Ficha técnica

Título: Aprendiz de Homero | Autor: Nélida Piñon | Editorial: Alfaguara | Colección: Literaturas | Páginas: 312 |  Fecha de publicación: 24 de Septiembre 2008 | Género: Miscelánea Literaria  | Precio: 19.50 € | ISBN: 978-84-204-7428-1 | EAN: 9788420474281 | Traductora: Montserrat Mira

Aprendiz de Homero

EDITORIAL ALFAGUARA

Nélida Piñon ofrece una clase de literatura en Aprendiz de Homero, y brinda a los lectores una pasión y una devoción por la escritura capaz de traspasar las páginas del libro.

En estos veinticuatro ensayos Nélida Piñon reflexiona sobre sus influencias literarias y los personajes por lo que siempre ha mostrado un especial cariño: don Quijote y Ulises, entre otros. Nos habla de su pasión por la escritura, su pensamiento acerca de la lectura y su visión no sólo de la mujer brasileña, sino de la mujer desde tiempos remotos. Sin máscaras, la autora se presenta como aprendiz, de Homero, pero también de Machado de Assis, Monteiro Lobato, Cervantes y de todos aquellos que, como ella, se han atrevido a enfrentarse a una recreación del mundo por medio de la narrativa.

Dulcinea, la agonía de lo femenino

        La ilusión cervantina es peripatética. Nos lleva a conocer el mundo. A deambular por donde nunca estuvimos, a aceptar el misterio radical de la condición humana.

        El carácter insurgente del verbo de Cervantes suprime la ilusión de que vivimos en un universo estable. Una conclusión que obliga a su héroe, don Quijote, a inocular lo existente con su desenfrenada invención, a usar la máscara de nuestros sueños y de nuestros apetitos.

        Como hija que soy de Cervantes, gravito en torno a don Quijote, creación suprema de la latinidad. Como consecuencia, forjo mentiras que la obra me suscita y atribuyo a sus personajes rasgos de temperamento y conducta contrarios a la narrativa. Se hace, entonces, posible creer que el amor de Quijote, vago y melifluo, abarca a todas las mujeres. Pues aunque él señale a Dulcinea como único objeto de su amor inmortal, este sentimiento no se destina a una criatura palpable. La carne de su fantasía no tiene cuerpo. Su amor, aunque exaltado y melancólico, carece de huesos y de médula. No se lleva a la doncella a su cama ni se entretiene con las delicias del sexo. Tampoco comparte con ella el festín constituido por pan, cordero asado y vino. Es un amor solitario y, como tal, el único que visualiza a quien ama, que la describe como objeto de su devoción. Y porque intuye que Dulcinea, ante los demás hombres, es intangible e inefable, dramatiza el amor con descripciones soberbias, igualándose a los enamorados que, como Amadís de Gaula, se disputan la dama en la lid.

        Este amor, no obstante, de naturaleza difusa, omite el consentimiento de la mujer para cortejarla. Así, aplícase don Quijote a idealizar a Dulcinea por medio de incesantes devaneos. Sin saber que, por ser este amor flexible y plástico, es susceptible de transferirse a quien sea; de tornarse la expresión de arrobo que habilita a cualquier mujer de España a ser Dulcinea, a ajustarse a las descripciones hechas sobre la conspicua dama, a adoptar el aura y las idiosincrasias que el devaneo del hidalgo le atribuye. Incluso porque, siendo la dama del Toboso una fantasía inconcreta e inconsútil, una carne al servicio del caballero, ella se compone necesariamente de los pedazos que las demás mujeres le prestaron.

        Se observa, sin embargo, a lo largo de la narración, que faltan al cuerpo de esta dama condiciones para ser penetrado. He aquí un personaje que no se somete a la pasión. Su andamiaje verbal sirve para que el caballero la describa para sí mismo y la enuncie para los demás.

        Dulcinea es un simulacro. Un invento casi pérfido del caballero de La Mancha, cuya rectitud de carácter casi zozobra en medio de tantos percances promovidos por su imaginación. Pero, al haber engendrado a la doncella del Toboso, él se sumerge en una soledad que no autoriza la presencia de otra mujer en su vida, aunque le dé el nombre de Dulcinea. Incluso porque ¿cómo encontrar quien le ofreciese ideales tan nobles, y le permitiese otorgar a Dulcinea la consistencia material que le faltaba? Por lo tanto, al confesar quién era, don Quijote admitió la ilusión de la que estaba revestido, a la vez que introdujo a las mujeres de La Mancha en la visión de Dulcinea, aquella imagen que requería ser ocupada por una intrusa de carne y hueso.

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