Ficha técnica

Título: Buscavidas | Autores: Jim Tully | Traducción: Andrés Barba| Editorial: JUS Páginas: 232 | Tamaño: 13.5×23 cm | Encuadernación: Tapa blanda | Fecha: mayo 2017 | ISBN 978-60-79409-67-8 | Precio:  19 euros

Buscavidas

JUS

El joven Jim se lanza a la vida en la carretera y en las vías de tren, donde interactúa con todo tipo de personajes que viven en la marginalidad.

Jim Tully se consagró como autor gracias a este libro, que se convirtió en un best seller y fue llevado a la gran pantalla en una película muda dirigida por William A. Wellman y protagonizada por Louise Brooks, Wallace Beery y Richard Arlen.

Con Buscavidas nace el hardboiled, una manera de entender la literatura que luego definiría la obra de autores como Ernst Hemingway, Henry David Thoreau o Jack Kerouac.

«Tully tiene la capacidad de Gorki de engrandecer las miserias de los hombres desesperados con un humor que sería inconcebible en un autor ruso.» – H.L Mencken

«Que Tully escribiera fue un milagro. Que lo hiciera tan bien fue un regalo para el mundo.» – John Sayles

 

I

 ST. MARYS

Pasado el desfiladero de los años, hasta las experiencias más intensas se vuelven confusas en la memoria, pero lo que se ha vivido como joven vagabundo permanece hasta que se enfila el último camino a casa. Muchas veces he intentado imaginar lo que podría haber escrito Cervantes sobre sus caminatas por los soleados senderos españoles; o Goldsmith, en su inglés incomparable, sobre los días en los que tuvo que tocar la flauta para ganarse el pan; o el anciano y ciego Homero sobre sus experiencias en los caminos de Grecia: el viejo juglar habría podido inmortalizar incluso al esclavo griego que le preparaba la comida.

     Realicé tres viajes fallidos antes de convertirme siquiera en un aprendiz de vagabundo. No hay que olvidar que los vagabundos se toman muy en serio su profesión: en el juego hay mucho que aprender y aún más que sufrir.

        En mis ratos de ocio solía holgazanear cerca del depósito del tren del pueblo de Ohio desde el que emprendí mi carrera como vagabundo. Allí charlaba con buscavidas que me contaban con aire indiferente extraños relatos sobre lugares remotos. Un día conocí a uno, muy joven, que acababa de llegar de California. Había pasado dos meses encerrado en una cárcel del Oeste acusado de vagancia. Estaba orgulloso de sus proezas y hablaba pomposamente de ellas. Hizo que me sintiera avergonzado de mi vida monótona en aquel pueblo monótono.

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