Ficha técnica

Título:  Cánones subversivos. Ensayos de literatura hispanoamericana | Autor: Gonzalo Celorio | Editorial: Pre-Textos | Colección:  Textos y pretextos | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-15297-26-0 | Páginas: 188 | Ref: 1140 | Peso: 282 gr. | Formato:  21,5 x 14 cm.| Encuadernación: Rústica | PVP: 16,00 € | Publicación: Mayo de 2011

Cánones subversivos

PRE-TEXTOS

Por esta obra de Gonzalo Celorio desfilan grandes nombres que han quebrantado los cánones literarios -Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes-, pero también las remembranzas personales que describen cómo su autor inició ese gusto por los libros y la lectura que, a la larga, se volvió un vicio más que una virtud.

En estas páginas Celorio nos deleita con hallazgos que van desde la lúdica revisión de sus cinco obras fundamentales o la reconstrucción del Cortazar lector, hasta el pormenorizado análisis de la contribución de los exiliados españoles a la cultura de México, la de Alejo Carpentier a la novela latinoamericana y la de Villaurrutia al canon de la poesía mexicana.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

UN mueble de madera oscura, casi tan grande como un ropero. En sus puertas talladas, sendos yelmos heráldicos, enfrentados y de perfil, custodiaban el tesoro. Unas ventanitas protegidas por pequeñas columnas torneadas dejaban ver, en la parte superior, una cortina de seda color púrpura, que parecía el telón de un teatrino de títeres. Así era el librero de la casa de mi infancia, el repositorio de los libros de una familia medieval que se regía, en pleno siglo XX, por el principio evangélico de que hay que tener los hijos que Dios nos mande -para mi fortuna, porque yo soy el undécimo de los hermanos y si mis padres no hubieran observado semejante precepto, no estaría aquí para contarlo.

   Una enorme Biblia con cubiertas florentinas que lucían, entrelazadas, las áureas iniciales de los apellidos de mi familia y cuyos separadores de seda terminaban en pequeñas medallas religiosas. Algunos misales tan viejos que apenas podían sostenerse en pie. Las Confesiones de san Agustín. La comedia de Dante. Una edición de El Quijote ilustrada por Doré. Las Vidas ejemplares de Romain Rolland. La novela Jeromín del padre Coloma, que narra la historia de don Juan de Austria, el hijo bastardo de Carlos I. Las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Varios libros hagiográficos en los que la imagen, como en las portadas de las iglesias románicas o en la pedagogía del barroco, podía más que la palabra: un san Martín a caballo que con la espada partía en dos su capa para entregar la mitad a un menesteroso al parecer más necesitado de pan que de cobijo, un san Tarsicio niño lapidado por sus compañeros cuando transportaba el santo viático para llevarlo a un enfermo moribundo, un san Sebastián lánguido que con ojos entornados miraba suplicante a un cielo sordo mientras arqueros invisibles traspasaban sus carnes con precisas saetas. Las Memorias del Instituto México donde todos los varones de mi familia estudiamos con los Hermanos Maristas por lo menos la primaria y la secundaria desde tiempos inmemoriales. Y varios libros más, casi todos de tema religioso o por lo menos edificante. A tales títulos y a la solemnidad del mueble que los atesoraba como si fuera un relicario, debo la consideración, todavía enraizada en alguna hondonada de mi alma a pesar de mi trato cotidiano y hasta confianzudo con ellos, de que los libros tienen un valor sagrado.

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