Ficha técnica

Título: Canciones de amor a quemarropa | Autor: Nickolas Butler |Traducción: Marta Alcaraz |Editorial: Libros del Asteroide | Formato: 21,5 x 14 cm | Páginas: 344 | ISBN 9788415625995 | Precio: 21,95 euros |Ebook: 12,99 euros

Canciones de amor a quemarropa

LIBROS DEL ASTEROIDE

Henry, Lee, Kip y Ronny crecieron juntos en el mismo pueblo de Wisconsin, Little Wing. Amigos desde niños, sus vidas comenzaron de manera similar, pero han tomado caminos distintos. Henry se quedó en el pueblo y se casó con su primera novia, mientras que el resto lo abandonó en busca de algo más: Ronny se convirtió en un famoso cowboy de rodeo, Kip en exitoso agente de bolsa y Lee en una estrella de rock de fama mundial.

Cuando se vuelven a reunir en una boda, todos tratan de recuperar su vieja amistad pese a lo mucho que han cambiado. Entre la alegría del encuentro las antiguas rivalidades renacen y los viejos secretos amenazan con destrozar amistad y amor.

Una novela sobre las cosas que importan: el amor y la lealtad, el poder de la música y la belleza de la naturaleza. Un relato maravilloso, emotivo y profundo que trata de un viejo tema: ¿podemos sentirnos alguna vez realmente en casa?

Publicada recientemente en EE. UU., Canciones de amor a quemarropa se ha convertido en una de las sensaciones literarias del año.

«Una de esas raras novelas que pese a estar ambientadas en un lugar y tiempo muy concretos hablan de verdad de la condición humana. Un libro breve y notable. Una novela que una vez leída no se olvida.» The New Yorker

«Una novela sobre una pequeña ciudad de Wisconsin y un grupo de amigos. Las partes más líricas de este emotivo libro hablan de cómo los personajes están casi físicamente ligados los unos a los otros. Impresionante y original.» The New York Times

«Su fuerza surge de su honradez y de cómo el autor capta la importancia tanto de los pequeños momentos de la vida como de los grandes. Maravillosamente escrito, una generosa celebración del poder de los diferentes tipos de amor.» The Independent

Lo invitamos a todas nuestras bodas; era famoso. Los tarjetones los enviábamos al rascacielos de su compañía discográfica en Nueva York para que le remitieran esos chabacanos sobres dorados mientras él estaba de gira: Beirut, Helsinki o Tokio. Lugares fuera de nuestro modesto alcance, sitios que no alcanzábamos a imaginar siquiera. Él nos enviaba regalos en maltrechas cajas de cartón festoneadas de sellos extranjeros. De regalo de cumpleaños, elegantes corbatas o un perfume para nuestras mujeres; para nuestros hijos, delicados juguetitos o chucherías: sonajeros de Johannesburgo, muñecas rusas de madera de Moscú o patuquitos de seda de Taipéi. Nos llamaba de vez en cuando por una línea llena de ecos e interferencias que al fondo dejaba oír las risas de un coro de jovencitas, y su voz nunca nos parecía tan alegre como esperábamos.

Llegaban a pasar meses antes de que volviéramos a verlo, y entonces aparecía, barbudo y demacrado, con una mirada cansada en la que relucía un alivio feliz. Lee se alegraba de vernos, eso lo notábamos, se alegraba de volver a estar entre nosotros. Siempre le dábamos tiempo para recuperarse antes de volver a hacer vida juntos, sabíamos que necesitaba tiempo para quedarse bien limpio y recobrar el equilibrio. Lo dejábamos dormir hasta decir basta. Las mujeres le llevaban estofado y lasaña, cuencos de ensalada y tartas recién salidas del horno.

Le gustaba conducir un tractor por sus propiedades, cada vez más extensas. Nosotros imaginábamos que le gustaría sentir el calor del día, el sol y el aire fresco en esa cara tan pálida. La marcha lenta del viejo John Deere, esa máquina fiable y paciente. La tierra que retrocedía a sus espaldas. Tenía sus campos sin cultivar, por descontado, pero él conducía su tractor por praderas de hierba y flores silvestres con un cigarrillo o un porro entre los labios. Siempre sonriente encaramado al tractor; suelto al sol, su pelo rubio recordaba los vilanos de diente de león.

Había adoptado un nombre artístico, pero no lo usábamos nunca. Para nosotros era Leland, o Lee a secas, porque así era como se llamaba. Vivía en una vieja escuela, lejos de todo, lejos del pueblo, a cosa de ocho kilómetros de Little Wing, en pleno campo. Las letras de su buzón rezaban: l sutton. Había montado un estudio de grabación en el pequeño gimnasio revistiéndolo de espuma y moqueta gruesa. De las paredes colgaban discos de platino y fotografías suyas en compañía de actrices y actores famosos, de políticos, de chefs y de escritores. El caminito de grava que llevaba a su casa era largo y estaba lleno de baches, pero ni así lograba detener a algunas de las jovencitas que lo buscaban. Llegaban de todo el mundo. Eran siempre guapísimas.

El éxito de Lee no nos había pillado por sorpresa. Él nunca había desistido, nunca había abandonado la música. Mientras los demás estábamos en la universidad o en el ejército o atrapados en la granja de la familia, él se encerraba en un gallinero destartalado y se ponía a tocar su maltrecha guitarra en ese silencio del crudo invierno que todo lo envuelve. Cantaba en un falsete inquietante, y a veces, junto a la hoguera, entre las traicioneras sombras que proyectaban las llamas, naranjas y negras, y el humo, negro y blanco, te arrancaba una lágrima. De todos nosotros, él era el mejor.

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