Ficha técnica

Título: Barba empapada de sangre | Autor: Daniel Galera | Traducción: Mercedes Vaquero Granados | Editorial: Literatura Random House | Formato: Tapa blanda con solapa | Páginas: 416 | Medidas: 137 X 230 mm | ISBN: 9788439728252 | Precio: 22,90 euros  | EBook: 11,99 euros

 

Barba empapada de sangre

LITERATURA RANDOM HOUSE

Tras la muerte de su padre, nuestro protagonista decide evadirse y buscar refugio una tierra en la que antiguamente también vivió su familia. Aunque lo que busca es la tranquilidad, acaba por verse envuelto en la investigación de otra muerte, pero esta vez, la de su abuelo.

Un profesor de gimnasia busca refugio en Garopaba, una pequeña localidad de Santa Catarina, después de la muerte de su padre. El protagonista (cuyo nombre desconocemos) huye de la turbulenta relación con otros miembros de la familia y se sumerge en un aislamiento total. Al mismo tiempo, se embarca en una búsqueda de la verdad en el caso de la muerte de su abuelo, Gaudério, asesinado décadas antes en la misma localidad de Garopaba, que ahora es sólo un pueblo de pescadores. 

Siempre acompañado por Beta, la perra de su difunto padre, el profesor profundiza en la investigación de la misteriosa muerte Gaudério, explorando los silencios y lo poco que los viejos habitantes le revelan de mala gana. Portador de una enfermedad neurológica congénita que le obliga a interactuar de una manera bastante peculiar, el profesor establece relaciones con algunos lugareños: una camarera y su hijo, unos estudiantes de natación, una budista histriónica, el secretario de una agencia de turismo…

Aunque dispares o aparentemente inservibles, nuestro protagonista va reuniendo poco a poco las piezas que le permitan entender mejor la historia. Barba empapada de sangre trata cuestiones como la construcción de la identidad, las dificultades que se nos presentan para entender y reconocer al otro, la búsqueda de la unidad entre la mente el cuerpo y el bienestar emocional mediante el contacto con la naturaleza. 

Ganadora del prestigioso Premio São Paulo de Literatura, Barba empapada de sangre recrea una historia cargada de tensión, con la fuerza del océano y el sofocante ambiente del sur de Brasil como trasfondo. La prosa magistral de Daniel Galera lo confirma como una de las jóvenes voces brasileñas con más proyección en el panorama literario internacional.
 

Fragmento del libro:

Cuando mi tío murió yo tenía diecisiete años y lo conocía solo a través de fotografías antiguas. Por algún motivo insondable, mis padres decían que la iniciativa de la visita debía partir de él y se negaban a llevarme al litoral catarinense con ese propósito. Tenía curiosidad por saber quién era él y llegué a pasar muy cerca de Garopaba, donde vivía, pero al final siempre lo fui dejando para más adelante. Durante la adolescencia, el resto de la vida parece una eternidad y suponemos que sobrará tiempo para todo. Su muerte tardó en llegar a oídos de mi padre, que estaba de retiro en una cabaña en la sierra paulista intentando concluir una nueva novela. Mi tío murió ahogado al tratar de rescatar a una bañista que un día de resaca aterradora, con olas de tres metros que rompían en la costa, se había caído de las piedras en la playa de Ferrugem. La bañista se agarró a una boya y otros socorristas la auxiliaron enseguida. Nunca encontraron el cadáver de mi tío. En Garopaba se celebró un entierro simbólico al que asistimos. Mi madre me mostró el lugar donde se encontraba el primer apartamento en el que él había vivido, hoy demolido. En las fotos de aquella época se ve el pequeño edificio beis de dos pisos con terraza, situado justo frente al mar, sobre las piedras. Aún no había edificios altos al borde de la playa y uno todavía podía bañarse en el mar. La población del centro histórico, que a día de hoy sigue declarado patrimonio de Brasil, aún vivía en parte de la pesca artesanal, que desapareció para dar cabida a los paseos turísticos. Conocimos a su viuda, una mujer de piel muy blanca cubierta de tatuajes descoloridos, y a sus dos hijos pequeños, niño y niña, ambos con los ojos azules de la madre. Mis primos. Al entierro acudió poca gente. Mi madre tuvo una crisis de llanto incomprensible y después pasó cerca de media hora mirando al mar y hablando sola, o conversando con alguien. Había otras personas mirando el mar, como si esperasen algo, y tuve la extraña impresión de que todas estaban pensando en mi tío, aunque lo describieran como una persona encerrada en sí misma y poco conocida, un remanente de otra época. Se me ocurrió grabar declaraciones sobre él, y mis padres me permitieron pasar unos días a solas en la ciudad. Nadie conocía íntimamente a mi tío, pero todos parecían tener algo que decir sobre él. A comienzos de la década pasada, abrió un pequeño local donde daba clases de pilates y estiramientos. Casi todos lo recuerdan como entrenador de triatlón y, al parecer, preparó a media docena de campeones estatales y nacionales. Durante la temporada de verano abandonaba las actividades a las que se dedicaba el resto del año para trabajar de socorrista. Al atardecer, tras una jornada de doce horas rescatando a gente, atendiendo casos de insolación y picaduras de medusa, y caminando bajo el sol brutal de una región del sur desprovista de capa de ozono, lo veían nadar solo, al fondo, ajeno a mares inquietos, fuertes lluvias y anocheceres precipitados. Era un hombre solitario, pero en algún momento se casó con esa mujer que nadie sabía de dónde había salido y construyó una casita en la ladera de uno de los montes de la llamada Volta do Ambrósio. Todos los que recuerdan a mi tío de los viejos tiempos mencionan un perro cojo que sabía nadar como un delfín y se adentraba con él en el mar. Y lo que podemos llamar hechos terminan ahí. El resto de los testimonios está compuesto de una superposición caleidoscópica de rumores, leyendas y narraciones pintorescas. Decían que era capaz de aguantar diez minutos bajo el agua sin respirar. Que el perro que lo seguía a todas partes era inmortal. Que se había enzarzado, desarmado, en una pelea con diez nativos al mismo tiempo y había vencido. Que nadaba por las noches de playa en playa y lo veían salir del mar en lugares apartados. Que había matado a gente y que por eso era discreto y retraído. Que ofrecía ayuda a cualquier persona que fuera en su busca. Que habitaba aquellas playas desde siempre y que las habitaría para siempre. Más de una o dos personas dijeron que no creían que estuviera realmente muerto.

