Ficha técnica

Título: Alarmas y digresiones | Autor: G. K. Chesterton | Traducción: Miguel Temprano García | Editorial: Acantilado | Colección: El Acantilado, 316 | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 192 | ISBN: 978-84-16011-66-7 | Precio: 14 euros

Alarmas y digresiones

ACANTILADO

En esta colección de artículos publicados en el periódico inglés Daily News entre 1908 y 1910, Chesterton-el maestro de la paradoja y de la digresión-se desliza con fluidez de lo cómico a lo reflexivo a través de sus observaciones sobre los temas más diversos: la poca atención que los poetas han prestado a un manjar como el queso, la confusión mental de los futuristas, el valor de los automóviles o la naturaleza de esa clase de hombres llamados intelectuales.

Escritos con el asombroso ingenio y la irrenunciable lucidez que caracterizan al autor, los ensayos reunidos en este libro nos atrapan y nos deleitan.

La rendición de un «cockney»

Todo hombre, aunque haya nacido en el mismísimo campanario de Bow y pasado su infancia trepando entre chimeneas, tiene esperándole en alguna parte una casa de campo que no ha visto jamás, pero que se construyó para él, a imagen y semejanza de su alma. Espera pacientemente a que la encuentre, oculta entre los frutales de Kent o reflejada en los charcos de Lincoln; y, cuando el hombre la ve, la recuerda, aunque sea la primera vez que la vea. Incluso yo, que soy más cockney que nadie, y no sólo por una cuestión de principio, sino por un orgullo indomable, me he visto finalmente obligado a confesarlo. Siempre he defendido, con la mayor seriedad, que el Señor no está en el viento o el trueno del desierto, sino, en todo caso, en la voz tranquila y callada de Fleet Street. Mantengo sinceramente que la adoración a la naturaleza es moralmente más peligrosa que la adoración del hombre vulgar a la ciudad, pues es fácil pervertirla en adoración de un misterio impersonal, un descuido o una crueldad. Thoreau habría sido más alegre si se hubiese consagrado a su verdulero y no al verdor de la naturaleza. Swinburne habría sido mejor moralista si hubiese adorado a un pescadero en lugar de adorar al mar. Prefiero la filosofía de los adoquines y el cemento a la filosofía de las berzas. Llamar berzas a un hombre puede parecer chistoso, pero rara vez es respetuoso. Sin embargo, cuando queremos alabar la firmeza de su conducta y la sólida humildad con que se relaciona con sus iguales para prestarse apoyo mutuo en silencio, recurrimos a la más noble metáfora cockney, y decimos que está hecho un adoquín.

Pero, a pesar de todas estas teorías, me he rendido; he arriado mi bandera ante una imagen vislumbrada a través de un hueco en un seto. Me rebajaré a vivir en el campo, como un socialista cualquiera o un adorador de la vida sencilla. Acabaré mis días en un pueblo, seré el tonto del pueblo, espectáculo y juez de la humanidad. He aprendido ya la manera rústica de apoyarme en la puerta de una cerca; y a esa ocupación gimnástica estaba dedicado cuando mis ojos se posaron en la casa hecha para mí. Estaba apartada de la carretera y construida con sólidos ladrillos amarillos; era estrecha para su altura, como la fortaleza de un asaltante de caminos; y sobre la puerta de entrada estaba tallado con grandes números: «1908». Ese último estallido de sinceridad, ese soberbio desprecio por la pasión arqueológica me sobrecogió. Cerré los ojos en una especie de éxtasis. Mi amigo (que me estaba ayudando a apoyarme en la puerta) me preguntó con curiosidad qué estaba haciendo.

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