Ficha técnica

Título:  Boy, Snow, Bird  | Autora: Helen Oyeyemi| Traducción: María Belmonte | Editorial: Acantilado | Colección: Narrativa del Acantilado, 278 | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 304 | Fecha: 2016 | ISBN: 978-84-16748-12-9 | Precio: 22 euros

 

Boy, Snow, Bird

ACANTILADO

En el invierno de 1953 la joven Boy Novak, huyendo de su cruel padre, llega por azar a una pequeña población de Massachusetts, donde conoce a Arturo Whitman, un joven viudo y padre de una niña de seis años, Snow, cuya belleza causa en los adultos un embeleso inquietante.

Tras el matrimonio de Boy con Arturo y el nacimiento de su hija Bird, las cosas cambiarán para Snow: Boy decidirá que su hijastra debe marcharse a vivir con una tía, lejos de su familia.

En esta novela, que afianza a Oyeyemi como una de las escritoras más originales y audaces de la última década, la autora desbarata los inveterados estereotipos que durante siglos han tiranizado el imaginario y las vidas de generaciones de mujeres, creando un relato tan fabuloso y alegórico como los cuentos de hadas tradicionales, pero mucho más compasivo.

Críticas

«Bajo el hechizo de Oyeyemi, todo cuento de hadas se convierte en una exploración brillante de las formas extrañas que asume la identidad de cada uno». The Washington Post

«El estilo de Oyeyemi es bellísimo, profundo y original». The New York Times

I

Nadie me previno nunca contra los espejos. Durante muchos años me gustaron y creí que eran dignos de confianza. Me perdía en ellos colocando dos, uno frente a otro, de manera que cuando me plantaba en medio, mi reflejo se proyectaba infinitamente en ambas direcciones. Había muchos, muchísimos yoes. Cuando me ponía de puntillas, todas lo hacíamos, tratando de ver a la primera y a la última. El efecto producía vértigo, un enorme latido mecánico, como el funcionamiento de un autómata. Sentía el reflejo en mi hombro como algo físico. Como si fuera alguien muy íntimo, otra tontaina como yo demasiado solitaria para mostrarse selectiva con la compañía que se procura. Los espejos me enseñaban que yo era una chica con una trenza de un rubio casi blanco que caía sobre un hombro; cejas y pestañas del mismo color; ojos casi negros y serenos y uno de esos rostros que algunas personas califican de «duros» y otras, de «delicados». A menudo me ponía una bufanda alrededor de la cabeza y me pasaba la tarde fingiendo ser una monja de otro siglo; mi frente se mantenía lo suficientemente alta. Y mi tez es impredecible; puede pasar de una palidez extrema a estar colorada y vuelta a empezar, y todo ello sin mi permiso. Todavía hay días en que no logro determinar si me gusta o no mirar mi cara.

En la escuela me defendía bien. Me refiero a la manera en que los chicos se comportaban conmigo, ya que cualquier maldad por su parte provocaba que pasara la mayor parte del tiempo en las clases fingiendo absorber mucha menos información de la que absorbía en realidad. De vez en cuando un profesor se mostraba receloso con algún trabajo que le entregaba y me hacía quedar después de clase para interrogarme. «¿Te ha ayudado alguien?». Yo me limitaba a mover la cabeza y desplazaba la silla hacia un lado, para evitar el destello de la lámpara con la que el profesor casi siempre trataba de iluminar mis ojos. El que una chica como yo escriba un trabajo de sobresaliente hace que los profesores se vuelvan polis. Algún día preguntaré a mis compañeros masculinos lo que piensan al respecto. Cuatro de cada cinco de ellos o bien me ignoraban o bien eran asquerosamente amables, del modo en que los chicos guapos se comportan con las chicas poco atractivas que conocen. Pero sólo pasaba con cuatro de cada cinco. Por alguna razón el número cinco solía perder el equilibrio y me seguía a todas partes haciéndome las más extraordinarias súplicas y ofertas. Como si le hubiera picado algún bicho raro. Las chicas de clase recibían notas «anónimas» que decían cosas como: «Estoy colado por ti. Probablemente porque puedo ver y oír. Te veo (tus ojos, tu sonrisa) y cuando te ríes…, ¡oh!, me muero. Normalmente no soy tan sincero, así que no podrás adivinar quién soy. Pero te doy una pista… Estoy en el equipo de fútbol. Si te apetece correr el riesgo, ponte una cinta azul en el pelo mañana y te acompañaré a casa».
 

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