Ficha técnica

Título: Acción de Gracias | Autor: Richard Ford| Editorial: Anagrama | Páginas: 736| Fecha de publicación: 3 de abril de 2008 | Género: Novela | Precio: 29 € | ISBN: 978-84-339-7481-5

Acción de Gracias

EDITORIAL ANAGRAMA 

Tras años de incertidumbre emocional, Frank Bascombe se encuentra instalado en una madurez relativamente feliz, aunque en el fondo no tan apacible como le gustaría. Sigue trabajando como agente inmobiliario, ahora en la empresa que posee en Sea-Clift, en la zona costera de Nueva Jersey, donde se fue a vivir junto a su segunda esposa. Inesperadamente, ésta le abandona. Poco después descubre que padece un cáncer de próstata. Se resquebraja así el -frágil- bienestar que había logrado obtener.

Acción de Gracias relata los días previos a este día festivo del año 2000 (en plena disputa electoral entre Bush y Gore), en los que los acontecimientos se precipitan y devienen en un importante punto de inflexión en la vida del ex periodista deportivo. De nuevo acompañaremos a Bascombe en sus travesías en automóvil por las carreteras de Nueva Jersey, de encuentro en encuentro (con su empleado tibetano, algunos clientes, su ex esposa, viejos amigos…), mientras rememora su pasado reciente, reflexiona sobre su situación actual y anticipa los días venideros; a un nivel inmediato, el día de Acción de Gracias, y más a largo plazo, en cuanto al devenir de su propia existencia. «No hay escape de la vida, hay que afrontarla en su totalidad», concluye Frank Bascombe: ante la cercanía y la toma de conciencia del propio final intentará aceptarse a sí mismo y a los que le rodean, un catártico proceso nada sencillo para alguien tan desligado de sus sentimientos y emociones como este meditabundo y solipsista agente inmobiliario, en quien se encarnan las más hondas tribulaciones del hombre moderno.

Acción de Gracias supone la culminación del ciclo narrativo de Frank Bascombe, iniciado hace veinte años con El periodista deportivo, la novela que consagró a Richard Ford como uno de los escritores más importantes de su generación, y continuado diez años después por El Día de la Independencia (que obtuvo los premios Pulitzer y PEN/Faulkner). Un extraordinario cierre a una trilogía que supone un hito en las letras norteamericanas contemporáneas.

 

¿PREPARADA PARA REUNIRTE CON TU HACEDOR?

La semana pasada, leí en el Asbury Press un artículo que me produjo gran desazón. En cierto sentido, era la clase de noticia que solemos leer todas las mañanas y que después de causarnos impresión, aunque no muy honda, da paso al horror y nos deja mirando al cielo durante un largo momento, hasta que volvemos a una variedad de asuntos -cumpleaños de famosos, resultados de partidos, óbitos, nuevas ofertas inmobiliarias- que nos arrastran a nuevas preocupaciones, y a media mañana ya la hemos olvidado.

Pero, bajo el escueto titular de MUERTE EN LA ESCUELA DE ENFERMERÍA, el artículo describía en detalle una jornada normal en el departamento de enfermería de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de San Ysidro (campus de Paloma Playa), en el sur de Texas. Un estudiante de enfermería descontento (siempre son hombres) entró en la facultad por la puerta principal, y se dirigió al aula donde él debía de estar en esos momentos realizando un examen: filas de estudiantes con la cabeza inclinada, concentrados en la tarea. La profesora, Sandra Mc-Curdy, estaba mirando por la ventana, pensando en quién sabe qué: en el pedicuro, en un día de pesca con su marido, con el que llevaba veintiún años casada, en su estado de salud. La asignatura, tal como de forma burda y nada sutil quiso el destino, se llamaba «Agonía y muerte: ética, estética y prolepsis»: algo sobre lo cual los enfermeros necesitan saber.

Don-Houston Clevinger, el estudiante descontento -un veterano de la Marina, padre de dos hijos-, ya había sacado malas notas en el primer semestre y probablemente no iba a aprobar el curso, con lo que quizás tendría que irse de vuelta a casa, a McAllen. El tal Clevinger entró en la silenciosa y solemne aula donde se llevaba a cabo el examen, y avanzó entre los pupitres hacia la parte delantera, donde la señora McCurdy, con los brazos cruzados, miraba abstraídamente por la ventana, tal vez sonriendo. Y alzando una Glock de nueve milímetros a unos veinte centímetros del centro del espacio que había entre sus ojos, le dijo:

-¿Preparada para reunirte con tu Hacedor?

A lo que la señora McCurdy, que tenía cuarenta y seis años, era una excelente profesora, jugaba estupendamente a la canasta y había sido enfermera de la Fuerza Aérea en la Tormenta del Desierto, contestó, guiñando sus ojos color de hierba doncella sólo dos veces:

-Sí. Creo que sí.

Con lo cual el tal Clevinger la mató de un tiro, se volvió despacio hacia los perplejos aspirantes a enfermeros y se metió un balazo más o menos en el mismo sitio.

Estaba sentado cuando empecé a leerlo: en mi acristalada sala de estar con vistas a las dunas cubiertas de hierba, a la playa y al soñoliento rumor del Atlántico. En realidad me sentía bastante contento de cómo iban las cosas. Eran las siete de la mañana del jueves anterior al Día de Acción de Gracias. A las diez tenía que firmar con un «cliente satisfecho» un contrato de compraventa aquí, en Sea-Clift,1 en la oficina de la inmobiliaria, después de lo cual el propietario y yo íbamos a celebrarlo con un almuerzo en Bump’s Eat-It-Raw. En lo que se refería a las preocupaciones por mi salud -sesenta semillas de yodo radiactivo recubiertas por cápsulas de titanio implantadas en determinados puntos de mi próstata en la Clínica Mayo-, todo parecía ir sobre ruedas (en marcha y funcionando). Mis planes para pasar un Día de Acción de Gracias más o menos en familia aún no habían empezado a ponerme nervioso (el estado de tensión no es bueno para la breve vida de las semillas de yodo). Y hacía seis meses que no tenía noticias de mi mujer, lo cual, dadas las circunstancias de su nueva y mi antigua vida, no podía sorprender a nadie, aunque no fuera ideal. En resumen, todas las formas en que la vida se manifiesta a los cincuenta y cinco afloraban como amapolas a mi alrededor.

Mi hija, Clarissa Bascombe, seguía durmiendo, y en la casa, desierta salvo por el habitual aroma del café y la agradable urdimbre de humedad, reinaba el silencio. Pero cuando leí la respuesta de la señora McCurdy a su asesino (seguro que él ni siquiera se habría planteado contestar a semejante pregunta), me levanté de un salto del sillón, con el corazón en un puño, un hormigueo en los dedos, las manos frías, el cuero cabelludo contraído sobre el cráneo como cuando un tren pasa muy cerca. Y alzando la voz, aunque nadie me oía, dije:

-¡La leche puta! ¿Y cómo coño estaba tan segura?

Por todas partes, en la zona central de esta franja costera (el Press es el periódico de lectura obligada en el litoral de Nueva Jersey), deben de haberse producido centenares de sacudidas semejantes con alarmas inaudibles sonando en otras tantas casas ante la súbita comprensión de las últimas palabras de la señora McCurdy: estallidos lejanos, retumbando con asombro y luego con ansiedad en el ámbito de lo sensible. Los elefantes presienten las fatales pisadas de los cazadores furtivos a cien kilómetros de distancia. Los gatos salen disparados del comedor cuando los comensales abren las ostras. Dale que dale, una y otra vez. Lo que no se ve existe y tiene propiedades.

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