Ficha técnica

Título: Alfredo el Grande. Vida de un cómico |Autor: Marcos Ordóñez  | Editorial: Aguilar | Páginas: 368 págs. + 24 págs. de fotos | Género: Biografía | Precio: 19, 50  € |  Fecha de publicación:  19 de Noviembre de 2008 | Formato: Rústica 15 x 24 | ISBN: 978-84-03-09880-0

 

          PRESENTACIÓN del LIBRO

   Viernes 28 de Noviembre en MADRID

Alfredo el Grande. Vida de un cómico

AGUILAR

Mírenlo bien, porque Alfredo Landa, al que creen conocer, ha tenido mil caras. Ha sido Castrillo, el contable apocado de Atraco a las tres, y el colérico Armando de Ninette y un señor de Murcia. Y José, el ejecutivo atrapado de Las verdes praderas, y Germán Areta, el durísimo detective de El crack. Y el inolvidable Paco el Bajo de Los santos inocentes, y el brigada Castro de La vaquilla, y el ingenuo bandido Malvís de El bosque animado. Y el pícaro Bartolomé de La marrana, y el gasolinero refunfuñón de Lleno, por favor, y el humanísimo maestro de Canción de cuna, y el vengador Joaco de Luz de domingo, y tantísimos otros.

Ha sido, para muchos, la encarnación del español medio en incontables comedias, y su apellido dio origen (caso único en el mundo) a un género en sí mismo: el «landismo». Ha tocado todos los palos (comedia, farsa, drama, musical) en una de las carreras más prolíficas y dilatadas del cine español. Si hubiera nacido en América, ya tendría varios Oscar; de haber nacido en Italia compartiría podio con Sordi y Tognazzi. Tampoco le ha ido mal en nuestro país: cuenta con todos los premios habidos y por haber, y con el cariño y el respeto de tres generaciones de espectadores.

Alfredo el Grande es una oportunidad única para conocer en profundidad a Alfredo Landa, porque nunca había hablado como aquí lo hace, sin pelos en la lengua a la hora de relatar encuentros y desencuentros, de analizar su propia trayectoria, y, en definitiva, de contagiarnos su pasión por el oficio de cómico.

El novelista y crítico Marcos Ordóñez ha conversado largamente con el carismático actor y nos restituye su inconfundible voz, su memoria y su visión del mundo en un monólogo vivísimo, en tres actos y a telón bajado, donde se suceden las anécdotas hilarantes, las evocaciones conmovedoras y los retratos al minuto de más de cincuenta años en el mundo de la farándula.  

PRIMER ACTO

I

Que no, hombre, que no, que lo dejo, que lo he dejado, que no hay más cáscaras, y que estoy más contento que Chupito. La gente me dice: ¿está usted jubilado, don Alfredo? No, señora, estoy retirado, que no es lo mismo. Si no se puede estar mejor, les digo. ¡Re-ti-ra-do! ¿A que suena bien?

      Igual que si hubiera terminado la mili. Que no hice, la verdad, por hijo de viuda. Libre, que ya era hora, caramba, libre de levantarme cuando me dé la gana y no a las seis, como durante cincuenta años, que se dice pronto.

      En este barrio y en esta casa se está de maravilla, ya lo ves. Antes era un dúplex, con una escalera que enlazaba los dos pisos. Los chavales crecieron, se casaron, y Maite y yo nos encontramos de repente con ocho habitaciones y tres cuartos de baño, y es lo que le dije yo: ¿Para qué queremos tanta casa, vamos a ver? El piso de abajo, que son ciento treinta y tantos metros cuadrados, se lo pasamos a Idoia, la mayor, que vive ahí con su marido y sus dos niños. O sea, mis nietos. Idoia es documentalista de Gómez Acebo y Pombo, un holding de abogados que tiene la sede en las Torres Kio. Mi hijo Alfredico es informático, un alto cargo en una empresa que se llama Starling. Ainhoa, la pequeña, se ha tirado trece años en Los Ángeles haciendo diseño gráfico para la Warner. Que se quiso ir y que se quiso ir. Muy bien, pues vete, le dijimos, lo que tú digas, lo que tú elijas. Ahora acaba de volver y ha cogido una especie de buhardilla en Malasaña, que se ve que le gusta Malasaña, ya ves tú, y sigue en lo suyo.

      ¿Mi vida? Una vida cojonuda, hombre. A las doce me levanto yo tan ricamente. Me acuesto a la una o las dos de la noche, leyendo, charlando, o aquí en la terraza, mirando los árboles y las luces, escuchando ¿qué?, pues el silencio de esta calle, pensando en mis cosas, quieto, sin hacer nada, eso es lo que más me gusta. ¿Tú sabes la alegría que da imaginarte la maldita agenda de toda la vida, cuando aún estás medio dormido en la cama, y ver que no hay nada apuntado, que tienes todo el día para ti? Desayunar, leer la prensa, el paseíto de los cojones que me ha mandado el médico, que ya me sé yo de memoria la manzana de mi casa, vamos, es que puerta por puerta, y luego el aperitivo, un poco de tertulia, y luego comer, nunca demasiado porque mi querida y siempre bien ponderada es la cocinera de Gandhi, que no, Maite, joder, que es broma, y luego la siesta, pero nada de una cabezadita, no, no, no, unas siestas que cruje el sentido, de esas de pijama y orinal, como decía Cela, y luego al cine, porque yo voy al cine casi todas las tardes, me lo veo todo, aunque cada vez haya menos que ver, la verdad sea dicha.

      Los sábados a mediodía, misa de una. O sea, aperitivo y tertulia a la una con Pepe Sacristán si está, y Bonilla que está casi siempre, y Resines, y a veces Rellán, en el bar de un hotelito de aquí cerca. En Marbella, tomar el sol y nadar y estar con los chicos, que ya no son tan chicos, que yo ya tengo cuatro nietos, Jerónimo se llama el más pequeño, como el jefe indio. En San Sebastián, chiquitear y pasear con mi siempre bien ponderada, y comer cada viernes con los amigos de la sociedad gastronómica. Es mi peña de toda la vida, los mismos con los que iba al colegio. Charlamos, comemos, cantamos y tocamos la guitarra.

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