Ficha técnica

Título: Berlin Secreto | Autor: Franz Hessel | Traducción: Eva Scheuring | Editorial: Errata Naturae | Colección: El Pasaje de los Panoramas | Formato: 14× 21,5 | Páginas: 152 | ISBN: 978-84-15217-60-2 | Precio: 14,90 euros

Berlin secreto

ERRATA NATURAE

Una de las novelas más sutiles y elegantes de Franz Hessel, un autor aún demasiado secreto para muchos lectores pero, sin duda, imprescindible. Y pocos textos tan apropiados como éste para entrar en su mundo: veinticuatro horas en la vida bohemia de los años veinte.

Una mujer y dos hombres, un baile de  disfraces. Cabarets, salones y avenidas. El amor, la inflación  económica, la diversión despreocupada. En Berlín secreto,  Hessel construye una historia en la que todo está repleto de ironía,  melancolía y magia… y de un deseo: llevar una vida intensa y plena de  significado. Aunque los muchos amantes que aparecen en esta novela rara  vez pueden vivir su amor en soledad: nunca están a solas, sino más bien  rodeados siempre de amigos y conocidos, que, como eslabones de una bien construida cadena, constituyen una verdadera procesión de jóvenes  berlineses.

Las pequeñas escaleras, los pórticos sostenidos por columnas, los frisos de las villas del Tiergarten son también parte intrínseca de esta novela. Lo «secreto» de este Berlín no consiste en un murmullo ni en un simple flirteo: consiste únicamente en el carácter que trasmite esa ciudad; y luego, en una calle en concreto; y  en esa calle, una habitación que es ya, tras pertenecer primero a los  protagonistas, la habitación de los lectores.

I

 

Hasta la primavera de 1924 vivió en Berlín un joven cuya presencia agradaba a los hombres y mujeres de su círculo, sin que se interesaran realmente por su persona. Sólo cuando se marchó, algunos de ellos comenzaron a sentir una nostalgia difícil de explicar. Ahora cambian voz y cara cuando hablan de él, lo recuerdan a menudo y lo hacen protagonista de relaciones y destinos que apenas tuvieron que ver con él.

Resulta inolvidable la entrada de Wendelin en casa de Margot, poco antes de su marcha, con el uniforme de gala de su bisabuelo, el ayuda de cámara Von Domrau. Margot les había rogado que se disfrazaran. Sólo algunas mujeres le hicieron caso, y ningún hombre, exceptuando a Wendelin. Entre los paños oscuros y las sedas de colores, la estrecha casaca militar, de un rojo pardo desteñido que ya sólo se encuentra en los antiguos libros infantiles coloreados a mano, parecía de un tono más vivo que todo lo demás; las piernas, enfundadas en estrechos pantalones blancos, cuyas trabillas pasaban por debajo de los zapatos, no parecían tocar el suelo, sino que, cuando andaba o bailaba, era como si se sostuviesen sobre una capa de aire, y cuando estaba quieto parecían reposar sobre una tablilla, como un soldadito de plomo. El alto cuello con los galones aumentaba la tímida nobleza de su porte, separando la rubicunda cabeza de tez clara del resto del cuerpo como hubiera hecho el filo de una espada.
 

Bebió poco, pero ya tras la primera copa veía a las personas y los objetos en esa vaga lejanía que concede la embriaguez feliz; se sentía maravillosa y ecuánimemente entregado a todos aquellos que lo miraban, hablaban, tocaban, mientras él mismo hablaba poco, y en voz baja, y apenas devolvía los roces de los demás. La noche transcurrió así en una bella vaguedad y, en realidad, sólo al despertar a la mañana siguiente se dio cuenta de lo que le había ocurrido. Con melancolía, porque debía dejar un mundo al que había cogido cariño, volvió a sumergirse en las suaves olas del sueño y en la profundidad de lo soñado; al principio no de lo soñado en imágenes, sino sólo de lo que se sueña con el oído y el olfato, con la piel y la sangre. Sintió la suavidad de extrañas almohadas, el perfume del polvo, y, en el interior de la mano, la frescura húmeda de la copa de vino; percibió el olor a heno en el pelo de Margot y el aroma de pino en Karola. Más tarde comenzó a soñar con imágenes, y, por encima de los hombros apartados y las miradas observadoras de los amigos, vio a la desconocida que había venido con Sebald, vio su alto yelmo blanco de plumas sobre el ovalado rostro, con los pómulos de un joven héroe. ¿Se había fijado en algún momento en él? ¿Le había hablado? No lo sabía. ¿Cómo era su voz?

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