Ficha técnica

Título: Áyax |Autor: Yannis Ritsos | Editorial: Acantilado |   Traducción de: Selma Ancira  | Colección: El Acantilado, 180 |  Páginas: 56 | Género: Poesía | Precio: 10 € | ISBN: 978-84-96834-88-0

Áyax

ACANTILADO

Ritsos, una de las más grandes voces de la lírica europea, extrajo del caudal trágico griego una serie de monólogos de excepcional sutileza en los que cada palabra, surgida de un fondo lejanísimo, se traslada a nuestro tiempo con mágica ductilidad. Con el que hoy presentamos, dedicado a Áyax, continuamos la publicación de estos soliloquios dramáticos en versión de Selma Ancira. 

Páginas del principio del libro:

(Un hombre corpulento, fornido, yace en el suelo entre platos rotos, cacerolas, animales degollados, gatos, perros, gallinas, corderos, cabras, un carnero blanco-de pie, atado a un poste-, un burro, dos caballos. Viste un largo camisón blanco, roto, lleno de manchas de sangre, algo como una túnica antigua, que deja casi al descubierto su robusto cuerpo. Parece cansado, como si acabara de salir de una borrachera de toda la noche. Su rostro tiene una expresión de impotencia y de tristeza, en desacuerdo, en total discordancia con las dimensiones de su tronco, con la tensión de los músculos de sus brazos, con sus muslos, con sus espinillas. Una mujer pálida, de rasgos extranjeros, que ha pasado la noche en vela, asustada, quizá secretamente enfurecida, se halla de pie frente a la puerta, en silencio. Su posición es algo extraña: como si ocultara, detrás de ella, a un niño pequeño. Hace ya tiempo que ha amanecido. Fuera la luz ha de ser intensa. Dentro, un reflejo enfermizo sale de las persianas cerradas y se arrastra por las paredes. En la calle se oyen los gritos de los fruteros, los afiladores, los pescaderos, y un poco más abajo, a la orilla del mar, las voces de los marineros que lavan y acicalan sus embarcaciones ancladas en el muelle. El hombre yace inmóvil en el suelo. No se sabe adónde mira, qué ve. Habla con lentitud, con fatiga y, de cuando en cuando, con vehemencia, o bien como con miedo):

¿Qué ves, mujer? Cierra las puertas, cierra las ventanas, pon la tranca en la valla,

tapona las rendijas, entran malos bichos, lagartijas,

entran grandes moscas, risas disimuladas. Mira, ahí, en la pared,

una mosca negra, negra, muy negra, crece, ennegrece el día,

bufa un aire negro, -cúbrela con la mano, mátala,

no puedo verla. ¿Por qué sigues ahí petrificada? Y bien, mírame-

 

Soy yo, el fuerte, el indómito, -cuánto me habéis elogiado,

cómo me habéis abrumado, asfixiado, sofocado-uno a uno y todos juntos colgados

de mi cuello; -me habéis asfixiado. Aquí tenéis vuestra obra. Disfrutadla.

No hay quien me perdone que por momentos también yo esté cansado; no hay quien

me perdone que esté también yo enfermo. Me espetáis

vuestras más nimias congojas crecidas, aumentadas, a la espalda-

sólo quejas y llantos: a una esclava la sedujo un marinero,

otra se pone una blusa de seda, la otra se pinta grandes los ojos,

otra barniza cicláminas sus uñas, otra más, la más pequeña,

recogió sus cabellos en un moño y dejó el jabón olvidado en una tina;

las lechugas se marchitaron; escaseó el carbón; apiláis

vuestras penas a la hora de la cena, a esa hora plácida

en la que cesan las contiendas y los pleitos, y cada uno busca

una gota de olvido cediendo a las necesidades de su cuerpo

entre los platos y los vasos que, mansos, lanzan destellos a la luz de los candiles-

y vosotros no paráis de gesticular, de jadear, de agitar los brazos

abriendo una boca descomunal y tragándoos el aire, los astros

y hasta una pícara estrella, pequeñita, como un garbanzo de plata,

y yo pienso

se atragantará, se le atorará, estornudará, se asfixiará, enmudecerá.

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