Ficha técnica

Título: Capturar la luz | Autor: Arthur Zajonc | Editorial: Atalanta | Colección: Memoria Mundi | Tamaño: 14 X 24 cm | Formato: Cartoné | Páginas: 390 | ISBN: 978-84-943770-1-3 | Precio: 29,50 euros

Capturar la luz

ATALANTA

LA HISTORIA ENTRELAZADA DE LA LUZ Y LA MENTE

La luz es el mayor enigma al que se ha enfrentado el hombre. Desde los filósofos de la Antigüedad hasta los especialistas en física cuántica del presente, nada ha sorprendido y cautivado más al ser humano que la naturaleza huidiza de la luz.

Arthur Zajonc nos invita en este libro a emprender un viaje fascinante por la historia a través de las diferentes tentativas que se han realizado para comprender el fenómeno de la luz.

Con minuciosa y elocuente claridad, Zajonc nos va adentrando en el ámbito de la mitología, la religión, la ciencia, la literatura y la pintura hasta revelarnos la enorme lucha que ha mantenido nuestra especie para determinar la conexión vital que existe entre la luz exterior de la naturaleza y la luz interior del espíritu humano.

«Una síntesis maravillosa y un gozo de lectura. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto con un libro. […] Una obra extraordinaria.» Oliver Sacks

Capítulo 1

Luces entrelazadas: la luz de la naturaleza y la luz de la mente

Utiliza la luz de tu interior para recuperar la claridad natural de tu visión.
Lao-Tsé

En 1910, los cirujanos Moreau y Le Prince relataron la operación a la que habían sometido a un niño de ocho años, ciego de nacimiento a causa de unas cataratas.2 Tras la intervención, ardían en deseos de descubrir si el paciente veía bien. Cuando el niño sanó, le quitaron las vendas, agitaron una mano ante sus ojos, físicamente sanos, y le preguntaron qué veía. El niño murmuró: «No lo sé». «¿No ves el movimiento?» «No sé», repitió el niño. Era evidente que sus ojos no seguían el lento movimiento de la mano. El niño sólo veía ante él un resplandor variable. Pero cuando le permitieron tocar la mano, exclamó con voz triunfal: «¡Se mueve!». Podía sentir el movimiento, e incluso, como les dijo, «oírlo», pero le quedaba mucho trabajo por delante para aprender a verlo. La luz y los ojos no bastaban.

Por más que aquella primera luz atravesara la pupila negra y cristalina del ojo, no suscitaba el eco de una imagen interior. Vacía, silenciosa, oscura y aterradora: así era la visión del niño. La luz del día lo llamaba, pero en sus ojos, abiertos y ansiosos, la luz de la mente guardaba silencio. La luz de la naturaleza y la luz de la mente se entrelazan en el ojo y originan la visión. Sin embargo, cada una de ellas, por separado, es oscura y misteriosa. Incluso la luz más brillante puede escapar a nuestra vista.

Como parte de lo que he llamado «Proyecto Eureka», un amigo y yo hemos diseñado y construido un dispositivo en el que se ve una región espacial llena de luz. Es un artefacto sencillo pero asombroso, compuesto tan sólo por una caja cuidadosamente diseñada y un potente proyector que arroja luz en su interior. Hemos puesto especial cuidado en que la luz no ilumine objetos ni superficies dentro de la caja. En el interior sólo hay una enorme cantidad de luz pura. La pregunta es qué se ve entonces, qué aspecto tiene la luz cuando aparece completamente sola.

Me acerco al artefacto y enciendo el proyector, cuya bombilla y lentes se ven a través de un panel de plexiglás. El proyector envía al interior de la caja una luz brillante que atraviesa una serie de elementos ópticos situados junto a ella. Desde una ventana miro la luz que se concentra en la caja. ¿Qué veo? Una oscuridad absoluta. La negrura del espacio vacío.

Fuera de la caja hay una manivela conectada a una vara que puede entrar y salir. Si tiro de la manivela, la vara destella en el oscuro espacio y uno de sus lados brilla y se ilumina. Es evidente que el espacio no está vacío, sino lleno de luz. Pero sin un objeto sobre el que incida la luz, sólo se ve oscuridad. La luz es invisible. Sólo vemos cosas, objetos, no la luz.

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