 PRIMERA PARTE

1

Ve una nariz ancha y grande, reluciente y agujereada como la piel de una mandarina. Boca extrañamente joven entre mentón y mejillas, llenos de finas arrugas, piel un poco f lácida. Barba afeitada. Orejas enormes con lóbulos aún más grandes, que parecen estirados por el propio peso. Iris color café aguado en medio de ojos lascivos y relajados. Tres surcos profundos en la frente, horizontales, perfectamente paralelos y equidistantes. Dientes amarillentos. Pelo rubio abundante rompiendo en una sola onda por encima de la cabeza y cayendo hacia atrás, hasta la base de la nuca. Sus ojos recorren todos los cuadrantes de esa cara en el intervalo de una respiración y puede jurar que no ha visto a esa persona en toda su vida, pero sabe que es su padre porque no vive nadie más en esa finca de Viamão y porque a la derecha del hombre sentado en el sillón está tumbada, con la cabeza erguida, la perra azulada que lo acompaña desde hace muchos años.

 ¿Qué cara es esa?

 Su padre solo esboza una sonrisa, el chiste es viejo, da la respuesta habitual.

 La misma de siempre.

Ahora se fija en su ropa, un pantalón de sastre color gris oscuro y una camisa azul de manga larga remangada hasta los codos, empapada en sudor por debajo de los brazos y por encima de la barriga redonda, en las sandalias que parecen haber sido escogidas a la fuerza, como si solo el calor le hubiera impedido calzar zapatos de cuero, y también en la botella de coñac francés y en el revólver que descansan sobre una mesita al lado del sillón reclinable.

Siéntate ahí, dice su padre, señalando con la cabeza el sofá de piel sintética blanco de dos plazas.

Acaba de comenzar febrero e, independientemente de lo que digan los termómetros, la sensación térmica en Porto Alegre y alrededores es de más de cuarenta grados. Al llegar, vio que los dos lapachos que montan guardia frente a la casa estaban cargados de hojas y padecían en el aire inmóvil. La última vez que estuvo allí aún era primavera, sus copas floridas color violeta y amarillo temblaban con el viento frío. Todavía dentro del coche pasó por el parral sembrado a la izquierda de la casa y divisó numerosos racimos de uvas pequeñas. Uno podía imaginarlas rezumando azúcar tras meses de sequía y calor. La finca no había cambiado nada en esos pocos meses, nunca cambiaba, un rectángulo plano cubierto de capín al borde de la carretera de tierra con el pequeño campo de fútbol jamás utilizado entregado a la dejadez habitual, los ladridos irritantes de otro perro en la calle, la puerta de la casa abierta.

¿Dónde está la camioneta?

La vendí.

¿Por qué tienes un revólver en la mesita?

Es una pistola.

¿Por qué tienes una pistola en la mesita?

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