Ficha técnica

Título: Carmen Amaya 1963. Taranta. Agosto. Luto. Ausencia | Autor: Ana María Moix, Colita y Ana María Moix | Editorial: Libros del Silencio | Colección: Singular | ISBN: 978-84-940974-1-6 | Páginas: 158 | Formato:  22,5 x 24,5 cm.  Cartoné | PVP: 29,00 € | Publicación: mayo de 2013

Carmen Amaya 1963

LIBROS DEL SILENCIO

Tras años de largas y exitosas giras, en 1963 una Carmen Amaya cada vez más agotada regresa a España para filmar Los Tarantos, junto a Antonio Gades y a las órdenes de Francisco Rovira Beleta. Con concisión, con verbo lírico y sugestivo, Ana María Moix mezcla lo biográfico y lo imaginado para relatarnos (con parada inicial en la aduana de Ellis Island, Nueva York) el extraordinario periplo vital que ha llevado a Carmen hasta aquí tras consagrarse en los escenarios del mundo entero, y que termina con un niño, una vez consumada la tragedia, recogiendo el último cigarrillo de la bailaora. Su texto, «El Marlboro de la Capitana», sirve de inmejorable prólogo a lo que constituye, en propiedad, el núcleo de Carmen Amaya 1963: la crónica del año final de una artista única a través de las intensas y magnéticas fotografías de Colita y Julio Ubiña; imágenes contrastadas, arrolladoras, de un clasicismo atemporal, que constituyen, entre la elegía y el documento, la ternura y la tragedia, el núcleo de un tributo imprescindible a la mayor dama del flamenco catalán, y una de las figuras centrales de toda su historia, en este 2013 en que se celebran los cincuenta años de su muerte.  

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Quien la ve bajar del avión, en el aeropuerto del Prat, lo contará: lleva el pelo recogido en la nuca, gafas oscuras, un abrigo de astracán y -en un contraste que solo se puede permitir una mujer cuya seguridad personal no necesita del beneplácito de los árbitros de lo correcto- una enorme cesta de paja. Es menuda, pero esa escasez física tarda en advertirse, o se borra al instante, sepultada por una impactante elegancia que parece añadirle volumen y dotarla de una extraña dimensión. No es fácil olvidar ese rostro cetrino, afilado, de una belleza insólita, poco común, no por el grado de perfección, sino por escapar al modelo clásico de belleza femenina. La boca, bien dibujada, diríase lo más expresivo de ese rostro, pero solo hasta que queda liberado de las gafas oscuras y aparecen los ojos. Entonces se produce: quien la ve descender del avión contará haberse sentido dominado por la feroz certeza de, sin que a nadie le dé tiempo de advertírselo, hallarse frente a un ser dotado de esa cualidad que todo el mundo distingue pero que nadie ha acertado aún a definir: talento, genio, duende… Algo que marca la vida de quien lo posee, y, para bien o para mal, la determina hasta la muerte.

Ese cuerpo menudo, tenso, que desprende fuerza, pasión telúrica, pertenece a una de las más grandes artistas que ha dado el baile flamenco a lo largo de su historia, y, cuando llega a su tierra natal, este mes de marzo de 1963, lleva casi cincuenta años descoyuntándose en un «ángulo recto que alcanza la geometría viva», en palabras de Sebastián Gasch. Es decir, lleva casi cincuenta años entregado al nervio de una danza que, como la de Nijinsky, el toreo de Manolete, la voz desgarrada de Édith Piaf o el infernal pero a la vez luminoso verbo de Antonin Artaud -artistas con quienes a Carmen Amaya se la ha comparado- tiene mucho de maldita.

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