Ficha técnica

Título: Cansasuelos. Seis días a pie por los Apeninos | Autor:  Ander Izagirre |  Ilustración de portada: Marcos Morán   | Editorial: Libros del K.O.  | Páginas: 112  | Formato: 12 x 18,5 cm.  | ISBN: 978-84-16001-48-4 | Precio: 13,90 euros

Cansasuelos. Seis días a pie por los Apeninos

LIBROS DEL K.O.

Ander Izagirre cruzó los Apeninos a pie, desde Bolonia hasta Florencia. Luego escribió un libro en el que hay nazis, centauros, un hombre volador con alas de madera, doscientos mil bárbaros traicionados por un cuñado, dos señores que leen a Tito Livio y se ponen a excavar en el bosque durante dos años sin decir nada a nadie, una hostelera que esconde a Garibaldi, un hostalero que devora a sus huéspedes; hay una historia de amor, hay neurología, hay alquimia; hay una competición entre un pene de bronce y un pene de mármol. Izagirre consiguió escribir un libro en el que hay todo eso y en el que no ocurre nada. Bueno, sí: un perro llamado Rambo tropieza con una señora de 82 años llamada Anna y la tira al suelo.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Neptuno tiene el pito muy pequeño. O eso parece, si miramos de frente al dios de bronce de la plaza mayor de Bolonia, si lo miramos por un costado, si lo miramos por el otro. En lo alto de una fuente, Neptuno se alza como el dios de los esteroides anabolizantes: qué brazos musculosos, tensos, venosos; qué hombros, qué pectorales, qué abdominales, qué muslos de esprínter de velódromo, qué dos nalgas como dos globos terráqueos. Los boloñeses lo llaman al zigant, el gigante. Con su pose amanerada, parece que está interrumpiendo una exhibición culturista para girar el rostro barbudo, observarte un momento y atravesarte con el tridente. Pero Neptuno, tan tenso, tan poderoso, tan tan, tiene un pene cacahuetesco. O eso parece.

     De Bolonia a Florencia, donde hay otro Neptuno, el tren de mucha velocidad nos llevaría en treinta y siete minutos. La distancia entre Bolonia y Florencia es muy pequeña. O eso parece.

     S. me va a aclarar algunas apariencias. En la plaza de Bolonia, me lleva hasta un punto desde el que todo se ve distinto. Me dice que me coloque en una losa negra que destaca entre las losas grises del pavimento. Y que mire desde allí a Neptuno, que me da la espalda, un poco en diagonal. Entonces veo que entre las piernas del dios de bronce sobresale un gran pene erecto, un pene vigoroso, un pene que apunta a la catedral. ¡Neptuno!

     En realidad, eso que sobresale entre las piernas del dios es el pulgar de su mano izquierda, extendido, largo, firme; un pulgar que, visto desde la losa negra, parece otra cosa. Dice la leyenda, dice, que en 1563 las autoridades eclesiásticas impidieron que el escultor Giambologna le plantara a su Neptuno un pene tan colosal como el resto de su cuerpo. Y que Giambologna redujo el pito pero dejó ese pulgar, para quien supiera verlo, convertido en pene por la trampa óptica.  

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