Ficha técnica

Título: Autores, libros, aventuras. Observaciones y recuerdos de un editor, seguidos de la correspondencia del autor con Franz Kafka | Autor : Kurt Wolff | Traducción: Isabel García Adánez | Editorial: Acantilado | Colección: El Acantilado, 201 | Género: Memorias | ISBN: 978-84-92649-36-5 | Páginas: 208 | Formato:  13 x 21 cm. | Encuadernación: Rústica cosida  |  PVP: 20,00 € | Publicación: 15 de Mayo 2010

Autores, libros, aventuras

ACANTILADO EDITORIAL

«Uno edita o bien los libros que considera que la gente debería leer, o bien los libros que piensa que la gente quiere leer. Los editores de la segunda categoría, es decir, los editores que obedecen ciegamente al gusto del público, no cuentan, ¿verdad que no?», afirma Kurt Wolff. Y es que él pertenece a esa raza de editores que, más que publicar lo que el público demanda, se empeña en dar a conocer nuevos autores de alta trascendencia. Durante la Gran Guerra inició su colección Der Jüngste Tag (El día del Juicio), en la que dio a conocer autores de la talla de Franz Kafka, Heinrich Mann, Georg Trakl, Franz Werfel, Karl Kraus y Robert Walser. En este su libro de memorias aborda el oficio de editor y sus dificultades, con los retos y desafíos que le salen constantemente al encuentro. Una lección de oficio y entusiasmo que se complementa en esta edición con la correspondencia que mantuvo con Franz Kafka desde sus inicios como escritor.

«Un documento imprescindible para comprender uno de los períodos más prósperos, cultos y generosos de la edición europea.» Jordi Llovet, El País

 

DE LA LABOR DEL EDITOR
EN GENERAL Y DE LA CUESTIÓN:
¿QUÉ UNE A AUTORES Y EDITORES? 

Llevo cincuenta y cinco años oyendo la pregunta: «¿Dónde aprendió usted su oficio?». La respuesta es siempre la misma: en ninguna parte.

   Se me antoja un atractivo especial de nuestra profesión el que no pueda aprenderse. Me contestan: «¿No sería útil haber trabajado en una imprenta y taller de encuadernación?». ¿Por qué? Yo no pretendo ni componer ni imprimir ni encuadernar libros. O me dicen que al menos sería deseable haber trabajado una temporada, aunque fuera corta, en una librería. ¿Por qué? Desde los doce años he pasado horas y horas, casi a diario, en librerías, tanto en mi país como cuando estaba de viaje. Me es indiferente estar a un lado o al otro del mostrador, ser comprador o vendedor. Quien siente pasión por los libros y por la profesión de editor se siente como en casa en las librerías. Tampoco creo en la importancia de un título de doctor. Resulta deseable haber leído mucha literatura universal, como es de suponer, y también conocer tres o cuatro lenguas vivas para poder leer uno mismo la literatura extranjera, sin depender de los informes de terceros. Con todo, estos supuestos requisitos tampoco van mucho más allá de lo que suele llamarse «cultura general». Y con eso no se llega demasiado lejos en nuestra profesión.

   Yo salí un buen día del Seminario de Germanística de la Universidad de Leipzig y entré, por expresa invitación, en la oficina de Ernst Rowohlt-de mi misma edad y misma fascinación por los libros-, un piso de dos habitaciones en la Königstrasse, 10, de Leipzig, el edificio de la imprenta Drugulin. Y no llevaba conmigo más que lo único fundamental que no se puede aprender pero que es obligado aportar y, además, en abundancia: entusiasmo. Claro está que el entusiasmo tiene que ir unido al buen gusto. Todo lo demás es secundario y se aprende enseguida con la práctica.

   Para empezar, eso sí, hay que tener claro en qué línea editorial se desea trabajar. Pero, en el fondo, también eso viene determinado en principio por el gusto y el entusiasmo de cada cual. Por buen gusto no sólo entiendo la capacidad de juzgar y de detectar la calidad de una obra literaria. El buen gusto debería comprender también un sentimiento de seguridad con respecto a la forma-formato, composición, tipo de letra, encuadernación, camisa-en la que debe presentarse un libro. El gusto literario, por otra parte, tiene que estar unido al instinto para saber si un libro tendrá acogida entre una minoría de lectores o si su tema y su forma resultan adecuados para un círculo amplio. Eso determina de manera decisiva las cifras de la tirada y la publicidad del libro, y hay que tener cuidado con no dejarse llevar por el entusiasmo personal y crearse expectativas demasiado optimistas.

   Cuando, en aquel entonces, llegué a la oficina de dos habitaciones de Rowohlt-la tercera habitación del piso era su vivienda-, mi entusiasmo no tenía límites; el buen gusto en cuestiones tipográficas, por otro lado, se limitaba a saber si el tipo de letra, la portada, la encuadernación, etcétera, eran bonitas u horrorosas. Hubo de pasar bastante tiempo hasta que fui capaz de decirle al cajista: «dale dos puntos más a los caracteres, pon los títulos en cursiva» y cosas por el estilo. Ahí me aventajaba muchísimo Ernst Rowohlt. Había trabajado en Drugulin y había aprendido mucho. En cuestiones de gusto literario nos entendíamos a la perfección: sus dioses de entonces se llamaban Scheerbart y dey, y no le fue difícil contagiarme su devoción por ambos. Hemos de decir sin falsa modestia que también compartíamos por igual el amor y la veneración hacia el dramaturgo Eulenberg. Y el premio Schiller que recibió por su Belinda pareció darnos la razón.

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