Ficha técnica

Título: Big Brother | Autor: Lionel Shriver | Traducción: Daniel Najmías | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de Narrativas | Páginas: 400 | Género: Novela | ISBN: 978-84-339-7895-0 | Precio: 19,90 euros | Ebook: 14,99 €

Big Brother

ANAGRAMA

Pandora Halfdanarson lleva lo que aparentemente es una prototípica vida de familia feliz americana. Vive en Iowa, en una casa unifamiliar, con su marido y dos hijastros adolescentes. El marido, que construye y vende muebles de alta gama, se ha obsesionado con la vida sana, quema calorías con la bicicleta y se ha convertido en un «nazi de la nutrición». Ella tiene su propio negocio de peculiares muñecos parlantes para adultos que causan furor y un pasado singular como hija de una vieja gloria de la televisión de nombre imposible: Travis Appaloosa.

Y es que la familia de Pandora no es precisamente prototípica, como demostrará la reaparición de su hermano Edison, pianista de jazz bohemio afincado en Nueva York, que viene a visitarla porque ya no tiene dónde vivir. Cuando lo reencuentra apenas lo reconoce, porque Edison ha engordado de un modo inaudito y se ha convertido en una mole obesa que come compulsivamente.

El aterrizaje del bohemio y asocial devorador compulsivo en la casa familiar de Pandora no tarda en generar conflictos, y el marido devoto de la bicicleta y la dieta equilibrada lanza un ultimátum bien claro: o él o yo. Y Pandora opta por su hermano, con el que se instala en un motel para ejercer de improvisada psicóloga y entrenadora personal con la intención de ayudarle a combatir una obesidad desbocada que amenaza no sólo su salud sino directamente su vida.

Inspirada en la experiencia autobiográfica de la autora, cuyo hermano mayor padeció una obesidad que le provocó un fatal ataque al corazón, esta novela es una sátira feroz de las «familias felices» y de una sociedad desquiciada, que se obsesiona con el culto al cuerpo y al mismo tiempo publicita y consume toneladas de comida basura. Pero es también una indagación en las complicadas relaciones entre hermanos, en el complejo de culpa y la necesidad de redención, en la lucha por salvar de la autodestrucción a las personas a las que queremos y a nosotros mismos.

«Big Brother ha sido descrito como una catarsis y una confesión, pero es también una sibilina y sorprendente obra de ficción… Una novela valiente y perturbadora» (Lisa Hilton, Times Literary Supplement).

«Shriver regresa al tema de la familia con una inteligente reflexión sobre la comida, la culpa y las deudas reales (o imaginarias) que tenemos con aquellos a los que amamos» (Publishers Weekly).

«Un magistral y apasionante estudio sobre las complejas relaciones que mantenemos con nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra familia» (Kirkus Reviews).

«No hay respuestas, dice Shriver. Lo único que podemos hacer es aprender a vivir con las preguntas. Y no puedo imaginar un modo más potente, apasionado, inteligente y afectuoso de plantear esas preguntas que como lo hace este libro» (Julie Myerson, The Observer).

«Su mejor novela hasta el momento… Preparaos para algunos episodios brutalmente viscerales. Pero ¿quién podía pensar que una novela sobre la dieta podía ser tan conmovedora y desbordante de suspense?» (Amanda Craig, The Independent).

I  Hacia arriba

1

     No tengo más remedio que preguntarme si alguno de los momentos verdaderamente interesantes de mis cuarenta y tantos años ha tenido que ver con la comida; me refiero a la salivación, la masticación y los movimientos peristálticos. No hablo de cenas ni de celebraciones, y tampoco de camaradería. Por extraño que parezca, sobre todo teniendo en cuenta que comer es algo que hago todos los días, no consigo recordar muchas comidas con detalle; en cambio, me resulta más fácil traer a la memoria mis películas preferidas, los amigos leales, las graduaciones. De ello se desprende que el cine, la afinidad y la educación son para mí más importantes que atiborrarme. Bien hecho, me dirán; pero, sinceramente, si tuviera que sumar todo el tiempo que he dedicado generosamente a planificar menús, comprar comestibles, prepararlos y cocinarlos, poner la mesa y fregar la cocina para almuerzos y cenas, la comida, de un modo u otro, supera con creces el cariño que le tengo a En un lugar del corazón, hasta convertir esa película en una banal nota al pie, y lo mismo puede decirse del cariño que siento por cualquier ser humano, incluso por aquellos a los que reconozco querer. He pasado más tiempo pensando en el almuerzo que en mi marido. Súmese a ello el tiempo que también he pasado lamentando mi debilidad por los merengues de limón, prometiendo saltarme desayuno de la mañana siguiente y abriendo la nevera/frenándome antes de despacharme las sobras de las natillas de calaba-za/cerrándola después con determinación, y parezco una persona que se ha interesado muy poco por algo aparte de la comida.

     Entonces, ¿por qué, si de todo lo anterior puede inferirse que para mí comer ha sido tan bochornosamente fundamental, no consigo recordar una secuencia eidética de comidas dignas de mención?

     Yo, como la mayoría, tengo recuerdos más vívidos de los pla-tos preferidos de mi infancia. Como a casi todos los niños, me gustaban las cosas sencillas: tostadas, bizcochos, galletas saladas. De adulta, el paladar se me ensanchó, no así el carácter. Soy arroz blanco. Siempre he existido para crear una carta más emocionante. De pequeña, yo era el complemento ideal. Ahora también.

     Dudo que esto sirva para paliar mucho mi turbación, pero tengo algunas modestas excusas por haber hecho demasiado hincapié en la cuestión mecánica de la alimentación. Durante once años llevé una empresa de cátering. Pensarán ustedes, en-tonces, que al menos podría recordar victorias personales en Breadbasket, Inc. Pues, no exactamente. Aparte de los profesores universitarios, que son más innovadores, los de Iowa somos conservadores a la hora de comer, y sin duda alguna soy capaz de evocar una monótona cadena de montaje de tartas de zanahoria, lasañas y pan de harina de maíz con nata agria. Sin embargo, los únicos platos que recuerdo en alto relieve son los que llamaré «desastres»: el pudin de agua de rosas espesado con harina de arroz que terminó pareciendo una cuba roñosa llena de un mejunje viscoso más apropiado para pegar papel pintado que para cualquier otra cosa. El resto, los rollitos de salmón con tal o cual cosa, las frituras de esto o lo otro con un toque de lo que fuese…, todo eso es una mancha borrosa en mi memoria.Paciencia. Estoy acercándome a algo. Y propongo: la comida es, por naturaleza, difícil de aprehender.

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