Ficha técnica

Título: Bravura | Autor: Emmanuel Carrère | Traducción: Jaime Zulaika   | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de narrativas Páginas: 360  |  ISBN: 978-84-339-7968-1 | Precio: 19,90 euros  | Código: PN 937 | Fecha:  noviembre 2016 |

Bravura

ANAGRAMA

De 1816 se dijo que fue «el año sin verano». La erupción de un volcán indonesio alteró la meteorología incluso en lugares tan lejanos como Suiza. Allí, en la villa Diodati, Lord Byron y sus invitados -su médico y secretario Polidori y los Shelley, Percy B. y su esposa Mary- soportaban como podían la lluvia y el frío del inexistente estío. Para combatir el aburrimiento, se retaron a escribir cada uno una historia de terror. En aquella velada, que se conoce como «la noche de los monstruos», nació el Frankenstein de Mary Shelley, y también El vampiro de Polidori.

De los cuatro personajes, Emmanuel Carrère se centra en el menos relevante, en el paria, en el fracasado: Polidori, al que encontramos en el Soho londinense, adicto al láudano que le proporciona una joven prostituta llamada Teresa, al borde del suicidio y carcomido por el resentimiento porque cree que Byron se ha apropiado de El vampiro y considera que Shelley le ha robado una idea para escribir Frankenstein.

Pero Polidori acaso sea un personaje manejado por la pluma de otro escritor, el capitán Walton, que está fraguando una versión alternativa de la historia de Victor Frankenstein en la que su amada Elizabeth desempeña un papel relevante.  Esta versión la leerá Ann, que redacta libros para una colección de novela rosa y visita a Walton en un extraño hotel regentado por chinos. Y así se despliega un juego de muñecas rusas, una novela de novelas en la que el relato gótico da paso a la novelita rosa y ésta a la narración detectivesca y a la ciencia ficción, en una adictiva sucesión de sorpresas.

El título, Bravura, hace referencia a una expresión francesa, un morceau de bravoure, que designa aquel fragmento de una obra en la que el creador despliega todo su virtuosismo. Y la novela es precisamente eso: una exploración de los mecanismos de la narración, una sugestiva indagación en el papel del escritor y también del lector, y sobre todo una propuesta literaria de una inventiva torrencial, que deslumbra y atrapa.

«Carrère despliega un intrépido brío en esta novela, para la que ha optado por una fantasía desarrollada según sus propias leyes, generada por el puro placer de inventar. Evocar las intrigas de Bravura supone adentrarse en la estructura de la obra, cimentada sobre dos metáforas: la de la intercalación de referencias culturales y la del espejo en el que se superponen las máscaras y los reflejos de personajes reales manipulados por la fabulación. La ficción encuentra su punto de partida en la realidad» (Le Monde).

«Una novela bañada por una extraña atmósfera de duermevela, en la que todo encaja pero nada parece tener sentido por sí mismo. Al principio tal vez produzca perplejidad, pero rápidamente la habilidad del autor para multiplicar las variaciones provoca al lector un placer extremo al leer este libro, que es también una fantasía sobre la creación literaria y sobre las relaciones entre el arte y la vida. Un juego literario repleto de seducción y atractivo» (Le Figaro).

 

PÁGINAS DEL LIBRO

     Antes de mover el cuerpo, su mirada abarca sucesivamente la penumbra húmeda del pasillo en el que va a entrar y, un momento antes de que la puerta se cierre, el espectáculo de la calle que acaba de abandonar y de la que ahora le separa la pesada hoja de roble. Como la casa no contiene mobiliario y él mismo ya no posee nada, sólo tiene que mover su propio peso, pero es suficiente para agotarle: todo pesa más entre estos muros espesos, empezando por la puerta, cuyo umbral cruza cada vez menos, ya que cada gesto exige un esfuerzo, como si la gravedad se multiplicase y la atracción de la tierra fuera más imperiosa en este lugar preciso de Londres.

     A veces, nada más entrar, en lugar de subir, conteniendo el jadeo, el tramo de peldaños que se vislumbra al fondo del estrecho corredor y le conduce a su guardarropa, se arrodilla delante de la puerta, pega el ojo a una rendija que ha descubierto, mira al exterior. Estas sesiones de acecho le agradan, al menos le agradaban al principio, a pesar de la angostura de su campo visual. Para él sigue siendo la mejor manera de ver el mundo: sin que le vean, sin que le pidan que se mezcle con él, que participe.

     Mientras está en la calle, al descubierto, esta participa ción consiste básicamente en prever las modalidades de su exclusión voluntaria, los obstáculos que amenazan con entorpecerle. Al recorrer la calzada a unos metros de la puerta, tiene que cerciorarse de que nadie le verá empujarla, desplazar la plancha que tiene aspecto de cerrada pero que en realidad no lo está y, aunque la callejuela no es muy transitada, hay veces en que tiene que recorrerla dos o tres veces en los dos sentidos porque se cruza con algún transeúnte delante de su retiro y debe engañarle prosiguiendo su camino. Cuando el transeúnte inoportuno se ha alejado, vuelve sobre sus pasos, comprueba que no hay nadie a la vista ni al alcance del oído y retira deprisa la plancha y luego la repone en su sitio empujando el batiente de la puerta. A veces también ocurre que cuando él vuelve se encuentra allí al transeúnte, que se entretiene conversando con un conocido o incluso examinando la fachada, evaluando los desperfectos que debe de sufrir este domicilio burgués abandonado.

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