Ficha técnica

Título: A Siberia | Autor: Per Petterson | Traducción: Cristina Gómez Baggethun  |  Editorial: Mondadori | Colección: Literatura Mondadori | Género: Novela | ISBN: 9788439723707 | Páginas: 224 | Formato:  13,7 x 22,9 cm. | Encuadernación: Tapa blanda con solapa |  PVP: 16,90 € | Publicación: 1de Abril 2010

A Siberia

MONDADORI

La anónima narradora de A Siberia recuerda su infancia en una granja de un pueblo danés, donde ella y su querido hermano, Jesper, viven con sus padres y abuelo. La familia se derrumba cuando encuentran el cadáver del abuelo ahorcado con una nota de suicidio en la que manifiesta su hartazgo vital. Dinamarca se encuentra en plena ocupación nazi y la joven, consciente del clima sombrío que la envuelve, se refugia en el amor por su hermano, que sueña con un futuro lejos de su país, en tierras marroquíes, mientras ella piensa en exiliarse a Siberia. Ambos se prometen cumplir sus sueños y llegar hasta los remotos parajes, pero no son conscientes de que ese deseo puede dañarlos para siempre.

«Per Petterson está dotado con la genialidad de los grandes escritores.» Richard Ford

«Es una narración poderosa pero de apariencia tranquila. mientras la leía podía oír mi propia respiración y cuando llegué al final no pude sentir nada más que admiración.» Amy Tan
 
 
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Cuando era pequeña, con siete años o menos, me asustaban los leones junto a los que pasábamos al salir de la ciudad. Estoy segura de que Lucifer sentía lo mismo que yo, porque justo en aquel lugar apuraba el paso y, hasta mucho más tarde, no entendí que la causa era que mi abuelo le propinaba un buen azote cuando bajábamos la suave cuesta ante la entrada que custodiaban los leones, lo cual, a su vez, se debía a que mi abuelo era un hombre impaciente. Eso lo sabía todo el mundo.
 
   Los leones eran amarillos y yo iba balanceando las piernas, sentada en la parte de atrás del carro, sola o en compañía de mi hermano Jesper, de espaldas al abuelo y viendo cómo los leones iban haciéndose pequeños allá arriba. Giraban la cabeza y me escrutaban con sus ojos amarillos. Eran de piedra, igual que los pedestales sobre los que descansaban, pero me miraban con tal fijeza que hacían que me ardiera el pecho y me dejaban vacía por dentro. Aun así, era incapaz de apartar la vista. Cuando lo intentaba y bajaba los ojos hacia el camino de gravilla, enseguida me mareaba y tenía la sensación de que me caía.
 
   -¡Que vienen! ¡Que vienen! -gritaba mi hermano, que sabía lo que pasaba con los leones, y yo alzaba de nuevo la mirada y los veía venir.
 
   Los leones se desprendían de los bloques de piedra y empezaban a crecer, y entonces yo, fuéramos a la velocidad que fuéramos, saltaba del carro, arañándome las rodillas contra la gravilla y salía corriendo hacia el campo más cercano, más allá del cual comenzaba un bosque en el que había corzos y ciervos. En ellos pensaba mientras corría.
 
   -¡Deja en paz a la niña! -bramaba el abuelo.
 
   Y entonces yo dejaba de correr. Notaba en los tobillos la humedad de la hierba cubierta de rocío y en los pies descalzos, los yerbajos, las ramitas y los terrones de tierra. Mi abuelo tiraba de las riendas y gritaba al caballo, el vehículo se detenía y de entre las barbas de mi abuelo brotaba un torrente de maldiciones dignas del mismo demonio que pasaban por encima de la cabeza de Jesper. El abuelo era un hombre lleno de ira y yo siempre acababa defendiendo a mi hermano, porque no podía vivir sin él.
 
   Así que regresaba al camino a través de la hierba, me montaba en la parte trasera del carro y sonreía a Jesper. El abuelo hacía restallar el látigo, Lucifer empezaba a tirar y mi hermano me devolvía la sonrisa.

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