Ficha técnica

Título: Aires nuevos | Autor: Peter Kocan | Traducción: Güido Sender | Editorial: Sajalín | Colección: al margen, 23 | Páginas: 339 | ISBN: 978-84-942367-1-6 | Precio: 21,50 euros

Aires nuevos

SAJALÍN

Un chico de catorce años, su hermano pequeño y su madre llegan tras un largo viaje en tren a una ciudad desconocida huyendo de un marido y padrastro violento. La madre, acuciada por la carga de sus circunstancias y harta del carácter retraído y temeroso de su hijo adolescente, le obliga a buscar empleo. El chico emprende así un periplo que en sucesivas etapas lo lleva del campo a la ciudad y de la ciudad al campo y lo relaciona con jóvenes y adultos de variada condición. Sin embargo, en su aventura marcada por la huida y el abandono, el chico recurre con creciente frecuencia a su imaginación en busca de reparo: el soldado ficticio Diestl le infunde coraje ante la adversidad, y sus fantasías con Grace Kelly le entregan una belleza de la que el mundo que tiene ante sí carece por completo. Con la mente a la deriva y la posibilidad de una vida grata cada vez más lejana, el chico comienza un lento descenso por el abismo de la locura y la violencia.
Como un Dickens contemporáneo dotado de una peculiar fuerza poética, Peter Kocan se nutre de su adolescencia desamparada para narrar los vagabundeos y fabulaciones de un chico a punto de extraviarse.

«No existe una descripción más auténtica de un adolescente solitario de este tipo.» Les Murray (The Times Literary Supplement)

«Kocan ha elaborado una obra oscura y dickensiana basada en su caótica y violenta juventud.» Library Journal

«Kocan no se permite un ápice de sentimentalismo o rabia, y el protagonista sin nombre de su historia es un gran logro.» Publishers Weekly

Capítulo 1

Llegada

Eran tres. Acababan de apearse del tren nocturno interestatal  y caminaban por el andén hacia los torniquetes de acceso. La mujer tenía treinta y tantos años y llevaba de la mano a un niño de siete. Varios pasos por detrás, alejado como si de ese modo pudiera distanciarse de lo que ocurría, los seguía un chico de catorce años con dos maletas a rastras.

-¿Papá nos encontrará? -preguntó preocupado el niño.

-Ya te he dicho que no -respondió la mujer.

-¿Por qué?

-Porque no sabe dónde estamos.

-¿Y si alguien se lo dice?

-Nadie sabe dónde estamos, solamente nosotros.

El niño no parecía convencido, y el chico tampoco. Toda la noche, sentado sin encontrar acomodo en el duro respaldo del asiento, le había dado vueltas a la cabeza una y otra vez. Se habían apresurado a llenar las dos maletas con lo que tenían al alcance y habían abandonado la casa solo dos o tres horas antes de que Vladimir volviera del trabajo. Para cuando se diera cuenta de que se habían ido, ellos ya estarían en el tren a muchos kilómetros de distancia. Pero ¿y si sin quererlo habían dejado alguna pista? El chico se había devanado los sesos tratando de encontrar algún rastro que pudieran haber pasado por alto. ¿Y si Vladimir hubiera vuelto del trabajo temprano y los hubiera visto subir al taxi con las dos maletas? ¿Y si Vladimir viniera en el siguiente tren detrás del suyo? El chico sentía una continua necesidad de mirar atrás. A sus espaldas oyó un grito, pero solo era un mozo de estación bromeando con un compañero.

Atravesaron el torniquete y llegaron a un grande y bullicioso vestíbulo. Había letreros, quioscos y carritos cargados de equipajes. La mujer, con el niño de la mano, avanzó y se detuvo en medio del vestíbulo. El chico los siguió, se detuvo a cierta distancia de ellos y dejó las maletas en el suelo.

La mujer se le acercó y le preguntó:

-¿Tienes hambre? Podríamos comprar unos bocadillos.

-Me da igual -respondió el chico.

-Deberíamos comer algo.

-Me da igual -repitió. Miraba los torniquetes que acababan de atravesar. Se habían detenido delante de ellos, estaban perfectamente a la vista. Quería apartarse para dejar de exponerse, pero de haberlo dicho hubiera dado a entender que aquello le preocupaba.

-¿De qué quieres el bocadillo? -le preguntó la mujer.

-Me da igual -respondió sin mirarla.

-Vuelvo enseguida -dijo la mujer-. Vigila a tu hermano hasta que vuelva, y explícale que ahora estamos a salvo, ¿quieres?

El chico se encogió de hombros.

-Me gustaría que me ayudaras un poco -añadió la mujer y se fue hacia un quiosco.

El chico se quedó junto a las maletas observando los torniquetes, mientras el niño miraba con atención una hilera de carritos arrastrada por un pequeño vehículo.

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