Ficha técnica

Título: Adolescentes | Autor: David Bainbridge |  Editorial: Duomo |   Colección: PerímetroGénero: Ensayo | ISBN: 9788492723317 | Páginas: 400 | PVP: 19,00 € | Publicación: 1 de Marzo 2010

Adolescentes

DUOMO EDICIONES

¿De dónde vienen los adolescentes? ¿Por qué todos esos olores, bultos, granos y andares desgarbados? ¿Y por qué esa necesidad de sueño, sexo y música alta? ¿Realmente funcionan guiados por sus hormonas? ¿Cuál es la verdad acerca de su relación con el alcohol, la nicotina y las drogas? ¿Cuál es la diferencia entre chicos y chicas? ¿Y por qué son más listos que cualquiera de nosotros?

Recientes descubrimientos científicos muestran que los adolescentes constituyen una auténtica innovación humana, que son, de hecho, la clave del éxito de nuestra especie. Adoptando una original aproximación zoológica, David Bainbridge, profesor de anatomía y clínica veterinaria en Cambridge, nos descubre de dónde vienen los adolescentes, para qué sirven y por qué la segunda década de nuestra vida es mucho más que una incómoda transición entre la infancia y la madurez.

Con una prosa viva y un gran sentido del humor, el autor explica los procesos biológicos que hay tras los cambios que repentinamente tienen lugar en el cuerpo del adolescente, pero también explora qué sucede en el cerebro para hacer a los adolescentes tan proclives al enamoramiento, al comportamiento obsesivo, a permanecer largas horas en la cama y a sentir una irresistible atracción por las drogas, el sexo y el rock&roll.

Tanto si eres tú mismo un adolescente, como si convives con uno de ellos, saldrás de las páginas de este libro convencido de que el adolescente es la criatura más impresionante y sorprendente del planeta.

 

POR QUÉ CUESTA TANTO HACERSE MAYOR  

      Conversación junto a una piscina.
      Mi sobrino de tres años: «¿Dónde tienes el pito?».
      Mi hija de tres años: «Yo no tengo pito.».
      Mi sobrino de tres años: «Y entonces, ¿cómo haces pipí?». 

 

La única época en que escribí un diario
fue entre los catorce y los dieciocho años 

Aunque no suele ser ése un periodo que, en los chicos, se asocie a la constancia, me pasé tres años y medio escribiendo una entrada todos los días, casi siempre cuando no habían transcurrido ni veinticuatro horas del hecho a referir. A menos que algún desastre o alguna resaca me lo impidieran, me sentaba y transcribía con franqueza y sinceridad lo que me ocurría todos los días y todas las noches.

   No tardé en desarrollar cierta habilidad para usar una letra y un estilo que habrían resultado del todo incomprensibles a cualquiera, lo que me proporcionaba gran seguridad en mí mismo. Es asombroso lo que uno está dispuesto a admitirse a sí mismo sobre un papel, sobre todo cuando sabe que lo que escribe es absolutamente secreto. Está claro que había muchos días en los que apenas ocurría nada, pero repartidos entre esos centenares de páginas aparecen momentos de importancia crucial en mi vida -nuevas experiencias, nuevas perspectivas y nuevos sentimientos-, momentos que son mucho más numerosos en esos años que en cualquier otra época anterior y posterior. Lo rutinario se mezclaba con lo raro, y lo raro con lo delicioso. Recuerdo que me gustaba releerlo de vez en cuando para constatar cuánto había cambiado en tan poco tiempo, y cómo las cosas que hasta hacía poco me habían parecido imposibles y exóticas se habían convertido en algo aceptado y normal. El efecto acumulativo del diario me proporcionaba la sensación real de que me dirigía a alguna parte.

   A medida que escribía y escribía, e iba releyendo, no me pasaba por alto que, casi sin darme cuenta, algo me había ocurrido. De modo muy gradual mis experiencias, perspectivas y sentimientos iban convirtiéndose en algo bastante espectacular. Sin percatarme de ello, yo ya no era la misma persona. Todos aquellos cambios, acumulados, me parecían ahora como una barrera, una cordillera entre mi yo de los dieciocho años y el niño que había sido. Todavía me aferraba a la creencia de que los niños no tienen que crecer -a veces sigo pensándolo-, aunque ya empezaban a acumularse pruebas en contra de aquella idea. Me había gustado ser niño y me gustaba tener dieciocho años, pero se trataba de dos «gustos» muy distintos. Y no había marcha atrás. 

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