Ficha técnica

Título: Ave del paraíso | Autor: Joyce Carol Oates |  Traducción: José Luis López Muñoz |  Editorial: Alfaguara | Colección: Literaturas | Género: Novela | ISBN: 9788420474571 | Páginas: 528 | PVP: 24,50 € | Publicación: 26 de Agosto 2010

Ave del paraíso

ALFAGUARA

Cuando Zoe Kruller, una joven esposa y madre, aparece brutalmente asesinada, la policía se centra en dos principales sospechosos, su marido, Delray, y su amante, Eddy Diehl. Mientras tanto, el hijo de los Kruller, Aaron, y la hija de Eddy, Krista, adquieren una mutua obsesión, y cada uno cree que el padre del otro es culpable.

Situada en la mítica y pequeña ciudad de Sparta, Ave del paraíso es una vívida combinación de romance erótico y violencia trágica en la Norteamérica de finales del siglo xx. Joyce Carol Oates regresa al terreno emocional y geográfico de su gran éxito, La hija del sepulturero, con esta novela deslumbrante en la que el intenso amor sexual está entrelazado con la angustia de la pérdida y es difícil diferenciar la ternura de la crueldad.

«La imaginación de Oates resulta incontenible. Las páginas rebosan de pensamientos y descripciones, tanto que te deja los dedos impregnados cuando sueltas Ave del paraíso… Krista y Aaron no son voces que se olviden fácilmente.» California Literary Review

«Ave del paraíso se inicia con el apremio de un thriller y luego deviene, conforme pasan los años y las páginas, en algo más existencial… Una tragedia de dimensiones clásicas.» New York Times Book Review

«Los fans de Oates se deleitarán con esta propuesta, y los recién llegados a su obra tendrán a su alcance una introducción de primera categoría.» BookPage

«Esta novela de Oates es única… La Oates de antaño: violencia trágica, ambiciones desmesuradas, esperanzas hechas añicos, tensos lazos familiares, hombres muy masculinos que enervan a mujeres atrevidas aunque sumisas, y, por supuesto, adolescentes con las hormonas por las nubes.» Elle

«Oates despliega la intuición gótica fundamental -que bella y bestia son complementarias- de un modo que Charlotte Brontë habría aprobado encantada.» Publishers Weekly

«Lírica, moral, implacable.» Washington Post Book World

«Un narcótico, inquietante y magistral relato acerca de la lucha por el control de las urgencias más primitivas del cuerpo y la búsqueda de la moralidad en un mundo catastróficamente corrupto. Oates mantiene su puesto como nuestro más grande e incansable bardo del caos erótico, la negligencia malévola, la ira delirante, la violencia apasionada y las feroces estrategias de supervivencia.» Booklist

«Joyce Carol Oates regresa a sus raíces en esta novela que es con seguridad su obra maestra.» Buffalo News

 

Primera parte  

1

      ¡Lo que mi corazón ansiaba! De esto hace ya mucho tiempo.

      -No puedo entrar contigo, Krista. Pero te prometo que no me marcharé hasta que estés sana y salva dentro de casa.

      Aquel atardecer de noviembre íbamos en coche siguiendo el curso del Black River, al sur de Herkimer County, en el Estado de Nueva York, al oeste y un poquito al sur de la ciudad de Sparta, en una época ya muy lejana, envueltos en niebla y con un olor a humedad ligeramente metálico: el río, la lluvia.

      Hay entre nosotras, las hijas -hijas para siempre, a cualquier edad-, algunas que en lugar de encontrar desagradables los olores -con toda probabilidad gemelos, enlazados- del humo de tabaco y de los licores, los consideran atractivos en extremo, incluso seductores.

      Seguíamos, en coche, el curso del río para que papá me devolviera a casa. Aquel varón era Edward Diehl -anteriormente «Eddy Diehl», un nombre que alcanzó cierta notoriedad en Sparta por aquellos años-, el «Eddy Diehl» que seguiría siendo mi padre hasta la noche en que su cuerpo quedó acribillado por dieciocho proyectiles que disparó, en un espacio de diez segundos, un improvisado pelotón de ejecución formado por policías locales.

      La voz ronca de papá, siempre un tanto burlona. Y ya se sabe que si eres hija te gusta que te tome el pelo, porque eso es una prueba de amor.

      -Di sólo que nos hemos retrasado, Gatita. No hace falta que des más explicaciones.

      Me reí. Dijera lo que dijese mi padre, lo más probable era que me echase a reír y respondiera Claro.

      Siempre había que contestar deprisa a un comentario suyo, aunque no se tratara de una pregunta. Si no lo hacías, te miraba fijamente, sin fruncir el ceño pero también sin sonreír. Un suave golpecito en las costillas: ¿Eh? ¿De acuerdo?

      Por supuesto Eddy me llevaba a casa un poco tarde, despreocupadamente tarde. De manera que no había confusión posible en cuanto a que era él quien me había traído a casa y no el autobús escolar.

      Despreocupado, así era papá, aunque nunca de manera intencionada.

      En aquel atardecer de noviembre me traía a casa no mucho antes de que lo ejecutara un pelotón de fusilamiento; a una casa de la que mi madre lo había expulsado, dándose además el caso de que las circunstancias de su expulsión habían sido humillantes para él. Se trataba de una casa de madera de dos pisos, pintada de blanco, que no tenía nada de especial pero por la que mi padre sentía mucho cariño o lo había sentido al menos años atrás: una casa que construyó en parte con sus manos; una casa cuya techumbre y pintura había supervisado; una casa como otras en la carretera del río, cuya pintura empezaba a desconcharse por el lado norte, más expuesto a los rigores del clima, y con contraventanas y molduras necesitadas de un buen repaso; una casa de la que varios años antes Edward Diehl había sido expulsado por una orden del Juzgado de lo Penal de Herkimer County, Departamento de Asuntos Familiares. (Ni mi hermano ni yo habíamos visto aquel documento, aunque sabíamos que existía, escondido en algún lugar en el archivo legal de nuestra madre.)

      Mi madre guardaba fuera de nuestro alcance documentos como aquél por miedo -un miedo injustificado, pero típicamente suyo- de que uno de nosotros, imagino que yo, se pudiera apoderar de la orden judicial y hacerla pedazos.

      Yo no era una hija así. Creo que no lo era. Sólo me aferraba a aquella promesa suya despreocupada: No me marcharé hasta que estés sana y salva dentro de casa, Gatita.

      De qué peligros podría librarme gracias a aquella precaución suya, papá no lo concretó nunca. 

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