Ficha técnica

Título: Bloody Miami | Autor: Tom Wolfe | Traducción: Benito Gómez Ibáñez | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de narrativas  | Páginas: 624 | Precio: 24,90 euros | Ebook: 16,99 euros

Bloody Miami

ANAGRAMA

Edward T. Topping IV, blanco, anglo y sajón, miembro de una pequeña dinastía -es el cuarto de su familia que lleva este nombre y que ha estudiado en Yale-, va con Mack, su mujer -también Yale- a cenar a un restaurante. Y mientras se desocupa una plaza para aparcar su pequeño y ecológico coche -como toca a personas progresistas y cultivadas como ellos-, un esplendoroso Ferrari, conducido por una latina no menos esplendorosa y cargada de oro y oropeles, les birla el lugar. Y luego la conductora se burla descaradamente de Mack. Quizá porque, como afirma Wolfe, Miami es la única ciudad de América, y quizá del mundo, donde una población venida de otro país, de otra cultura, con otra lengua, se ha hecho dueña del territorio en sólo una generación, y lo demuestra en las urnas, y en el posterior ejercicio del poder. Y por eso Ed Topping ha sido enviado a Miami a reconvertir el Miami Herald en un periódico digital, sin edición en papel, y lanzar El Nuevo Herald para las masas latinas.

Y en esa Miami y en este diario viven y trabajan dos personajes fundamentales de esta inmensa, intensa, divertida novela: el joven John Smith, un periodista que persigue la gran exclusiva que hará que deje de ser novato y desconocido, y Nestor Camacho, policía, veintidós años, miembro de la segunda generación de cubano-americanos nacidos en Miami, que se expresa mucho mejor en inglés que en español, y será el protagonista de la exclusiva de John. Pero hay más, mucho más: está Magdalena, la muy guapa Magdalena, novia o algo parecido de Nestor, y su amante, un psiquiatra famosillo, especializado en el tratamiento de las adicciones sexuales y hábil trepador, que se aprovecha de uno de sus pacientes, un poderoso millonario que vive masturbándose con tal intensidad que tiene el pene casi deshecho, para circular entre la más selecta sociedad de Miami. Y hay mafiosos rusos, un alcalde latino y un jefe de policía negro. Y los fastos y las fiestas donde se congregan todos los que hacen que el mundo y Miami giren en la vida y en esta novela, tan torrencial como, a menudo, esperpéntica…

 

PRÓLOGO: AHORA ESTAMOS EEN MI-AH-MII

Tú…

Tú… 

Tú… diriges mi existencia….Tú eres mi media naranja… mi Mackie Navaja aquí, la agudeza consiste en que él quizá dirija uno de la media docena de periódicos más importantes de Estados Unidos, el Miami Herald, pero ella es quien lo dirige a él. Ella… lo dirige… a él. La semana pasada se le olvidó por completo llamar a Hotchkiss, el tutor del labio leporino retocado, al colegio donde estaba interno su hijo Fiver, y Mack, su media naranja, su Mack Navaja, se molestó con toda razón…, pero luego le cantó esa cancioncilla suya con la música de «You Light Up My Life». Tú… diriges mi existencia… Tú eres mi media naranja, mi Mack Navaja, y ella, muy a su pesar, sonrió, y la sonrisa le cambió el estado de ánimo, que era el de estoy harta de ti y de tus frívolas manías. ¿Podría dar resultado otra vez…, ahora? ¿Se atrevería a intentarlo de nuevo?

De momento Mack era la que estaba al mando, conduciendo su flamante y adorado Mitsubishi Green Elf, híbrido y absurdamente pequeño, un vehículo chic y refinado desde el punto de vista de la moral de esta época. Merodeando entre las compactas hileras de coches estacionados en doble fila, retrovisor contra retrovisor, por la parte trasera de Balzac’s, el local nocturno que este mes era el más importante del siglo, un poco más allá de Mary Brickell Village, buscaba en vano un sitio para aparcar. Ella iba al volante de su coche. Estaba molesta también ahora -sí, de nuevo con razón- porque esta vez, debido a sus frívolas manías, se les había hecho tarde para llegar a tiempo al Balzac’s, de manera que insistió en conducir su Green Elf hacia ese restaurante de última moda, tan en la onda. Si hubieran ido en su BMW, con él al volante, no habrían llegado en la vida, porque iba muy despacio y era un conductor prudente hasta la exasperación…, y él se preguntó si realmente no había querido decir tímido y poco viril. En cualquier caso, ella asumió el papel masculino, el Elf voló hacia el Balzac’s como alma que lleva el diablo, y aunque habían llegado bien, Mack no estaba contenta.

A diez metros sobre la entrada del restaurante había un enorme disco compacto, de metro y medio de diámetro y cincuenta centímetros de grosor, con un grabado del busto de Honoré de Balzac «inspirado» -como llaman hoy los artistas al robo artístico- en el famoso daguerrotipo de aquel fotógrafo de un solo nombre, Nadar. Se habían desviado los ojos de Balzac para que mirasen directamente a la cara de los clientes, dándole un respingo a las comisuras de los labios para crear una gran sonrisa, pero el «inspirado» era un escultor de talento, con lo que había instalado una luz interior que difundía un resplandor dorado por la enorme losa transparente, cosa que tenía encantado a tout le monde. La iluminación del aparcamiento, sin embargo, era deplorable. En lo alto de los postes, las farolas creaban un tenue crepúsculo eléctrico, dando a las hojas de las palmeras un color amarillento como el pus. «Un color amarillento como el pus»: ahí lo tenía. Ed se sentía mal, abatido, deprimido…, allí sentado con el cinturón puesto en el asiento del pasajero, que tenía que echar del todo hacia atrás para que le cupieran las largas piernas en aquel vehículo tan verdecito y chiquitín, el Green Elf, orgullo de la ecologista Mack. Se sentía como una rosquilla, como la rueda de repuesto de juguete que el Elf llevaba para una emergencia.

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