Ficha técnica

Título: Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente 1900-1914 | Autor: Philipp Blom |  Traducción: Daniel Namjías | Editorial: Anagrama| ColecciónArgumentos | Género: Novela | ISBN: 978-84-339-6317-8 | Páginas: 680 | PVP: 29,50 € | Publicación: Noviembre de 2010

Años de vértigo

ANAGRAMA

1900-1914: quince años vertiginosos que desembocaron en la que probablemente fue la guerra más cruenta de la historia. Una década y media en la que la ciencia, el arte, la literatura, la música, la arquitectura dieron algunos de los mejores frutos del siglo que entonces comenzaba. Nombres como Albert Einstein, Pierre y Marie Curie, Sigmund Freud, Braque y Picasso, Klimt, Kokoschka y Duchamp, por mencionar sólo algunos, y nuevos modos de pensar y descubrimientos como los rayos X, unidos a verdaderas revoluciones en los hábitos cotidianos -el automóvil, la cámara fotográfica, el cinematógrafo, los grandes almacenes-, lograron que, como sugiere el autor, el periodo anterior a la Primera Guerra Mundial se considerase «una época idílica, los buenos viejos tiempos, una belle époque celebrada en películas de decorados fastuosos entre los que se movía una sociedad elegante, y hasta entonces intacta, a punto ahora de quedar hecha añicos por las fuerzas que la empujan inexorablemente hacia el desastre. Después de 1918 el fénix de la modernidad resurgió de las cenizas del viejo mundo».

Fueron también los crueles años de la «fiebre del caucho» y el exterminio de nativos en el Congo belga; los días de la frenética carrera por la supremacía naval, el amanecer de las grandes luchas sociales del siglo, con las primeras manifestaciones de la conciencia proletaria y el imparable avance del feminismo y las campañas por el sufragio femenino, un movimiento asociado a la angustia y las vacilaciones del sexo «fuerte»… Dedicando un capítulo a cada uno de esos quince años, Philipp Blom pinta una retrospectiva histórica soberbia.

«El talento de Philipp Blom consiste en compendiar con una concisión admirable los acontecimientos históricos y situarlos en un contexto esclarecedor. Años de vértigo nos introduce en los miedos y en las ilusiones de la época. Si la civilización dura cien años más, es posible que algún día un historiador compare la primera década de este siglo con los frenéticos años que precedieron a la Primera Guerra Mundial. De ser así, el libro de Blom difícilmente será superado como fuente» Daniel Pudles, The Economist.

«El libro de Philipp Blom es más que un inquietante recordatorio del carácter cíclico de la historia, de la autocomplacencia y la codicia de la humanidad; Años de vértigo también nos recuerda que la humanidad puede salvarse gracias a la creatividad y la compasión» Juliet Nicolson, The Guardian.

«Si aspira a escribir historia para el gran público, un autor debe saber combinar un extenso trabajo de investigación con elementos propios de la biografía y de la descripción de sucesos y lugares, y salpicar ese texto con anécdotas amenas. Además, ha de transportar a los lectores hacia una época ya pasada, al olor de las calles de Londres en 1900 o a la atmósfera de una manifestación revolucionaria que marchó sobre el Palacio de Invierno en San Petersburgo en enero de 1905. No es una empresa sencilla, pero el talento de Blom lo consigue. Y su investigación es impecable» Allan Levine, Globe and Mail.

«Una guía erudita de una época de euforia y angustia que, en muchos aspectos, inventó la nuestra» Publishers Weekly.

 

INTRODUCCIÓN

    Están en el arcén de una carretera arbolada, en el campo. Son, en su mayoría, hombres y niños varones, desbordantes de expectación. Cae sobre ellos el calor del verano. Miran la carretera que se extiende ante ellos hasta donde alcanza la vista. Se empieza a oír un débil murmullo. Un coche aparece en la línea recta entre los árboles, diminuto y envuelto en una nube de polvo, y va aumentando de tamaño con cada segundo que pasa. El vehículo se precipita a toda velocidad hacia los espectadores, propulsado por un potente motor, ruge aún con más fuerza… Es un espectáculo de potencia concentrada.

    Entre el público, un joven de dieciocho años prepara la cámara para tomar la foto que lleva tiempo deseando hacer. El bólido se acerca, rugiente, vibrante de energía. Ya casi está ahí. El fotógrafo adolescente mira atentamente por el objetivo. Puede ver con claridad al piloto y al copiloto detrás del imponente capó; ve el número seis pintado en el tanque de gasolina; siente la onda expansiva producida por el ruido y la potencia cuando la máquina pasa a su lado a toda velocidad. En ese preciso momento ha apretado el disparador. Luego, cuando se asiente la polvareda, tendrá que esperar para ver cómo saldrá la foto.

    Cuando ve la fotografía tomada ese veintiséis de junio de 1912 en el Grand Prix francés, el fotógrafo se decepciona. Del coche número seis sólo se ve la mitad, y el fondo ha salido borroso y extrañamente dilatado. El joven la descarta. Se llama Jacques-Henri Lartigue. La imagen que él considera un fracaso se expondrá cuarenta años después y lo hará famoso; será la prueba de toda la energía y la velocidad que tanta importancia tuvieron en los años que van desde el comienzo del nuevo siglo hasta el otoño de 1914.

 

    Hoy, el periodo anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial suele considerarse una época idílica, los buenos viejos tiempos, una belle époque celebrada en películas de decorados fastuosos entre los que se movía una sociedad elegante, y hasta entonces intacta, a punto ahora de quedar reducida a añicos por las fuerzas que la empujan inexorablemente hacia el desastre. Según esta lectura de los hechos, después de 1918 el fénix de la modernidad resurgió de las cenizas del Viejo Mundo.

    A la mayoría de los que vivieron alrededor de 1900, esta visión nostálgica, con el acento puesto en la solidez y la gracia, les resultaría sorprendente. Hasta ese momento, su experiencia de esa época no estaba embellecida por el recuerdo. Fue más cruda, y estuvo marcada por fascinaciones y temores mucho más cercanos a nuestro tiempo. Entonces como ahora, en las conversaciones y en los artículos periodísticos se hablaba sobre todo del veloz avance de la técnica, de globalización, de los progresos en el ámbito de la comunicación y de los cambios que afectaban al entramado social; entonces como ahora, dejaba su sello en la época la cultura del consumo de masas; entonces como ahora, la sensación de vivir en un mundo en imparable aceleración, de estar lanzándose a lo desconocido, era arrolladora. Ésa es la razón por la cual la foto de Lartigue es un digno emblema de su época. Era un muchacho enamorado de los automóviles rápidos y de la velocidad, y sus inquietudes reflejan las de un tiempo en que los pilotos de coches de carreras eran ídolos populares, en que se fijaban y se batían nuevas marcas de velocidad todas las semanas, y la producción en serie, en su caso, la de cámaras fotográficas de mano, cambiaba la vida de todos. 

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