Ficha técnica

Título: Atlas de islas remotas | Autora: Judith Schalansky |  Traducción: Isabel G. Gamero | Editorial: Nórdica Libros y Capitán Swing | ISBN: 978-84-94169-07-6 | Páginas: 160 | Formato:  17 x 24 cm.| Encuadernación: Cartoné | Precio: 23,95 € |

Atlas de islas remotas

NÓRDICA LIBROS

CAPITAN SWING

Visualmente deslumbrante y con un diseño único, este libro recopila cincuenta islas alejadas en todos los sentidos de tierra firme, de la gente, los aeropuertos y los folletos turísticos. Su autora utilizó acontecimientos históricos e informes científicos como punto de partida para cada isla que proporcionan información sobre qué distancia la separa del continente, si está habitada, sus características y las historias que han configurado su acervo local. Con sus impresionantes mapas a todo color y su aire de misteriosa aventura, Atlas de islas remotas es perfecto para el viajero romántico que hay en todos nosotros.

««El paraíso es una isla. Y el infierno también. O al menos eso dice Judith Schalansky en la introducción a su encantador, espeluznante y espléndido Atlas de islas remotas» The New Yorker 

 

PREFACIO

LA MAYORÍA DE LOS NIÑOS apasionados por los atlas nunca ha viajado al extranjero durante su infancia, o al menos ese fue mi caso. Crecí entre las páginas de un atlas y en mi clase había una chica en cuyo pasaporte constaba que había nacido en Helsinki. Esto era inconcebible para mí: H-e-l-s-i-n-k-i. Estas ocho letras significaban para mí la llave hacia un nuevo mundo desconocido. Incluso hoy en día me asombran y extrañan los alemanes nacidos en Nairobi o Los Ángeles, por poner un ejemplo, y no puedo dejar de preguntarles por sus vidas y pedirles que me cuenten sus historias más extrañas, me interesan tanto como si provinieran de la Atlántida, Thule o El Dorado. Sé, por supuesto, que Nairobi y Los Ángeles existen, que son auténticas ciudades que aparecen en los mapas; pero el hecho de que alguien haya estado en esos lugares o incluso haya nacido allí me sigue resultando emocionante.

     Probablemente me atraían tanto los atlas porque con sus líneas, colores y nombres reemplazaban los lugares reales que no podía visitar; pero seguí sintiendo esta atracción incluso cuando todo empezaba a cambiar: las fronteras físicas y emocionales de mi país natal desaparecieron de los mapas y podíamos viajar libremente por el mundo.

     Antes del cambio ya me había acostumbrado a viajar con el dedo índice sobre un altas, susurrando nombres de países extranjeros, en la conquista de tierras lejanas desde la sala de estar de mis padres. Mi primer atlas se llamaba El Atlas para todo el mundo y, como todos los demás, estaba comprometido con una clara ideología. Mostraba su propia imagen del mundo, con una evidencia incuestionable y a doble página, con el tamaño suficiente para que cada una de las repúblicas alemanas ocupara una página diferente. Entre ellas no había ningún muro, ningún telón de acero, sino solo un pliegue blanco, brillante y cegador que enmarcaba cada página y resultaba totalmente irrebasable.

     En los mapas escolares de la Alemania del Este se señalaba el carácter provisional de la República Democrática Alemana con una línea discontinua, que enmarcaba un territorio designado con las misteriosas siglas SBZ [Sowjetische Besatzungszone, territorio ocupado por los soviéticos]. Aunque solo me di cuenta de esta diferencia más adelante, cuando tuve que memorizar el nombre de ríos y montañas de mi país natal, que aparecían representados con el doble de su tamaño acostumbrado.

     Desde ese momento desconfío de los mapas políticos, donde cada país queda recortado como una silueta de color sobre el mar azul. Estos mapas enseguida se vuelven obsoletos y no dan muchos más datos, aparte de quién gobierna cada mancha de color. 

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