Ficha técnica

Título: Caligrafía de los sueños | Autor: Juan Marsé | Editorial: Mondadori | Colección: Futura | Género: Novela | ISBN: 9788426418982 | Páginas: 436 | Formato:  14,5 x 21,1 cm. | Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta |  PVP: 22,90 € | Publicación: 11 de Febrero 2011

Caligrafía de los sueños

MONDADORI

A mediados de los cuarenta, Ringo es un chaval de quince años que pasa las horas muertas en el bar de la señora Paquita, moviendo los dedos sobre la mesa, como si repasara las lecciones de piano que su familia ya no puede pagarle. En esa taberna del barrio de Gracia, es testigo de la historia de amor entre Vicky Mir y el señor Alonso: ella, una mujer entrada en años y en carnes, masajista de profesión, ingenua y enamoradiza; él, un cincuentón apuesto que empezó frecuentando a la mujer para curarse de una lesión en el pie y ha acabado instalándose en su casa. Allí viven junto a Violeta, la hija de la señora Mir, hasta que sucede algo inesperado: un domingo por la tarde, Vicky se echa a las vías de un tranvía intentando un suicidio imposible y patético, mientras el señor Alonso desaparece para no volver. Lo único que queda de él es una carta que prometió escribir y que Vicky estará esperando y deseando hasta la locura, mientras Violeta mueve sus espléndidas caderas por el barrio, hosca e indiferente a los halagos.

La vida entera discurre por el bar de la señora Paquita y bajo la mirada de Ringo, que ahora escucha, lee, y finalmente empezará a escribir las palabras de lo que será su primer relato. Un encuentro casual con el señor Alonso ligará para siempre la historia de los amantes con la de Ringo y con la triste caligrafía de toda una generación que alimentó sus sueños en los cines de periferia y en las calles grises de una ciudad donde el futuro parecía algo improbable.

Espléndido relato de iniciación al deseo y a la escritura, Caligrafía  de los sueños es la primera novela que Juan Marsé publica tras la concesión del Premio Cervantes en 2009.

 

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La señora Mir y las vías muertas 

    Torrente de las Flores. Siempre pensó que una calle con este nombre jamás podría albergar ninguna tragedia. Desde lo alto de la Travesera de Dalt inicia una fuerte pendiente que se va atenuando hasta morir en la Travesera de Gracia, tiene cuarenta y seis esquinas, una anchura de siete metros y medio, edificios de escasa altura y tres tabernas. En verano, durante los días perfumados de fiesta mayor, adormecida bajo un techo ornamental de tiras de papel de seda y guirnaldas multicolores, la calle alberga un grato rumor de cañaveral mecido por la brisa y una luz submarina y ondulante, como de otro mundo. En las noches sofocantes, después de la cena, la calle es una prolongación del hogar.

    Todo esto sucedió hace muchos años, cuando la ciudad era menos verosímil que ahora, pero más real. Poco antes de las dos de la tarde de un domingo del mes de julio, el sol esplendoroso y un súbito chaparrón se funden durante unos minutos dejando suspendida en el aire una luz encrespada, una transparencia erizada y engañosa a lo largo de la calle. Este verano está siendo muy caluroso y la piel negruzca de la calzada se calienta tanto a esta hora que la llovizna se evapora antes de llegar a tocarla. Sobre la acera del bar-bodega Rosales, cuando ya el chubasco ha pasado, una barra de hielo dejada allí por la camioneta de reparto y mal envuelta en una arpillera empieza a fundirse bajo el sol inclemente. No tarda en salir el gordo Agustín, el tabernero, con un cubo y un punzón, y, en cuclillas, se apresura a trocear la barra.

    Al filo de las dos y media, un poco más arriba del bar y en la acera de enfrente, en el tramo de la calle más propenso al espejismo, la señora Mir sale del portal 117 corriendo visiblemente conturbada, como si escapara de un incendio o de alguna alucinación, y se planta en medio de la calzada en zapatillas y con su blanca bata de enfermera mal abrochada, sin cuidado de enseñar lo que no debe. Durante unos segundos parece no saber dónde está, girando sobre sí misma y tanteando el aire con las manos, hasta que, quieta y con la cabeza gacha, suelta un grito largo y ronco, como salido del vientre, que poco a poco deviene en suspiros y termina en maullidos de gatito. Camina un trecho calle arriba dando traspiés y luego se para, se gira buscando en el entorno algún apoyo, y acto seguido, cerrando los ojos y cruzando las manos sobre el pecho, se agacha replegándose sobre sí misma lentamente, como si en ello encontrara un sosiego o un alivio, hasta recostarse de espaldas sobre los raíles del tranvía incrustados en lo que queda del viejo adoquinado.

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