Ficha técnica

Título: Cariñena | Autor: Antón Castro | Editorial: Ediciones 94 |Colección: El vino de las piedras | ISBN: 978-84-88921-72-7 | Precio con IVA: 9,00 euros | Páginas: 120

 

Cariñena

EDICIONES 94

 Cariñena, compuesta por 120 páginas y 21 capítulos, es una obra autobiográfica, que ahonda en la importancia de la cultura, la amistad, el vino y especialmente la poesía. Antón Castro relata en la novela la experiencia vital de un joven de 19 años, objetor de conciencia y víctima de la incertidumbre, que escapa de su Galicia natal y se va a la vendimia de Cariñena diez días de octubre de 1978. Una vez allí conoce el mundo del vino, los detalles de la historia de Cariñena, de la comarca y duerme en las grutas-bodegas del lugar mientras espera que le den su primer empleo. No sabe nada del arte de vendimiar aunque lleve farcino.

El joven, un tanto perplejo y sin saber muy bien donde caerse muerto, tiene un escaso bagaje de experiencias: es lector de poesía, aficionado a la música y al cine de autor. Allí conocerá a un estudiante de Historia y a dos chicas que le hacen soñar con el amor y, quizá, con el sexo.

La novela, de ritmo ágil, está plagada de personajes; entre ellos el viticultor Mainar, enamorado y casado de Palmira: él encarna el conocimiento de la tierra y de los viñedos. Y ejercerá una influencia decisiva en el joven. Otro elemento inesperado es el cierzo: será desencadenante de la acción. A lo largo de toda la obra se refleja la situación social, cultural y política de la España de 1978 y poco a poco se ve como el protagonista va creciendo, encontrando amigos y enamorándose de las viñas, la vid y las tierras cariñenenses.

 

 

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Llegué a Cariñena por azar, por puro desconcierto y por necesidad. Tenía diecinueve años y acababa de irme de casa. En realidad me había marchado a casi mil kilómetros de distancia huyendo de algo que parecía no tener escapatoria posible: el servicio militar. Apenas tres meses antes, hacia finales de junio, había realizado un viaje de fin de estudios por Zaragoza y Barcelona, y me hablaron de que a orillas del Ebro, en el Casco Histórico, existía una comunidad de objetores de conciencia. Un día preparé una pequeña bolsa con mis pocas cosas –dos pantalones vaqueros, algunas camisas, ropa interior y algunos libros- y tomé el tren hacia Zaragoza. No logro recordar cómo me atreví a hacer todo lo que hice: estaba sobrecogido por el miedo y la incertidumbre, y tenía la sensación de que no sabía hacer nada. Absolutamente nada. Era consciente de que mi título de Técnico Especialista en electrónica no me iba a servir para sobrevivir (me daba pánico la corriente y tampoco me gustaba el oficio), y con respecto a mi familia intuía que también había emprendido un camino sin retorno. El día que me despedí, mi padre pintaba unas ventanas. Creo que jamás me había pegado en la vida, pero entonces lo habría hecho bien a gusto; no se atrevió, desde luego, y creo que fue la única vez que vi cómo las lágrimas le empañaban los ojos. Ni mi madre ni él lograban entender por qué me iba. “Todos hemos hecho el servicio militar, yo estuve tres años en Melilla, y aquí estoy. Nadie te come allí. Tienes que alejar de ti ese mal moral”. Esa era su expresión y su tentativa de consuelo.

Con la ayuda de otro objetor amigo, me convertí en un amable “okupa” que sintió de inmediato la urgencia de aportar algo a aquella suerte de comuna de artesanos del cuero, del macramé y de la cestería. A las cuatro o cinco semanas, cuando ya había aprendido los mejores secretos de la cocina vegetariana y de los distintos aceites, especialmente del de maíz, un compañero, Ramón, que tenía aire de místico intemporal, me dijo que estaba a punto de empezar la campaña de recogida de uva de Cariñena y que “allí siempre necesitan gente”.

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