Ficha técnica

Título: A los rusos les gustan los abedules | Autora: Olga Grjasnowa| Editorial: Cómplices | ISBN: 978-84-940395-5-3 | Páginas: 234 | Precio: 19,90 euros

A los rusos les gustan los abedules

CÓMPLICES

¿Qué aspecto tienen los alemanes? —Ni idea. —Y los rusos, ¿qué aspecto tienen? —le pregunté. Se encogió de hombros; dijo: —De gente a la que le gustan los abedules. —¿Los americanos? —Mira a tu alrededor. Palestina está llena. —¿Y los palestinos? —De gente que está acostumbrada a esperar durante mucho tiempo.

Mascha nació en Azerbaiyán, es judía, y si hace falta también turca y francesa. Es cosmopolita, adaptable, y siempre está dispuesta a salir corriendo. De niña fue testigo de los pogromos armenios. En Alemania aprende a soportar la experiencia de la inmigración. Ahora habla cinco idiomas, y está a punto de terminar sus estudios como intérprete. Parece tener las ideas muy claras acerca de su carrera. Pero entonces su novio enferma gravemente. En su desesperación, Mascha huye a Israel, donde al poco tiempo su pasado reaparece de la manera más cruel. Esta es también la historia de una generación. Para Mascha el tema del origen y la nacionalidad es irrelevante; hay que sobrevivir en cualquier parte. Pero no encuentra nada que realmente se pueda llamar hogar. La obra no rehuye la tristeza pero la autora ha sabido infundirle también un humor sutil. 

 

 

Comienzo del libro

 

VERSHININ- ¡No me diga! Yo habría dicho que es un
clima ruso, bueno y saludable. Bosque, río… y hay también
abedules. Abedules simpáticos y modestos, que me
gustan más que los otros árboles. La vida aquí da gusto.
Lo único raro es que la estación de ferrocarril está
a veinte verstas de la ciudad… Y nadie sabe por qué.

Anton Chejov, Las tres hermanas

 

 Primera parte

 

I

 

No quería que empezara el día. Quería quedarme en la cama y seguir durmiendo, pero por las ventanas abiertas de la habitación entraban las risas de los vendedores de verdura y el traqueteo de los tranvías. Nuestro piso no estaba muy lejos de la estación central, y eso significaba ante todo que en nuestro barrio había calles enteras que era mejor evitar, con pequeños supermercados de descuento y cines porno enormes. Ahí vivíamos nosotros, entre una lavandería china y un centro juvenil alternativo, frecuentado por gente que solía orinar en la entrada de nuestro edificio. El piso era viejo y estaba destartalado, pero era económico. Todas las mañanas, hacia las cinco, los padres, hermanos y primos descargaban sus furgonetas debajo de nuestras ventanas, cerraban las puertas dando portazos, montaban sus puestos, bebían té, asaban mazorcas de maíz y esperaban a que la calle se llenara y a poder alabar su fruta con una cantinela automatizada. Yo me esforzaba por seguir sus conversaciones, pero normalmente solo pescaba algún que otro retazo o volvía a dormirme.

Elias estaba tumbado a mi lado: inquieto, con la boca ligeramente entreabierta, movimientos rápidos en los párpados, el vientre subiendo y bajando de manera irregular. 

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