Ficha técnica

Título: 1986. Cuentos completos | Autor: Rodrigo Rey Rosa | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica | Páginas: 496 | Género: Novela | Formato: 15×24  | ISBN: 9788420417646 | Precio: 20,50 euros | Ebook: 12,99 euros

1986. Cuentos completos

ALFAGUARA

«El hecho que más me ha parecido premonitorio de la muerte ha sido darme cuenta de que una persona que me gustaba me aburre profunda, infinitamente.»

Muy pocos autores llegan a dominar el género del relato, cercano a la poesía por su brevedad e impacto y del que Cortázar, Bioy Casares o Borges son los grandes maestros en lengua española: Rodrigo Rey Rosa está a la altura de esos clásicos. Perturbadores, sensuales, angustiantes y llenos de suspense, dejan al lector absorto después de leerlos, como si despertara de un sueño o de un golpe. La lectura de cada uno de estos cuentos, pertenecientes a seis libros distintos, hasta los últimos, inéditos y de escritura muy reciente, es una experiencia singular, cercana a un viaje inesperado. El recorrido traza también un retrato literario de la evolución de un autor único.

La crítica ha dicho:

«Una literatura de los sentidos y del conocimiento esencial. Sensual y moral. Leer para disfrutar casi irracionalmente.» Ernesto Ayala-Dip, El Correo Español

«Que no hay esperanza para nadie, dicen. Pero al otro lado del mundo Rey Rosa está vivo y anda perforando túneles en el aire… Es un astronauta que emite comunicados breves desde otras galaxias; colores, fragmentos de voces eléctricas que nos llegan como cápsulas en mitad de la noche.» Josep Vicent Miralles, Diario de Mallorca

«Rey Rosa es a la vez parco, delicado y rotundo, como sus libros. El suyo es un estilo sin adornos, pero no frío, en todo caso, «una enorme cámara frigorífica en donde las palabras saltan, vivas, renacidas», según la descripción de Roberto Bolaño, que siempre señaló a su colega como uno de los grandes narradores de su generación.» Javier Rodríguez Marcos, Babelia (portada)

«Quizá Rey Rosa hace con su propio país lo que su maestro Paul Bowles con Marruecos: verlo desde una distancia breve pero infranqueable, donde la máxima economía de estilo acrecienta la fuerza de las ambigüedades.» Edgardo Dobry, El País

«Ese estilo que identificamos con los clásicos, donde las palabras son tan esenciales como la tensión narrativa que crean. Añádase asimismo una forma muy peculiar de humor, este buen humor de quien escribe consciente de que una buena historia se apoya siempre en esta zona donde la invención no niega la realidad pero sí la supera.» J. A. Masoliver Ródenas, La Vanguardia

«Una obra extraordinariamente contenida, parca, intrigante. Una literatura a salvo de gestos inútiles, donde la belleza parece nacer de esa curiosa inclinación por el silencio.» Raphaëlle Rérolle, Le Monde

«Una escritura despojada hasta el máximo, en la que ninguna palabra sobra, y sin embargo envolvente y sensual hasta rozar lo obsesivo, casi como un sueño vivido.» Pere Gimferrer

«Incita al misterio y al final de la lectura creemos haber cerrado en falso una herida.» Arturo García Ramos, ABC (Cultural)

La entrega

La luz del cuarto estaba encendida. Eran las cuatro y media de una mañana de diciembre. Lo despertó la voz de un viejo amigo de su padre que le gritaba desde fuera: «Llamaron. Dicen que vayas a la plaza de Tecún». Él no respondió, se incorporó en la cama, se pasó la mano por la cara y el pelo, y se volvió a acostar, para quedar inmóvil, la mirada fija en el techo. Luego se descubrió y se levantó con rapidez; estaba vestido. Revisó su billetera y se agachó para sacar un bulto de debajo de la cama: una bolsa de viaje negra. Tanteó su peso y se la echó al hombro. Apagó la luz, salió del cuarto y bajó las escaleras con olor a madera recién encerada. Cruzó una antesala y siguió por un corredor. El hombre que lo había despertado lo aguardaba en el zaguán, con una sonrisa compasiva, pero él pasó a su lado sin hacerle caso y salió por la puerta. «Como un sonámbulo», pensó el otro. En el garaje había un automóvil gris. Metió la bolsa en el baúl, se puso al volante y arrancó.

Las calles estaban desiertas. Se dio cuenta de que había llovido, y de lo familiar que le era el reflejo de los faros y las luces verdes y rojas sobre el asfalto mojado; se dio cuenta de que temblaba de frío. «La plaza de Tecún», se dijo, y sonrió mecánicamente. «¿Por qué me da risa?» En vez de buscar la explicación, hizo un esfuerzo por dejar de pensar; se concentró en el momento presente. Poco después dobló a una avenida muy iluminada; ahora que la recorría él solo, imaginaba un túnel enorme. No sentía angustia; lo que estaba haciendo había sido ordenado por una fuerza indiscutible, una de esas cosas «más importantes que la vida misma».

El trayecto hasta la plaza de Tecún fue de cierta manera placentero; reinaba el silencio, y había logrado mantener en paz sus pensamientos. Era como revivir una noche lejana; se observaba a sí mismo como quien observa un rito, con inocencia, con una especie de temor. Cuando llegó a la plaza se vio impresionado por la silueta de la estatua. Estacionó lentamente y encendió una linterna. Anduvo hasta el pedestal y notó que la lanza y los gigantescos pies de la estatua estaban corroídos por el óxido. En el suelo había una piedra del tamaño de un puño cerrado y, debajo, un papel blanco. Levantó la piedra y tomó el papel. De vuelta en el auto, lo desdobló rápidamente. Leer las palabras ahí escritas fue como pronunciar una fórmula. (El futuro inmediato y el pasado inmediato irrumpieron como agujas en la burbuja artificial del momento presente.) «Conduzca a cincuenta kilómetros por hora. Baje las cuatro ventanillas. Siga la línea roja indicada en el mapa.»

Al dejar de analizar sus propias reacciones, había conseguido no imaginar la apariencia de las personas que gobernaban su destino, pero ahora sus reflexiones incluyeron la presencia de una voluntad humana; comenzaba a entrever sus facciones. Examinó el mapa; la línea roja era una callecita que daba a la plaza. Bajó las ventanillas y siguió.

Mientras avanzaba calle abajo, iba aumentando su aversión; los canales de su memoria refluían. Aunque las circunstancias no dejaban de parecerle extrañas, fue adquiriendo la sensación de que llevaba a cabo una rutina. La línea que representaba su camino convergía al final con la calle del mercado. Se vio obligado a conducir más despacio; hombres cargados con costales y cajas cruzaban la calle taciturnos, parecían que andaban con los ojos cerrados. Volvió a mirar el mapa, y se estacionó frente a un puesto de verduras. Un hombre salió de detrás de unos toneles blancos que estaban en la acera y le hizo una seña. Él abrió la portezuela trasera, y el extraño, seguido por otros dos hombres, subió al auto. Nadie dijo nada. Él estaba pálido, y aún temblaba de frío. «¿Adónde?», preguntó. «¡Adelante! ¡Adelante!», le ordenó una voz desde atrás.

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