Ficha técnica

Título: Caracteres blancos | Autor: Carlos Labbé | Editorial: Periférica| Colección: Largo recorrido | Género: Cuentos | ISBN: 978-84-92865-32-1 | Páginas: 160 | PVP: 17,00 € | Publicación: Abril de 2011

Caracteres blancos

PERIFÉRICA

Un hombre y una mujer deciden escapar de la ciudad al desierto. Llevan solamente dos botellas de agua y un cuaderno con las páginas en blanco. Cegados por el sol, pasan los días de ayuno leyéndose el uno al otro los capítulos que han escrito ahí con tinta blanca: el momento en que un padre descubre que su hija es un pez, el día en que los parques y los jardines fueron cerrados con candado para siempre, las aventuras de un aspirante a escritor en las playas argentinas; la reescritura del texto budista Dhammapada, de un libro de Nathaniel Hawthorne y de La vida breve de Onetti; la posibilidad de que alguien viva en las escaleras de un edificio, el estudiante que pregunta por el alma de Santiago a los oficinistas del centro, el asesino que culpa de sus crímenes a los Dimú, la visión profética que Pitágoras tuvo de los campos rancagüinos y la noche en que el desastre petrolero pudo ser evitado con la construcción de un arca.

Caracteres blancos, primer libro de cuentos del joven escritor chileno Carlos Labbé, uno de los narradores más singulares de toda Latinoamérica, es también una novela hecha de relatos que se preguntan si la oscilación entre delirio y austeridad es la única manera de hablar fielmente -en el desierto y con hambre- del amor.

 

VARIACIONES DEL BOSQUE  

Nadie puede servir a dos señores
EVANGELIO DE MATEO

Emerger, odiarme a mí mismo antes que al sonido mecánico del despertador. Agradecer, hundir la cabeza contra la almohada, lograr poner un pie en el suelo frío y luego el otro. Prender el calefón, correr desnudo hacia la ducha, mear, tocarme los pezones, cantar canciones gringas de la radio donde aparezca la palabra God, apagar primero el agua caliente para que se me congele por un segundo el cuero cabelludo. Enchufar la máquina de afeitar, lavarme la cara con perfume, secar cada uno de los dedos de mis pies y chuparme la palma de la mano porque tiene sabor a jabón. Abrir la ventana, sentir la desnudez de mi espalda contra el aire que viene de la calle, estirar los calcetines sobre mis piernas, enfundarme en el overol amarillo, tener el pelo húmedo y echármelo hacia atrás, detenerme y cerrar los ojos. Comer avena con leche. Murmurar un nombre, apretar el botón del ascensor, levantar la mano hacia el conserje que llora, escuchar los bocinazos, tomar el colectivo, alegar, querer, fingir, pagar, azotar la puerta del auto con la mayor fuerza posible, entrar en la bencinera, saludar o no saludar, poner el marcador en cero, apretar el gatillo de la pistola, llenar el estanque, llenar el estanque, llenar el estanque, transpirar, adivinar el color del próximo vehículo, palpar el pubis de la modelo del calendario y sentir que es papel. Que sean las quince horas, sacarme el gorro, lavar cada dedo de mi mano, encontrar las tijeras y tomarlas, meterme la punta del dedo índice en el ojo izquierdo, sentir que tengo algo y que ese algo revive. Despedirme con un garabato de los compañeros, escupir por última vez el suelo de la bencinera, entrar en el parque, en el bosque, seguir hacia el roble, el claro de la izquierda, las hojas de plátano oriental y con el aroma de los jazmines bajar el cierre del overol, desenfundarme y tenderme desnudo bajo el arbusto, no sé cuál es el nombre de esa planta, hasta que llegan los dimú. Los dimú caminan por mi vientre, construyen un palacio y la aldea, a veces solamente una colonia, conversan entre ellos, fundan linajes y se desafían, algunos dejan rastros de polen sobre mis muslos, un fino polvo gris y amarillo.

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