Ficha técnica

Título: Aballay | Autor: Antonio Di Benedetto | Editorial: Adriana Hidalgo Editora| Colección: «La lengua» | Género: Relatos | ISBN: 978-987-1556-47-2 | Páginas: 158 | Formato:  13 x 19 cm.| Encuadernación: Rústica | PVP: 12,00 € | Publicación: 23 de Mayo de 2011 | Incluye el guión cinematográfico de Fernando Spiner, más una adaptación gráfica y notas del director.

Aballay

ADRIANA HIDALGO EDITORA

El célebre relato «Aballay» de Antonio Di Benedetto es el punto de partida de la película homónima de Fernando Spiner. Hay coincidencias geográficas y sociales entre la vida rural del lejano oeste norteamericano y la pampa sudamericana: las grandes extensiones no conquistadas, los hombres que viven a caballo y la ley ausente, que deja lugar al culto de las armas y la pelea; el relato agrega los componentes de la venganza y el duelo, una temática de alcance global.  

«Aballay», la película, es también un nuevo abordaje de la gauchesca, con el desafío de salirse del estereotipo de la gauchesca pampeana -en esta ocasión, es el gaucho habitante de los Valles Calchaquíes con su importante influencia indígena- y de redescubrir al gaucho como personaje, con la liturgia de sus armas, su relación con la ley y su íntima vinculación con el caballo, protagonista fundamental de la colonización.
 
La película, finalmente, retoma una tradición que puede rastrearse en Nobleza gaucha (1915), de Humberto Cairo, Enrique Ernesto Gunche y Eduardo Martínez de la Pera -primer éxito del cine argentino-, en Pampa bárbara (1945), de Lucas Demare y Hugo Fregonese, y en Juan Moreira (1973), de Leonardo Favio.
 
«Aballay acaba de matar. Movido por el arrepentimiento, el gaucho se sube a su caballo decidido a quedarse ahí hasta el final de su vida. Pasan años, y Aballay persiste en esa idea redentora…»Miguel Zeballos. Revista Veintitrés. Buenos Aires
 
«Un excelente relato de Antonio Di Benedetto que funciona tanto como un escalón en la renovación de la literatura gauchesca rioplatense cuanto como un western norteamericano.» Fernando Spiner. Buenos Aires 
 
 
 
Aballay
RELATO
 
   En el sermón de la tarde, el fraile ha dicho una palabra bien difícil, que Aballay no supo conservar, sobre los santos que se montaban a una pilastra. Le ha motivado preguntas y las guarda para cuando le dé ocasión, puede que en los fogones.
 
   Son visitantes, los dos, el cura y él, con la diferencia que el otro, cuando termine la novena, tendrá adonde volver. La capilla, que se levanta sola encima del peladal en medio del monte bajo, sin viviendas ni otra construcción permanente que se le arrime, se abre para las fiestas de la Virgen, únicamente entonces tiene servicio de sacerdote, que llega de la ciudad, allá por la lejanía, de una parroquia de igual devoción.
 
   Los peregrinos -y los mercaderes- arman campamento. Se van pasando los nueve días entre rezos y procesiones; las noches, atemperadas con costillares dorados, con guitarra, mate y carlón.
 
   Aballay presenció un casorio, de laguneros, muchos bautizos de forasteros. Más bien deambuló de curioso y también necesitado de probarse entre la gente, pero alerta y sin darse con nadie. Contó cuatro milicos. 
 
* * *  
 
   Mientras tanto en el altar declina la llama de los cirios, afuera se reanima y alimenta el fuego de las brasas, en las enramadas de vida corta, la de esas fechas no más.
 
   El cura recorre el sendero de vivaques echando las bendiciones y las buenas noches. Solicitado al pasar por cada grupo, hace honor a una familia venida de Jáchal. Se asa un chivito, la abuela fríe pasteles, un hombre sirve vino, todos en sosiego y discretos. De las quinchas vecinas brotan cantos, tempranamente entonados. Se nombra a Facundo, por una acción reciente.
 
   («¿Que no es que lo habían muerto, hace ya una pila de años…?»)
 
   Aballay ha sido una sombra en la andanza de la sotana, ahora es un bulto quieto, que no se esconde. Espera.
 
   Uno de los jachaleros lo invita a acercarse. Con una seña dice no. Otro es su apetito.
 
   Pero media el cura y Aballay obedece. Nada agrega a la conversación, tampoco propicia su intervención el fraile, tal vez acostumbrado a esos silencios de los humildes y los ariscos.
 
   Pero a cierta altura, cuando ya las estrellas remontan el horizonte, Aballay lo sorprende con un toque en la manga y la consulta que le desliza en voz baja:
 
   -Padre, ¿podrá oírme…?
 
   -¿En confesión?
 
   Aballay medita y al cabo dice:
 
   -No todavía, padre. Pero ahora hablemos, le pido, usted y yo.
 
   Más tarde se apartan de la animación de los fogones, eluden a los achispados de la cantina y se pierden entre las carretas dormidas donde reposan los niños.

* * * 

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