Ficha técnica

Título: Aberración | Autor: Bernardo Carvalho |  Traducción: Juan Sebastián Cárdenas | Editorial: 451 EditoresGénero: Cuentos | ISBN: 978-84-92891-05-4 | Páginas: 216 |  PVP: 15,50 €

Aberración

451 EDITORES

Hombres y mujeres extraviados, exiliados en su propia tierra, que buscan sus orígenes en un espacio gangrenado.

Un arqueólogo anuncia el descubrimiento de una civilización minúscula; un hombre construye poco a poco, sobre una serie de fotografías dispersas, la solución de un viejo misterio familiar, mientras otro abandona a su familia cuando una música empieza a sonar en su cabeza… Once personajes en busca de una explicación acaban enredados en una trama de coincidencias obsesivas, donde los descubrimientos son siempre dudosos, y los sentidos, dobles.

«Prescindan de toda cautela, abandonen sus certezas y entréguense al refinado y reparador placer de la lectura». José Castelo, O Globo 

 

UN OJO EN EL VIENTO

MI MADRE ENCONTRÓ UN OJO EN EL VIENTO. ELLA ME ENSEÑÓ EL OJO que llegó volando en el viento una mañana de agosto mientras caminaba por el prado. Vino corriendo por el campo para mostrarme el ojo que había encontrado en el viento. El ojo cayó junto a ella, en medio de la hierba, cuando ella estaba mirando el viento. Lo cogió del suelo, se lo metió en la mano, y corrió para mostrármelo. Llegó a casa agitada, dijo que tenía una sorpresa para mí y yo corrí para ver qué era. Ella abrió la mano y pude ver el ojo.

   Nací y crecí en una casa del valle, lejos de todo. Hasta hace unos tres años no había visto a nadie además de a ella. Ella corría por el prado sujetándome del brazo, me arrastraba, y yo volaba muerto de risa, intentando seguirla, corriendo, tropezando de vez en cuando. Íbamos siempre en medio de una alegría que daba gusto, ella gritándome algo que yo apenas podía entender y mucho menos contestar, dando aullidos de felicidad. Después ella caía y yo caía también y yo pedía que voláramos de nuevo.

   Nada ocurrió hasta el día en que ella decidió decir, y no sé por qué ella decidió decir, cuando se fue a la ciudad, que había encontrado un ojo en el viento.

   Normalmente nadie escuchaba lo que ella decía, me acuerdo porque iba con ella y veía cómo cuando ella hablaba la gente se marchaba y la dejaba hablando sola, contando las mismas historias que ella me contaba y que yo siempre escuchaba con la mayor atención. No sé por qué ella nunca me había contado antes la historia del ojo. Ese día una mujer estaba enseñándole el ojo a su Juvenal, el del almacén, preguntándole si no tendría algo de colirio para sacarse aquella piedrita, y él le soplaba en el ojo rojo cuando mi madre decidió contar la historia del ojo, que había ocurrido hacía tanto tiempo sin que nadie la hubiera contado, y ese fue el comienzo de nuestra desgracia.

   Cuando ella acabó de contar y, como de costumbre, todos le habían dado ya la espalda, un hombre que yo nunca antes había visto surgió del fondo del almacén y dijo que la historia era muy interesante y que si no le gustaría contarla de nuevo delante de otras personas. Mi madre quedó encantada con el interés y la atención de aquel hombre que ella nunca había visto. Él la llevó a la capital, a una sala enorme, con una especie de gradería llena de gente, y le pidió que contara de nuevo la historia del ojo. La gente de la gradería, toda vestida de blanco, iba tomando notas mientras ella hablaba, y cuando acabó de contar, el mismo hombre que la había invitado se plantó en medio del anfiteatro, hizo que ella se sentara en una silla, y empezó a contar otra historia de una aberración, de una mujer que veía cosas, que inventaba cosas, si es que entendí de qué estaba hablando, mientras los otros, en la gradería, le hacían preguntas de vez en cuando, preguntas que en algunos casos duraban horas y que eran un auténtico discurso sobre una mujer loca. Después hubo un momento en que todo pareció acabar y mi madre se quedó perpleja, sin entender por qué la habían invitado ni por qué después solo se habían interesado por la historia que el otro hombre había contado, a ella le pareció una grosería típica de la gente de la ciudad y se quedó muda cuando el hombre se acercó a ella, la tomó de la mano con suma delicadeza y se la llevó por una puerta que había al fondo del palco. Desde aquel día pasé años sin ver a mi madre, me llevaron a un orfanato, tuve que trabajar durante años en una finca que no era la mía, y luego de mayor volví a la casa del valle, que había sido destruida, abandonada, y la reconstruí. Un día apareció un abogado que me preguntó si yo no quería ver a mi madre de nuevo y que para eso tendría que colaborar. Me dijo que habían descubierto lo que habían hecho con mi madre. Aquel día, después de salir del palco, ella quiso irse a casa pero ellos la sujetaron y se la llevaron a un hospital, y cuando ella vio que no la dejaban salir, empezó a gritar y el mismo hombre que la había tomado de la mano con delicadeza, el mismo que había contado ante el auditorio la historia de la mujer que veía cosas, ordenó que la amarraran. El abogado me preguntó si yo sabía todo aquello y yo le dije que no. Me preguntó muchas otras cosas y yo también respondí que no. Durante dos meses él me preparó para el proceso, hizo preguntas sobre la casa del valle, sobre el tiempo que pasé allí con mi madre, pero yo ya me había olvidado. Me preguntó por el ojo en el viento y yo dije que sí. ¿Sí qué?, quiso saber. Yo le hablé del ojo en el viento, la misma historia que mi madre había contado ante el auditorio. El abogado se detuvo un instante, fue hasta la ventana de la sala, tragó saliva y después se giró hacia mí, muy serio, y me preguntó si quería echarlo todo a perder y le dije que yo no volvería a contar nunca más aquella historia.

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