Ficha técnica

Título: 35muertos | Autores: Sergio Álvarez  | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica | Género: Novela | ISBN: 9788420413358 | Páginas: 512 | Formato:  15 x 24 cm.| Encuadernación: Rústica| PVP: 19,50 € | Publicación: 6 de febrero de 2013

35muertos

ALFAGUARA

A caballo entre la novela histórica y de aventuras, el thriller, la autoficción y la novela romántica, Sergio Álvarez ha creado la que será la nueva novela de referencia de la literatura latinoamericana.

Treinta y cinco años brutales reconstruidos por un narrador que hace lo que no debe y que siempre está en el lugar equivocado. Este viaje desbocado por Colombia, por sus rutas físicas y vitales, es una cautivadora excursión literaria y también una nueva prueba de que en América Latina siguen triunfando la fiesta, la violencia, el exilio y el olvido.

Escrita con elementos de novela histórica, relato  de aventuras, autoficción, thriller y hasta folletín romántico, 35muertos recrea a partir de las desventuras de un perdedor, y de las decenas de personajes que se cruzan en su camino, la Colombia de finales del siglo xx. Revolucionarios sin revolución, guerrilleros machistas, pandilleros despechados, paramilitares cansados de tanta masacre, mafiosos engañados por sus mujeres, exiliados en tierras europeas, desaparecidos y gente feliz y siempre en fiesta pueblan este libro donde en cada párrafo hierven juntas la vida y la tragedia. Una novela con un lenguaje deslumbrante que sin duda será una obra de referencia de la nueva literatura latinoamericana.


«Es la crónica de un país maltratado en el que precisamente los modestos, los que buscan solo en la esfera privada su pequeña felicidad, son alcanzados del modo más crudo por las convulsiones históricas.» Frankfurter Allgemeine Zeitung

«Un libro desbordante de peripecias y de personajes, que giran en torno a un Lázaro de Tormes de la Colombia narcotraficante, la Colombia de los paramilitares, de los crímenes de Estado, de las matanzas de campesinos y de la corrupción.»  Ignacio Vidal Folch, El País

 

PÁGINAS DEL LIBRO

ese muerto no lo cargo yo,
que lo cargue el que lo mató…
 

 

          Botones cometió el último crimen nueve meses después de muerto; mientras vivió y anduvo suelto por Colombia asesinó a trescientos veinticuatro ingenuos que tuvieron la mala suerte o el atrevimiento de cruzarse con la rabia, las ambiciones o las armas que el bandolero siempre escondió bajo la ropa. Como todo buen asesino, Botones siguió matando mientras se pudría en el cementerio. No tuvo que gastar una bala más, ni apuñalar a otra víctima ni forzar las muñecas para ahorcar al condenado. Le bastó con mi humilde ayuda. Fui yo, güevón desde antes de nacer, quien rasgó las carnes de la parturienta y dio origen a la hemorragia que añadió otra muerte al listado de crímenes cometidos por este ex cabo del ejército. El bandolero se había echado un polvazo con Cándida, había convertido el orgasmo en siesta y se había despertado nostálgico y con ganas de oír a Javier Solís. Ponía la aguja sobre el acetato, cuando el instinto de matón le alertó que lo rodeaba un silencio peligroso. ¡Cándida!, gritó Botones, y al ver que la mujer se había ido, recordó la devoción con la que lo había amado y se sintió aún más intranquilo. Se asomó a la ventana, revisó la calle y, a pesar de la soledad y el silencio, pudo ver el casco de uno de los miles de soldados que el ejército había desplegado para cercarlo. ¡Perra traidora!, escupió Botones, se puso los pantalones y corrió a inspeccionar la casa. Al llegar al patio trasero, el instinto de matón lo volvió a proteger y, en vez de salir, asomó el sombrero y casi que vio rebotar contra las baldosas la bala que agujereó el fieltro. No había ruta de escape. Botones regresó al interior, les avisó a Víctor y a Emma, el matrimonio que lo acompañaba, del cerco de los militares, les aconsejó que escondieran los hijos y les ordenó que, si alguien golpeaba a la puerta, abrieran rápido y actuaran con normalidad. Y si preguntan por mí, dicen que no me conocen, que nunca me han visto, añadió con la sonrisa fría con la que solía acompañar las órdenes. El bandolero regresó al cuarto, agarró la ametralladora, se acurrucó en un rincón e intentó acallar la tos que también lo perseguía.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]