Ficha técnica

Título: Cambiar de idea | Autor: Smith, ZadieTraducción: Isabel Ferrer Marrades  | Editorial: Salamandra | Colección:  Narrativa | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-9838-399-7 | Páginas: 416 | Encuadernación: Rústica |  PVP: 19,50 €

Cambiar de idea

EDICIONES SALAMANDRA

Considerada uno de los narradores anglosajones más relevantes de la actualidad, Zadie Smith ha recopilado por primera vez una selección de ensayos rebosantes de su inagotable inquietud intelectual. Ordenadas en cinco secciones -Leer, Ser, Ver, Sentir y Recordar-, las diecisiete piezas abarcan una interesante variedad de temas, desde la cultura hasta la política, pasando por sucesos de su propia vida, tratados siempre con el ojo crítico que la caracteriza.

¿Cómo afectó la vida amorosa de George Eliot a su prosa? ¿Por qué Kafka escribía a las tres de la madrugada? ¿Si Roland Barthes mató al Autor, puede resucitarlo Nabokov? Los grandes libros y las malas películas, el feminismo y las divas italianas, la literatura escrita por mujeres negras, el parecido entre Barack Obama y Eliza Doolittle… La incisiva mirada y el espíritu lúdico de Smith se alían para abordar estas y muchas otras cuestiones con un estilo propio: profundo, sin ser académico; riguroso, sin ser dogmático, y divertido, sin ser superficial. Entre los aspectos más personales, destaca la narración de la muerte de su padre -a quien está dedicado el libro-, además de consejos sobre el oficio de escribir y unos curiosos retratos de Katharine Hepburn y Greta Garbo.

Cambiar de idea es un libro de no ficción de primer orden, que se revela, por su amplitud de miras y su empatía, como un fascinante autorretrato de la autora. Un regalo para lectores de toda condición que derrocha curiosidad e inteligencia. 

 

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Diez notas sobre
el fin de semana de los Oscar
 

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Hollywood es vulgar. Cualquier inglés lo sabe. Lo sabe como sabe que no existe la comedia en Alemania, como sabe que los italianos lo tienen bien montado cuando se trata de la comida, el matrimonio, el clima y el paisaje, pero no en lo tocante al gobierno, el trabajo, el tráfico y Dios. Las piscinas de color aguamarina de Los Ángeles en los cuadros de David Hockney evocan con precisión la actitud de los ingleses respecto a Los Ángeles: un desprecio afectuoso por las superficies resplandecientes. «¡La La Land!» Alfombras rojas; actores semisagrados en un Valhalla exclusivo; fiestas inimaginables; joyas de valor incalculable. Durante el fin de semana de los Oscar, un periodismo automático hace un refrito con estas ideas eternas, siendo las descripciones de los periódicos equiparables a los cuentos del taxista que te lleva desde el aeropuerto.

   Resulta extrañamente opresivo partir de viaje a un lugar tan imaginado por otras personas. Ya llevo dentro de la funda de mi vestido la imagen del sueño de Hollywood concebido por otros, tras cometer el error de contar a las dependientas de Bond Street que me voy a Los Ángeles para escribir un artículo sobre los Oscar. Es un vestido rojo, con un solo tirante; un enorme lazo pende de la cadera; tiene miriñaque y cola. Es un vestido que no acaba de entender a Hollywood, sus complejos niveles de poder y exhibición, su política y sus protocolos meticulosos, que a veces parecen tan intrincados como los de la Francia del siglo xviii. En el avión, el auxiliar de vuelo da su aprobación, doblando la funda con cuidado sobre el brazo («Se nota por el peso: es fabuloso») y colgándola con veneración en el pequeño armario que mide medio metro menos de largo.

 

2

Una viñeta del New Yorker: un hombre, encantado de la vida en una bañera, anuncia: «Ha llegado la hora de los Oscar: ¡se percibe ese hormigueo especial en el aire!» Al mismo tiempo su mujer está planchando en la cocina, rodeada de gatos. Cuando uno aterriza en Hollywood, se produce una extraña relación inversa entre implicación y expectación: cuanto más alejada está una persona de los propios Oscar, más se altera. Los directores nominados para un Oscar suspiran y hablan lánguidamente de la posibilidad de ir a un partido de fútbol en lugar de asistir a la ceremonia. Los aparcacoches apuestan por el mejor actor. En el taxi al hotel, el conductor dice: «Hay que entenderlo: cuando imaginas que todo el mundo alrededor tiene el mismo objetivo, un único centro de atención, se da una espiritualidad compartida. ¡Es hermoso!» Mi taxista, como muchos en Hollywood, es guionista. De momento tiene dos guiones. Describe el primero como «una especie de En el punto de mira para la generación de la Xbox». El segundo trata de un encuentro hipotético entre el humorista Harpo Marx y el millonario Armand Hammer. Ha hecho su labor de investigación y puede demostrar que los dos hombres estuvieron en Hamburgo en septiembre de 1933. 

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