Ficha técnica

Título: Así empieza lo malo | Autor: Javier Marías | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica | Género: Novela | ISBN: 9788420416274 | Páginas: 408 | Formato: 15 x 24  |Encuadernación: Rústica | PVP: 21,50 euros | Ebook: 9,99 €

Así empieza lo malo

ALFAGUARA

Este es el arranque de Así empieza lo malo, «una historia tenue de la vida íntima, de las que no suelen contarse o sólo en susurros», evocada por quien en su juventud fue testigo y partícipe, Juan de Vere, mientras estuvo al servicio de un antaño exitoso director de cine. Ese trabajo le permitió asistir al extraño, desequilibrado presente del matrimonio, así como asomarse a sus misteriosos agravios pretéritos.

En el Madrid excitado de 1980, Muriel encarga al joven De Vere que investigue y sonsaque a un amigo suyo de media vida, el Doctor Jorge Van Vechten, de cuyo indecente comportamiento en el pasado le han llegado rumores. Pero Juan no se limitará a eso y tomará dudosas iniciativas, porque, como él mismo reconoce desde su edad madura, «los jóvenes tienen el alma y la conciencia aplazadas».

Así descubrirá que no hay justicia desinteresada, sino que está siempre contaminada por el rencor personal, y que todo perdón o castigo son arbitrarios, los individuales y los colectivos. Con su prosa inteligente y profunda, Javier Marías nos da también una novela sobre el deseo, que a menudo se impone a todo escrúpulo, lealtad o respeto, y sobre nuestra imperfecta contemplación de los hechos, siempre tuerta: a veces por fuerza, a veces por entera decisión nuestra.

«Javier Marías es un escritor maravilloso.» John Banville

«Javier Marías es uno de los más grandes escritores vivos.» Claudio Magris

«Independientemente de nuestras expectativas, al leer elegimos pasar tiempo en compañía de un autor. En el caso de Javier Marías, se trata de una buena decisión: su mente es profunda, aguda, a veces turbadora, a veces hilarante, y siempre inteligente.» Edward St Aubyn, The New York Times Book Review

«Un escritor profundamente necesario, un caballero andante, divertido, punzante, lleno de ira y amor.» The Guardian

«De una inteligencia deslumbrante y cautivadora, parece que no haya nada que Marías no pueda conseguir con la ficción. No es extraño que se lo mencione continuamente como potencial Premio Nobel.» Kirkus Reviews

«Hechizante… evoca a creadores de acertijos como Borges, y las tramas de Marías, ingeniosas como jugadas de ajedrez, traen a la mente al gran maestro estratega del siglo xx, Vladimir Nabokov.» Los Angeles Times

«Es uno de esos raros y preciosos seres, un simple novelista que ama las historias e intrigado por el mal.» Colm Tóibín, New York Review of Books

«Javier Marías es, en mi opinión, uno de los mejores escritores europeos contemporáneos.»  J. M. Coetzee

«Estoy gratamente impresionado por la calidad de la escritura de Marías… por su empeño y precisión.»  W. G. Sebald

«Los libros de Javier Marías me han producido un gran impacto.»  Graham Swift

PÁGINAS DEL LIBRO

          Y así aquella noche Beatriz Noguera no se me apareció pretérita ni inanimada, ni como representación siquiera, pese a que sus paseos y su espera y sus dudas tuvieran ante mis ojos ocultos algo de escenificación, era como asistir a un pequeño espectáculo de voluptuosidad al acecho (aquel camisón que dejaba ver tanto) o a un anhelante monólogo sin palabras. Hasta que las hubo. Beatriz, después de consumir dos cigarrillos, se resolvió por fin a tocar tímidamente en la puerta de su marido con un solo nudillo, el del dedo corazón. Fue un toque muy quedo, como el de una niña que acude demasiadas veces a la habitación de sus padres por miedo, y teme no ser bienvenida, por asustadiza y reiterativa y pesada, o incluso recibir una reprimenda.

          -Eduardo. -Fue casi un hilo de voz. No hubo respuesta, y se me ocurrió que Beatriz había escogido mala noche para su tentativa; Muriel estaría cansado del mucho trabajo, quizá ya dormido, y si no con la cabeza absorta en aquel guión apremiante en el que no confiaba-. Eduardo -repitió en voz algo más alta, y se inclinó un poco, como para comprobar que había luz en la alcoba, por la rendija bajo la puerta. (Al inclinarse -fueron sólo cinco segundos, los conté para mejor aprehenderlos: uno, dos, tres, cuatro; y cinco- sus nalgas se me hicieron aún más evidentes, y ya eran apreciables cuando andaba por la casa vestida y erguida: redondeadas o con amplia curva, altas y firmes -o ‘prietas’, por utilizar una palabra de la que se ha abusado para la carne que tienta-, en contra de lo que Muriel opinaba o manifestaba para disminuirla y vejarla, le había oído llamarla ‘gorda’ y algún otro término más ofensivo; y también, al inclinarse, se le subió un centímetro más la prenda ya corta, y se me ofreció mayor visión de la parte posterior de sus muslos robustos -quiero decir sin tela encima-, aunque no tanta como para que asomara asimismo el inicio de aquellas nalgas, para eso tendría que haberse inclinado más, agachado como para recoger algo del suelo.)

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