Ficha técnica

Título: Anna | Autor: Niccolò Ammaniti | Traducción:  Juan Manuel Salmerón |  Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de narrativasPáginas: 304  |  ISBN: 9788433979605 | Precio: 19,90 euros  |  Fecha:  agosto 2016 |

Anna

ANAGRAMA

Un virus, que empezó a manifestarse en Bélgica, se ha extendido por el mundo como una epidemia. Tiene una particularidad: sólo mata a los adultos. Los niños lo incuban, pero no les afecta hasta que crecen.

Sicilia en un futuro próximo. Todo está en ruinas. A la enfermedad que el virus produce la llaman La Roja, y circulan extrañas teorías sobre supuestos modos de inmunizarse. Anna, que tiene trece años, debe rescatar a su hermano pequeño Astor y emprender con él un viaje que los llevará hasta Palermo y después hasta Messina. El objetivo: cruzar el estrecho y alcanzar el continente, donde acaso Anna, a la que por edad la muerte ya acecha, encuentre el modo de salvarse.

Les acompaña un perro, y cuentan como bitácora con un cuaderno de tapas marrones que les dejó su madre antes de fallecer. Lo tituló LAS COSAS IMPORTANTES y anotó en él algunas instrucciones útiles para sobrevivir.

Niccolò Ammaniti, que ya había abordado la infancia y la adolescencia en varias excelentes novelas anteriores, insiste en el tema, y lo hace combinando la ciencia ficción distópica, la narración de aventuras y la novela de iniciación. Podríamos encontrar aquí ecos de El señor de las moscas de Golding, o de Walkabout, aquella película de 1971 de Nicolas Roeg sobre una adolescente y su hermano pequeño perdidos en el desierto australiano. En todos los casos tenemos un universo poblado exclusivamente por niños. ¿Cómo sobreviven? ¿Cómo se interrelacionan sin la presencia dominante y represora de los adultos? ¿Cómo afrontan los miedos y las incertidumbres?

«Anna confirma una capacidad poco común para narrar el tránsito de la niñez al mundo adulto: la transformación, el miedo, el recorrido incierto y lleno de peligros que se convierte en una gran metáfora… Ammaniti ha llevado la novela a su esencia más desnuda, la más antigua y la más nueva, ser -simplemente- una selva de peligros que hay que superar» (Paolo di Paolo, La Stampa).

«Una fuga sin fin, absolutamente agónica, potente y espectacular. No es necesario ser forofo de la literatura de género (¿fantasy?, ¿catastrofista?, ¿de terror?) para sumergirse en este libro, soportando hasta el final su dureza implacable» (Michele Serra, La Repubblica).

«Un escritor sin límites que afronta su narración más íntima.Y también la más cruel. Ammaniti ha diseñado un apocalipsis con un realismo quirúrgico. Ha escrito una novela sobre la vivencia del presente.Y sobre nuestras posibilidades de ser lo que somos cuando nada nos lo permite» (Marco Missiroli, Corriere della Sera).

«En relación con otras novelas distópicas, Ammaniti introduce elementos nuevos en el género, casi lo reinventa, revolucionando por tercera vez -ya lo hizo con No tengo miedo y Te llevaré conmigo- la literatura italiana» (Teresa Ciabatti, Io Donna).

«Su novela más hermosa. Te desgarra el corazón» (Silvia Vecchini, Wired).

 

PÁGINAS DEL LIBRO

    Tendría tres o cuatro años. Estaba sentado muy quieto en una butaquita de piel de imitación, con la cabeza gacha. Llevaba una camiseta verde de manga corta, unos pantalones vaqueros con los bajos doblados, unas zapatillas de deporte. En una mano tenía un trenecito de madera que le colgaba entre las piernas como si fuera un rosario.

     La mujer que había tendida en la cama en el otro extremo del cuarto lo mismo podía tener treinta que cuarenta años. En un brazo, cubierto de manchas rojas y costras, tenía puesto un gotero vacío. El virus la había convertido en un esqueleto jadeante recubierto de piel seca y llena de pústulas, aunque no le había arrebatado toda su belleza, que la forma de los pómulos y la nariz respingona dejaban adivinar.

     El niño alzó la cara y la miró, se agarró del brazo de la butaca, bajó de ésta y con el trenecito en la mano se acercó a la cama.

     La mujer no lo advirtió. Sus ojos, hundidos en dos fosas oscuras, miraban fijamente al techo.

      El pequeño se puso a jugar con un botón de la funda sucia de la almohada. El pelo rubio le caía por la frente y, con el reflejo del sol que se filtraba por las cortinas blancas, parecía hecho de hilos de nailon.

     De pronto, la mujer se incorporó y se enarcó como si estuvieran arrancándole el alma, apretó las sábanas y se dejó caer de nuevo sacudida por una tos violenta. Estiraba brazos y piernas esforzándose por respirar. Al fin, relajó la cara, abrió la boca y murió con los ojos abiertos.

       El niño le cogió delicadamente la mano y empezó a tirarle del dedo índice.

      -Mamá, mamá – susurró con un hilo de voz.

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