siglo xviii abundaban las publicaciones de textos de carácter religioso y político escritos por peregrinos y colonos en forma de poemas, ensayos, discursos y artículos periodísticos. También se publicaban diarios y relatos autobiográficos de entre los que destacaban, por su popularidad, los de «cautiverio», que narraban las peripecias de colonos presos por indios nativos. Puede sorprender, para un lector contemporáneo, la poca presencia de la novela, siempre cercana al género gótico y, de alguna forma, epigonal de la británica. La explicación posiblemente guarde relación con el dogma protestante: la lectura de ficción era un divertimento que un colono no podía permitirse habida cuenta de que su misión consistía en mantener a la familia y luchar por la supervivencia en un mundo aún sin civilizar. Se la consideraba, por tanto, perniciosa e inmoral.

     No fue sino hasta el siglo xix que la ficción empieza a extenderse gracias a los cuentos y poemas románticos de Washington Irving y E. A. Poe; así como al trascendentalismo, una nueva corriente filosófica influida por el ideario ilustrado que Emerson y Thoreau introducían en sus discursos y, sobre todo, en sus ensayos, los emblemáticos Nature y Walden. Es el siglo de Hojas de hierba de Whitman, publicada por primera vez en 1855, y de la poesía de Emily Dickinson, si bien apenas la publicaron en vida una docena de poemas -la mayor parte, por cierto, «arreglados» por sus editores-, de los miles de versos que escribió recluida en la casa familiar, en Amherst. Pero serán Hawthorne y Melville los primeros en emplear los recursos de la novela para hablar de la vida y las preocupaciones de sus conciudadanos y, de ese modo, adquirir motivos y temas que hoy consideramos genuinamente estadounidenses. Sí, con ellos nació una nueva literatura que, parafraseando las palabras que Emerson pronunció en su famosa conferencia El intelectual norteamericano, de 1837, «caminará sobre sus propios pies, trabajará con sus propias manos y se expresará con ideas propias».