Ficha técnica

Título: A la intemperie. Exilio y cultura en España | Autor: Jordi Gracia | Editorial: Anagrama  | ISBN: 978-84-339-6301-7 | Colección: Argumentos | Género: Ensayo | Precio: 16.50  euros  | Páginas: 256 | Publicación: Enero de 2010

A la intemperie. Exilio y cultura en España

EDITORIAL ANAGRAMA

A Luis Buñuel no se le parte el corazón cuando reconoce en 1947 que su hijo es más americano que Lincoln, pero a Pedro Salinas se le parte sólo con pensar en las condiciones de vida bajo el franquismo de algunos de sus amigos, como Dámaso Alonso o Vicente Aleixandre. Y aunque Ramón J. Sender no se siente a gusto en Estados Unidos, escribe incesantemente, y a veces alguna obra maestra, mientras que tanto Juan Ramón Jiménez como Cernuda se sienten mucho más de acuerdo consigo mismos fuera, muy lejos de la España de Franco, en el pleno exilio que aprovechan también un arquitecto de la modernidad como Josep Lluís Sert, o un ensayista musical como Adolfo Salazar, o un Josep Ferrater Mora que no se queja, como tampoco se queja Francisco Ayala, sobre todo a la vista de la deprimente suerte de quienes sí han seguido en España.

Los nombrados son algunos de los protagonistas, episódicos e intermitentes, de un ensayo que quiere anudar algunas perspectivas complementarias sobre el exilio: evoca conductas y sentimientos de exiliados aclimatados a sus destinos, señala rutas discretas de regreso a España en forma de cartas, de libros, de revistas y paquetes desde muy temprano (1939), y asume que el exilio intempestivo del origen pudo reconvertirse en una posibilidad de vida fecunda después (y en ningún caso con España como esperanza de una vida mejor).

No trata tanto de la vida en vilo del exilio como de la vida de veras gracias al exilio.

 

PRÓLOGO PARA UNA INSATISFACCIÓN

     Las imágenes primeras son devastadoras. Cuando las detenemos hoy con el mando del DVD, o las volvemos a ver una vez más, adelante y atrás, los fotogramas hacen interminable el momento inicial. Parece hecho de una multitud de instantes iniciales que no termina y que nunca entrega la versión completa. Entonces el desánimo y la ira se mezclan agitadamente y el efecto es explosivo: se desvanece en el ánimo cualquier intento de ecuanimidad y estalla todo en forma de venganza instintiva o de rencor incurable. Es justo que sea así pero es también vejatorio, como vejatoria es toda respuesta sólo emocional. ¿Qué hace un poeta y editor tan delicado como Emilio Prados subido a un tren cargado de dinamita, detenido en el túnel de Portbou en enero de 1939 para evitar las bombas de la aviación franquista? Un inspector de enseñanza y un escritor jovencísimo abandonan sus armas en la frontera y siguen andando para ser amontonados en un campo de concentración. Son Herminio Almendros y Josep M. Ferrater Mora, que tiene poco más de veinte años, como el cartelista Carles Fontserè, que sale también por esa ruta. Es el mismo trayecto que siguen desde Barcelona Antonio Machado y Pompeu Fabra, Carles Riba y María Zambrano, Corpus Barga y Benjamín Jarnés. Coinciden en las paradas del camino, se protegen de la nieve (pero no de la intemperie) y sobre todo huyen, como huyen las hileras desordenadas de decenas de miles de exiliados por la frontera catalana con Francia: en los primeros días de la derrota por ahí salieron en torno a unos 250.000 exiliados. En Francia sospechaban lo que iba a pasar desde un poco antes de ese instante: desde la primavera de 1938 la legislación sobre extranjeros se endurece bajo el gobierno de Daladier y el primer centro de internamiento en previsión de una segura derrota republicana es del 21 de enero de 1939, aunque se ha formalizado ya un poco antes, con un decreto de noviembre de 1938, según datos de la historiadora Geneviève Dreyfus-Armand.

     El origen de este libro no está en una reacción emocional sino en una insatisfacción. Es concreta pero es más difusa de lo que me gustaría reconocer. Intenta vencer la ferocidad que transmite esa ruta de la derrota, e intenta explicarse desde ese punto la evolución de la derrota en el exilio sin separarla de su única alternativa: la derrota vivida en el interior. Están saliendo de España en la pura desdicha porque un ejército más poderoso, mejor auxiliado y más eficiente ha producido una desbandada general y explicable en las tropas leales a la República. La actividad militar republicana ha sido agónica durante muchos meses y ha sido impotente frente al avance franquista. La resistencia que ha encontrado en Cataluña ha sido testimonial, porque apenas queda rastro de combates ni en la toma de Tarragona ni en la toma de Barcelona tras los respectivos bombardeos preventivos de última hora, y casi en realidad innecesarios. Están saliendo tan angustiosamente porque no han podido oponer la fuerza de la razón a la fuerza militar del vencedor. Tienen razón ellos, como la tuvieron quienes salieron antes de que terminase la guerra, como Juan Ramón Jiménez o Américo Castro, Pedro Salinas o Luis Buñuel, Adolfo Salazar o Josep Lluís Sert, pero desde cualquier punto de vista eso es lo de menos en ese momento, o sólo sirve para agudizar el sentimiento de la desdicha un poco más todavía. Pero la desdicha es también el sentimiento que prevalece entre quienes padecen la derrota aquí, sin salir de España, en tantas zonas ocupadas militar y despiadadamente por los franquistas desde el verano de 1936, o en las zonas recién conquistadas hasta marzo de 1939.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]